— ¿Cómo te sientes?
Dejó escapar el aire por sus labios, y alzó sus dedos sobre su rostro para contemplar sus uñas como si fueran lo más interesante en el mundo. La psicóloga sentada en un sillón rojo a su lado prosiguió a anotar quien sabe que en su elegante libreta que a una sola ojeada se veía costosa.
Al final dejó caer sus manos con fuerza contra su abdomen y giró la cabeza para mirar a la mujer de cabello n***o y ojos grandes, semi escondidos bajo los anteojos redondos de marco fino dorado sobre el puente de su nariz.
—Es una pregunta difícil de responder. Siento muchas cosas, a toda hora, a cada minuto. Sentimientos que no entiendo, y otros que comprendo un poco más. — Habló en voz baja aunque la psicóloga asintió atenta a cada palabra que había logrado escuchar, y acomodó la libreta sobre su regazo dejándole en claro que tenía todo su interés. — Es confuso y abrumador y sea cual sea su causa, siempre llegan a un mismo final.
La psicóloga empujó sus anteojos hacia delante por el puente de su nariz y cruzó la pierna sobre la otra. Dalia mojó sus labios y volvió a alzar sus manos para mirar sus uñas. Ahí estaba, la señal de que otra vez se ausentaría de la charla, y no hablaría hasta creerlo conveniente, o hasta salir de los parámetros de la imaginación y los pensamientos de su mente.
Pasaron unos minutos, hasta que tras un carraspeó impaciente de la psicóloga la muchacha regreso al mundo real y parpadeó. Está vez tomo una postura diferente y se irguió quedando sentada recta en el sillón familiar gris.
— ¿Qué final?— Le preguntó la mujer observándola con sus grandes ojos negros. La muchacha no se sintió cómoda con la intensidad de su mirada y corrió la vista a la cortina gris que cubría el gran ventanal de la habitación. Arrugó la nariz dándose cuenta lo desagradable que le parecía el rojo y el gris combinados, esos colores se intercambiaban en cada cosa que decoraba ese espacio de cuatro paredes. — ¿Dalia?
— Desesperación — Respondió con la voz monótona. Eso le causaba verse atrapada en ese lugar con colores tan horrendos que si seguía ahí los vería hasta en sus sueños.
— ¿Desesperación?— Repitió la psicóloga atrayendo la mirada de la muchacha. Ella se inclinó hacia delante, apoyando su mentón entre sus manos y resopló.
— Debería cambiar los colores de la habitación. No le vendría mal la recomendación de un profesional. — Comentó con las cejas alzadas y una mueca de lado dándole un último vistazo. La psicóloga miró a su alrededor y se encogió de hombros.
— Puedo considerarlo. — Le medio sonrió la mujer, y volvió a colocar sus piernas rectas por el calambre que se le empezaba a formar en la pierna que estaba debajo. — ¿Todos llevan a ese punto? ¿La desesperación?
—No. No es desesperación — Afirmó con seriedad. Sus ojos miel viajaron otra vez a la psicóloga y agregó. — Tengo un hueco en el pecho, como si fuera solo un envase vacío. Se volvió más latente con el tiempo, supongo que por todo lo que ha pasado.
— ¿Sabes desde cuándo?
Dalia esbozo una sonrisa triste, sus ojos reflejaron una melancolía que solía aparecer solo en las noches de soledad. ¿Qué si sabía? Por supuesto que lo recordaba, lo recordaba todo el tiempo, porque jamás había logrado superarlo.
Llevó un mechón rebelde que caía sobre su rostro haciéndole cosquillas en la nariz. El silencio fue su única respuesta.
Por un largo momento, así fue.
—Desde que comencé a hacerme conocida. Estoy en mi tercer año de literatura, todos hablan de mí por el concurso que gane y la popularidad en el foro que conseguí gracias a que las publicaciones de mis cuentos en internet se hicieran visibles. No pensé que se sintiera de esta forma…
—Dijo que se volvió más latente con el tiempo, ¿A qué se refería?
Dalia parpadeó.
—Ya sabe el trastorno que tengo de nacimiento. Siempre me he sentido descolocada del mundo real, como si algo me faltara para unirme por completo a la sociedad. Pero hay algo en específico que me despierta en las noches con ganas de llorar…
— ¿Y qué es?
—Extraño a alguien. Su nombre es Lee Jan, hace unos meses se fue de intercambio a China. No nos volvimos a comunicar y eso me hace sentir…
— ¿Triste?—Agregó la psicóloga al verla titubear.
—Si. Triste. Y ya ha pasado mucho, extrañarlo y ser el centro de atención de mucha gente me angustia.
—Pero tu sueño es ser una famosa escritora. ¿Cómo lo harás si apenas soportas la atención que tienes ahora?
Dalia parpadeó, su pregunta la había dejado perpleja.
—N-no lo sé.
—Tienes que ser fuerte, atravesaste muchas situaciones difíciles desde niña, esta será una más si logras ser quien quieres ser. Pero debes estar preparada.
Eso cambio el foco de sus pensamientos y emociones. Dalia no había pensado en eso, pero ahora que su psicóloga se lo mostraba, no le gustaba la idea de no cumplir su sueño por una limitación propia.
—Me voy a preparar entonces. Con su ayuda y mi determinación puedo superar esto y lo que venga. —Los ojos de Dalia brillaron de perseverancia. —No me detendré, ni por mí ni por nadie.
—Entonces hay un largo trayecto que recorrer. —La mujer le sonrió y Dalia inflo el pecho con mucha seguridad.