PREFACIO

631 Words
El éxito era un cuchillo de doble filo. Era una madrugada fría y manejaba a toda velocidad por la avenida. No había casi nadie, pero aun así esquivaba algunos autos. Avanzaba rápido y me detenía con brusquedad en cada semáforo en rojo. Llevaba diez minutos haciendo lo mismo, reteniendo las lágrimas y ahogando lo que quería salir de mí para descontrolarlo todo. Mis manos estaban pálidas contra el volante y nuevamente pise el freno. Las ruedas hicieron un rechinido que me aturdió los oídos y ante el cansancio me recliné contra el volante. Percibía la luz roja iluminando tenuemente la oscuridad del coche. Tenía la respiración pesada y pronto las manos comenzaron a temblarme. —No puedo hacerlo…—Musité en un hilo de voz sintiendo como la primer lagrima se resbalaba. Mi teléfono sonó, elevé la cabeza desconcertada. Nadie me llamaría a esta hora. Enrédese el cuello y clavé la mirada en el semáforo, la luz cambio a verde. Solté el aire entrecortadamente y vi la calle a mi izquierda. Reflexioné si seguir avanzando o devolverme a mi solitario departamento. Si bien me había subido a mi coche con la intensión de no regresar lo que quedaba de la noche, veía muy riesgoso continuar mi camino a la casa de mis padres en el estado deplorable que me iba consumiendo. No deseaba ser parte de una trágica noticia, así que avancé y doblé el volante, sin embargo al instante que quede en forma horizontal a la avenida, un ruido estridente y el bramido furioso de una bocina anulo mi sentido de orientación y me dejo paralizada, viendo como unas luces blancas penetraban lo más profundo de mis ojos, dejándome ciega.  En el hilo que me conectaba con mis sentidos, logro ver algo que no comprendo del todo, algo que se aproxima a mí a una velocidad imposible. No cierro los ojos, dejo que mi vista arda. Justo cuando pienso que no hay manera de salir de su trayectoria, las luces desvían su atención de mí y el chirrido de unas ruedas se oye a mis espaldas. El desagradable susto permanece floreciendo por mis poros incluso cuando el coche sigue de largo, zigzagueando hasta doblar en la dirección que llevaba al puente Jamsu. Me quede varios minutos helada del miedo. Mis dedos temblaban contra el volante y me sobresalté cuando escuche unos toques en mi ventanilla. Bajé la ventana y vi a un hombre que desprendía una colonia varonil costosa, con cabello n***o y unos ojos preocupados. — ¿Esta bien? —S-sí. —Balbuceé y solté el volante. — ¿Segura? Se la ve muy nerviosa. —Estaré mejor, solo necesito algo de tiempo. —Simulé una breve sonrisa. El hombre se irguió y miró a los lados, su cabeza se fijó en la dirección detrás de nosotros y volvió a asomar la cabeza por la ventanilla. —Hay un autoservicio a una cuadra, ¿No quiere un café? Lo miré dubitativa. Parecía ser un hombre decente, tenía una sutil sonrisa agradable en los labios y una expresión de honesta preocupación. —Está bien. —Espéreme aquí. Él se fue, me quede desconcertada unos segundos, pensando en la horrible situación y en la amabilidad del hombre. El volvió minutos después y me ofreció el vaso por la ventanilla, lo vi beber del suyo estando de pie y sonreí desviando la mirada hacia mi café. — ¿Cuál es su nombre? —Le pregunté luego de unos minutos de silencio. —Min Ji Woon, señorita Jeong. Soy un seguidor de sus libros. —Un placer conocerlo. —Titubeé en empezar una conversación, pero su compañía era tranquila y aun tenía café. — ¿Cuál fue su favorito?         Segundo libro de Efímero. Gracias a todos los que han leído hasta aquí.
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