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2185 Words
DALIA   Desperté más temprano que él. La luz caía sobre la cama por el ventanal. Viré la cabeza las cortinas negras corridas a los lados me permitieron ver un pedazo de cielo gris. Al girarme hacia la mesita de luz vi el reloj de muñeca un -"Vacheron Constantin" de caja dorada y correa de cuero brillante- apoyado en el borde de la superficie. Estiré el brazo y lo agarre, al mirarlo suspiré, eran las nueve de la mañana, debía irme. Deje el reloj, y me destapé para salir de la suave cama, la sábana blanca que me cubría tapó el abdomen del hombre a mi lado, su pecho cubierto por la fina camiseta gris, evoca eventos de la noche anterior. Lo contemplé, las cosas no habían salido como –quizás- él quería, pero yo no me había sentido con ánimos como para hacerlo diferente. No acostumbraba a enamorarme de extranjeros. Me gustaban los hombres de mi país natal. Pero fue un irresistiblemente tentador sucumbir a los hoyuelos de su sonrisa, a su cabello ondulado color rubio castaño y ese acento británico que me atrapo con solo escucharlo. Ningún amorío había permanecido tanto tiempo como William Wayne. Tenía unos nombres por ahí, relaciones cortas, o relaciones que ni siquiera habían cruzado las primeras citas. Poco a poco, empecé a asumir que el amor no sería bondadoso conmigo y deje de intentar tocar su puerta. Hasta que llegó alguien que cambio mi fortuna, pero finalmente se fue de mi vida dejándome nuevamente sola. Hasta que llegué a Londres para una –de las tantas- visitas a mi mejor amiga Hana y su esposo Yejun. Conocí a Will sin esperarlo, fue un encuentro que comenzó una noche de copas en un bar que encontré cerca del Hotel. Ir sola había sido ese tipo de decisiones que tomas al alzar cuando tu mente solo quiere huir por un tiempo, y justamente, Will fue la persona que apareció para calmar los tormentos de mi cabeza, inesperado en ese momento pero después de tres meses podía decir que era afortunada. Él era un crítico prestigioso y el hijo del dueño de una importante editorial en Inglaterra, Anness Publishing. Y casualmente uno de los socios de nuestra editorial. Así que pudimos entendernos bastante bien cuando de libros se tratase –y demás cosas también- .No teníamos una etiqueta que nos definiera, pero las cosas eran lo suficientemente claras entre los dos. Estaba convencida con Will, segura de que esta vez habría una diferencia. Así que mi estancia en Londres se alargó. Y lo recordé. El motivo por lo que la noche anterior no estaba del todo feliz. Ese pensamiento borró mi sonrisa. No faltaba mucho para marcharme, tenía asuntos laborales y debía volver a Corea antes de que termine el mes. El hecho de pensarlo me dio un malestar. Viajaba mucho, iba para todos lados donde se me apeteciera. Nunca con el propósito de aferrarme a alguien, nunca como para encariñarme demasiado con el lugar, pero lo suficiente para olvidarme de los problemas que dejaba en casa. Quería estar en todos lados, menos allá. Años atrás en mi reciente juventud pensaba en jamás dejar mi ciudad natal. Amaba a Dal-Hayal con locura, amaba su gente, sus paisajes, todo. Pero para perseguir mis sueños debía mudarme y me instalé en Seúl. Me gusto hasta podría decir que llegué a amarlo también. Sin embargo el problema vino cuando me di cuenta del verdadero costo de la fama, luces, eventos, entrevistas, chismes, escándalos y un montón de gente obsesionada con tu vida. Cometí errores o al menos eso me decían.  La mayoría de los escándalos llevaban mi nombre. Era el nuevo juguete de los medios y la causa de murmullos en lugares públicos, incluso dentro del mismo trabajo. Todos me apuntaban pero no los culpaba, me había vuelto un desastre y no sabía qué hacer. Así que empecé a irme, desaparecía un tiempo y volvía cuando era urgente mi presencia. Estaba mal, no debía huir, pero no encontraba otra forma. Sin embargo, ahora podía decir que tenía razones para quedarme en Londres. Hana y Yejun vivían aquí, y Will también. Y si, aunque fueran solo tres meses de relación que llevaba con él, no importaba…últimamente buscaba cualquier excusa para tomar mis decisiones. Me senté y toqué el suelo con mis pies, la sensación fría me dio una agradable sensación en el estómago. Llevaba un pijama de abrigado, así que sin hacer mucho me paré para buscar el vestido n***o de coctel. Era largo hasta la rodilla, suelto desde la cintura y con volados al final de la tela. Fue la prenda más apropiada para la cena con Will en el restaurante PETERSHAM NURSERIES, que tuvimos ayer y por más que el n***o destacara entre tanto verde, era hermoso lucirlo. Me miré en el espejo del baño y me peine, me deje el cabello suelto y lo adorne con una hebilla de perlas al costado –sí, la que mi mamá me había regalado hace años- ya no tenía el cabello azul, pero seguía viéndose lindo con el n***o también.  Cuando salí del baño me quede observando a Will. ¿Debía irme solamente? ¿O despertarlo?  Mientras lo hacía oí su teléfono vibrar en la mesita de luz de su lado. Las dos primeras veces lo ignore, sin embargo a la quinta lo tomé. Solo prendí el teléfono y leí por las notificaciones el nombre de quien con tanta insistencia le escribía. "Mi amor" Leí.  Desbloqueé el teléfono deslizando el dedo y entré al chat. Había seis mensajes de una mujer rubia de ojos verdes, diciéndole cuando se verían y que debía vestir para su cita el domingo por la tarde. Era sábado en la mañana, solo faltaba un día para el encuentro con su "mi amor". Miré de reojo al hombre aun dormido en la cama, estaba tan calmado como un ángel. — ¿Debo irme solamente o despertarlo? —Susurré. Le deje en visto a la mujer y contuve la respiración. “Voy a despertarlo” Busqué la jarra de agua en el living que siempre estaba llena y la agarré. Me dirigí al freezer detrás de la barra de tragos en el mini bar situado a una esquina y abrí la puerta para sacar los cubitos de hielo, los puse todos en la jarra con tanta imprudencia que algunos cayeron en la madera de la barra y en el suelo, quebrando con el silencio del lugar. Caminé lentamente hacia la cama, una vez estuve frente de William, admiré la jarra y conté los hielos que flotaban en la superficie, eran veintiocho en total. El teléfono vibró otra vez cuando me coloque al lado de la cama, justo donde el pacifico rostro de William descansaba. Me permití observar sus pequeñas mecas adorables un segundo más, sus pestañas largas y sus labios gruesos y rosados expulsando aire. Un segundo de paz antes de estallar. Vertí el agua sobre su rostro. Al mínimo pequeño roce William abrió los ojos sobresaltado y desorbitado, moviendo la cabeza a todos lados, soltando jadeos hasta levantarse de un salto. Lo mire fríamente y apreté la jarra de vidrio, él se volteó a verme cuando su susto paso la peor parte y sus ojos cafés cuestionaron el porqué. — ¿¡Que sucede contigo?!—Gritó escandalizado y se quitó las sabanas de encima. Su camisa gris ahora se veía más oscura. —No me detendré a preguntarte quien es ella, no me interesa. —Respondí. Los dedos me dolían de la fuerza que usaba para apretar la jarra. William me miró desconcertado así que agregue. —Tienes que irte. William movió sus labios de forma nerviosa. — ¿Q-que? ¡No! ¿De qué hablas? —No me hagas perder el tiempo. Vete William—Le pedí. No soporte ver más su rostro de ángel y me giré para irme. Pisé y pateé el traje en el suelo que le partencia y en ese ínterin su mano rodeo mi antebrazo para darme la vuelta. —Sara no es nadie. Fue solo un antiguo amor, no significa nada. —No te gastes en mentirme. —Le dije y tiré mi brazo para soltarme. William pareció desesperarse, pero su desesperación fue quizás demasiado porque termino por contagiármela a mi cuando insistió en detener mi paso volviendo a sujetarme, esta vez por los hombros. No pude ver sus ojos, no supe si fue por la decepción que sentía o por la misma causa por la que tanto temo ver los ojos de alguien. Siempre era lo mismo, encontraba un par de ojos en algún lado del mundo que me conquistaban, que me daban tranquilidad, y que podía no sentir esos horribles nervios agarrarme de los tobillos. Sin embargo, caía otra vez en la misma jugada, sucumbía a creerles cuando significaban todo lo contrario. Empezaba a pensar que era culpa mía por enredarme con hombres tan complicados. —Te quiero—Confesó. Quizás en otro momento le hubiera creído pero no dejaría que se burlara de mi tan cruelmente. —Eso que viste no fue más que un error, olvídalo e iremos a Corea del sur tal como lo prometí. Por favor hablemos. —Dijo. Fruncí el ceño. Sin duda me había enganchado con un idiota, o yo era una idiota por darme cuenta tan tarde. ¿No había visto las señales? ¿Hubo siquiera señales? ¿Nuevamente no fui capaz de percibirlas? —No iras, rompiste tu promesa al mentirme. — ¡Oh vamos cariño! No podemos dejar las cosas así por algo tan insignificante. —Díselo a Sara, está esperando que le digas como debe vestirse el domingo. —William me soltó abruptamente y expulsé el aire por mi boca. Esta situación me estaba sofocando y mis dedos estaban muy entumecidos agarrando la jarra, pero sostenerla era la única opción para no perder la cabeza o al menos... que William no la pierda. —Yo podre no olvidar ni perdonar esto, así que si no quieres sufrir lo que te queda de tiempo, vete ahora que eres libre. —No puedes dejarme. —Habló y alzó mi mentón para que lo mirara a la fuerza. —Te quiero, realmente lo hago. Sonaron tan vacías que me dolió que las dijera con tanta soltura. Reflexione en cuantas cosas me había dicho de la misma manera, cuantas palabras huecas que caían y se estrellaban y yo sin darme cuenta las recogía. —No necesito que me quieras, necesito que te vayas. —Sentencie y corrí la vista hacia un punto perdido detrás suyo. Aquí estaba otra vez, en el mismo borde donde siempre acababa. William Wayne era –ahora- una relación fallida. Él podría ser un idiota con todas las letras pero las elecciones habían sido mías, y me había equivocado nuevamente.De un manotazo aparte su mano de mi rostro y pase por su lado. Me agaché junto a la cama, mis dedos se aferraron a su traje con fuerza como si fuera su piel y la estuviera desgarrando. La junte sobre mis brazos en un bollo mal hecho y caminé hacia el balcón. William no se giró a verme hasta que el sonido de la ventana corrediza se hizo escuchar. — ¿Dalia que haces? —Sonó asustado y debía estarlo. No lo miré y me salí al balcón, William me siguió por detrás pero antes de que pudiera agarrarme lancé por los aires sus ropas. La vi caer, una sonrisa rebelde se escapó de mis labios. — ¡No! ¡Mierda! ¿¡Que carajos pasa por tu mente?! Él se veía enfurecido. Tenía los ojos rojos y desorbitados como un animal enjaulado en su propia ira. Me miraba y después miraba hacia abajo y así tres veces hasta que casi se arranca los cabellos a medida que dejaba salir un grito. —Tenían razón sobre ti, estás loca. —Escupió como si quisiera llorar. Golpeó sus piernas con los puños y se dio la vuelta de regreso a la habitación, lo vi agacharse a ponerse los zapatos con total torpeza y rapidez y desaparecer por la puerta. No me gaste en seguirlo. Asome la cabeza por el balcón y vi la vereda, las personas ahí abajo miraban hacia arriba curiosos y no pude evitar compararlos con hormigas. Ojala así fueran, hormigas. Desde esa altura me sentía poderosa, sentía que tenía el control de mi vida y de las suyas, pero la realidad era que no tenía el poder en ninguna de las dos y la mayoría de veces yo era la hormiga. Tal vez fuera distinto si no actuara como hace rato, tal vez solo debía llorarle a William y darle una bofetada como se hace en las películas, pero a mis ojos eso no era suficiente, ni siquiera lanzar su ropa por el último piso lo era. —Debí haberle roto la jarra en la cabeza. —Dije en voz baja girando la cabeza hacia la cama donde estaba la jarra acostada. Dos segundos después escuché la puerta principal cerrarse de un portazo que hizo temblar las paredes.                                                            
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