CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO SOPLO

1632 Words
El sol de septiembre calentaba la habitación de hospital de la Clínica Ángeles de Texcoco, pero en sus huesos apenas sentía algo más que frío. Sofía Mendoza tenía 27 años, y los médicos habían dicho que no pasaría de la semana. El cáncer de pulmón, diagnosticado seis meses atrás, había avanzado más rápido de lo que nadie había imaginado, a pesar de los tratamientos agresivos que habían agotado su cuerpo hasta dejarla prácticamente inmóvil en la cama blanca y desgastada. Su mano temblorosa se deslizó sobre la almohada buscando el celular que debería estar ahí. Sebastián, su esposo de tres años, había prometido venir a verla esa mañana, pero como todos los días pasados en los últimos meses, el tiempo pasaba y no aparecía. Había empezado con excusas de trabajo —era gerente de una empresa de construcciones que estaba creciendo mucho, decía—, luego con visitas cortas y silenciosas, hasta que las ausencias se hicieron más largas que las presencias. “Sofía, cariño, ¿quieres algo de agua?” preguntó la enfermera, doña Rosa, una mujer de cincuenta y tantos años con manos cálidas y voz suave que se había convertido en la única persona que realmente le prestaba atención en esos días. La joven negó con la cabeza, sintiendo cómo el esfuerzo de mover el cuello le producía un dolor punzante en el pecho. “No, gracias, doña Rosa. ¿Has visto a Sebastián? Dijo que vendría temprano…” La enfermera frunció el ceño, ocultando lo mejor que pudo su incomodidad. Había visto al hombre varias veces saliendo del hospital con prisas, hablando por teléfono con una voz que no era la de alguien preocupado por su esposa enferma. Pero no podía decirle eso a Sofía; la pobre ya sufría demasiado. “Seguramente se retrasó en el trabajo, mija. Te traeré un poco de caldo, ¿te parece? Necesitas recuperar fuerzas.” Mientras doña Rosa se retiraba, Sofía cerró los ojos, intentando no pensar en las dudas que habían ido creciendo en su corazón como malas hierbas. Había encontrado prendas de ropa femenina en el maletín de Sebastián que no eran suyas —un lencero de encaje n***o que nunca usaría, un bálsamo labial de un tono rojo intenso que no era su estilo—. Había escuchado sus conversaciones telefónicas en voz baja, con términos cariñosos que antes le reservaba solo a ella. Pero siempre había encontrado una forma de justificarlo: era estrés laboral, necesitaba espacio, ella estaba demasiado enfocada en su enfermedad y no le prestaba atención suficiente. Después de media hora, doña Rosa aún no había regresado, y la habitación se llenó de un silencio pesado que solo se rompía con el ruido suave de las máquinas que monitoreaban sus signos vitales. Decidió intentar sentarse un poco más arriba en la cama para ver mejor la puerta, tal vez así vería a Sebastián llegar antes. Con mucho esfuerzo, empezó a moverse, agarrándose del barandal de la cama con sus dedos delgados y pálidos. Justo cuando lograba elevarse ligeramente, escuchó pasos en el pasillo. No eran los pasos firmes y rápidos de doña Rosa, sino dos parejas de pies que se acercaban con cautela. Entonces oyó una voz que reconoció de inmediato: la de Camila, su mejor amiga desde la secundaria. “¿Seguro que no hay nadie aquí?” preguntó Camila en voz baja, pero lo suficiente para que Sofía la escuchara claramente. “Claro que no, amor. La enfermera se fue a la cocina y la otra está durmiendo como un bebé. Tenemos unos minutos antes de que vuelva”, respondió Sebastián, y en su voz había una ternura que Sofía no había escuchado en meses. La joven se quedó paralizada, sintiendo cómo su corazón —aunque débil por la enfermedad— daba un salto violento que hizo sonar la alarma de la máquina de monitoreo. Pero en ese momento no le importaba el ruido; sus ojos estaban fijos en la puerta, que se abrió despacio. Sebastián entró primero, llevando a Camila de la mano. Ambos estaban sonriendo, y en la cara de su mejor amiga había un brillo que Sofía conocía bien: era el mismo que ella misma había tenido cuando estaba enamorada de Sebastián. “No puedo creer que estemos haciendo esto aquí”, dijo Camila, acercándose a besarlo en los labios. “Pero la verdad es que no puedo esperar más a que ella se vaya. Ya estamos cansados de esperar.” Sebastián la abrazó por la cintura, presionándola contra su cuerpo. “Yo tampoco, mi amor. En dos semanas como mucho, ella ya no estará entre nosotros, y podremos ser felices sin más mentiras. Ya hice los trámites para que la herencia pase directamente a mí, así que no tendremos problemas económicos nunca más.” Las palabras de su esposo cayeron sobre Sofía como un puñado de cuchillos. Había pensado que quizás era una aventura pasajera, que él la amaba aún a pesar de su enfermedad, pero esto… esto era un plan premeditado, una espera por su muerte para quedarse con todo y estar con la única persona en la que ella había confiado ciegamente. “¿Y si ella se entera antes?” preguntó Camila, acariciando el rostro de Sebastián. “No quiero que nos descubra, Seba. Podría arruinar todo.” “No pasa nada, mi vida. Ella está demasiado débil para hacer algo. Y si es necesario… podemos asegurar de que no hable más”, respondió él con una calma fría que hizo temblar a Sofía hasta los huesos. En ese momento, la máquina emitió un pitido más fuerte, indicando que su frecuencia cardíaca había subido peligrosamente. Sebastián se giró hacia la cama, y sus ojos se encontraron con los de Sofía, que miraba hacia ellos con lágrimas desbordando sus mejillas. “Sofía… ¿estabas despierta?” preguntó él, pero en su voz no había remordimiento, solo sorpresa y luego una expresión fría y calculadora. La joven intentó hablar, pero solo logró emitir un suspiro débil. “¿Por qué?… Camila, tú eras mi hermana… Sebastián, te amaba más que a mi propia vida…” Camila se acercó a la cama, con una sonrisa cruel que Sofía nunca antes había visto en ella. “Lo siento, Sofía, pero la vida es así. Tú ya no tenías nada que ofrecerle a Seba: estás enferma, no podrás tener hijos, y él necesita una mujer fuerte y saludable a su lado. Yo soy esa mujer.” Sebastián se unió a ella, colocándose junto a su mejor amiga. “Es verdad, cariño. Ya no eres la misma mujer que conocí. Eres débil, deprimida, solo te preocupas por tu enfermedad. Camila me hace feliz, te lo digo con sinceridad.” Sofía sintió cómo la ira y el dolor se mezclaban en su pecho, provocándole un ataque de tos tan violento que tuvo que agarrarse del pecho para poder respirar. Mientras luchaba por obtener aire, vio cómo Sebastián cogió la almohada que estaba debajo de su cabeza y la levantó ligeramente. “Quizás es mejor que te duermas un poco, Sofía. Ya no tienes que sufrir más”, dijo él con voz suave, pero sus ojos estaban vacíos de cualquier emoción. Antes de que pudiera reaccionar, la almohada cayó sobre su rostro, presionando con fuerza. Intentó gritar, intentó moverse, pero su cuerpo estaba demasiado débil para oponer resistencia. Sintió cómo el aire se le acababa poco a poco, cómo la luz de la ventana se iba oscureciendo, cómo los rostros de Sebastián y Camila se volvían borrosos en su visión borrosa por las lágrimas. En el último momento antes de que la oscuridad la consumiera por completo, Sofía cerró los ojos y rezó con todas sus fuerzas: “Si existe un Dios, si hay alguna forma de volver atrás, déjame cambiar todo. No quiero morir así, no quiero que ellos se salgan con la suya. Quiero vivir, quiero ser feliz, quiero que paguen por lo que hicieron.” Entonces, todo se volvió n***o. CAPÍTULO 2: EL REGRESO El sonido de una alarma despertó a Sofía con un sobresalto. Se sentó rápidamente en la cama, golpeándose la cabeza con el marco de la repisa que estaba encima de ella. El dolor fue inmediato, pero lo que la dejó más sorprendida fue que podía moverse sin ningún tipo de dificultad, que su pecho no le dolía, que sus manos estaban llenas y saludables, sin los dedos delgados y pálidos que había tenido en su último momento. Miró a su alrededor con los ojos abiertos de par en par. Estaba en su habitación de cuando vivía con sus padres en Texcoco, antes de casarse con Sebastián. Las paredes pintadas de azul cielo, el póster de su banda favorita en la pared, la cómoda de roble donde guardaba sus cosas, la ventana que daba al jardín donde su papá plantaba chiles y tomates… todo estaba exactamente como recordaba de hace siete años. Se bajó de la cama con cuidado, como si temiera que todo fuera un sueño que se desvanecería en cualquier momento. Caminó hasta el espejo que estaba en la puerta del clóset y se miró a sí misma. Tenía 20 años, como en ese tiempo de su vida. Su cabello castaño largo y brillante caía sobre sus hombros, sus mejillas estaban rosadas, su cuerpo era el de una mujer joven y saludable. No había rastro alguno de la enfermedad que la había consumido. “¿Esto es real?” se preguntó en voz baja, pasándose las manos por el rostro como si así pudiera confirmar que no era una ilusión. Justo en ese momento, la puerta se abrió y entró su madre, doña Elena, con una bandeja que contenía café caliente y pan dulce. Al verla de pie, la mujer se detuvo sorprendida.
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