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4211 Words
DALIA   Dejé la taza de café sobre la mesa sintiendo los murmullos hacerse más altos. Mi pie se movía de arriba abajo en un movimiento incontrolable y constante sobre mi pierna derecha. Hana suspiró antes de posar su taza de té verde en el pequeño plato y la miré por el cristal n***o de mis lentes de sol. Sus ojos castaños me transmitieron en una pasada que estaba preocupada. —No estoy triste. —Le sonreí de lado de una manera sutil pero tratando de que fuera suficiente para relajarla. — Elegí a alguien que me rompería el corazón. No es la primera vez ni la última vez que pasaré por esto. Hana soltó una risa nasal. — ¿Se supone que saberlo me dejara más tranquila? —Se reclinó contra la mesa. —Tú escoges hombres idiotas pero no significa que eso debas obligarte a tomártelo con tanta ligereza. ¿Has golpeado a ese imbécil al menos? Estiré el brazo a la taza y con el dedo índice acaricie la oreja de la misma. —Tiré su ropa por el balcón. —Le respondí contemplando mi dedo moviéndose sobre la lisa superficie y me reí suavemente. —No lo sé, quizás sí debería rendirme esta vez. —Si tan solo dejaras de fijarte en esos prepotentes hombres con más dinero que cerebro, te iría mejor. —Eso sonó como un consejo y una reprensión,  hice una mueca. —Los hombres buenos no están con mujeres como yo. Ellos buscan chicas de buen corazón, sencillas y sin tantos problemas por detrás. —Suspiré. —Por más que lo intentara, terminaría convirtiéndolos en hombres malos. No buscaba a quien culpar, no buscaba excusarme, no buscaba suprimirme en las preguntas y las emociones que no llevarían a ningún lado. Lo haría como sabía hacerlo, aceptarlo sin cuestiones y seguir con mi vida buscando algo mejor. Detenerse era algo impensable para mí, hacerlo era la puerta a mi total desesperación y lo perdería todo. Mi imagen pública estaba cayendo a pedazos y no sabía cómo arreglarlo, y quizás ese era el motivo de mis problemas; que prefería ignorar y continuar a que detenerme y no tener la fuerza de solucionarlo. Hana se dejó caer abruptamente contra el respaldo de la silla como si no tuviera más que decir, y me limite a apartar la mirada para enfocarla en la decoración de la cafetería donde estábamos. Estaba situada en una esquina agradable, era hogareña y había enredaderas que caían por los laterales del exterior del lugar, por el vidriado se veían más plantas en el interior. Su estilo rustico era encantador, la mayoría de los clientes estaban cálidos en el interior mientras que nosotras preferimos para mayor privacidad desayunar en una de las mesas con sombrilla de la vereda. El ruido de mi teléfono me despistó y me hizo sobresaltarme por la abrupta forma en la que me había arrancado de mis pensamientos. Agaché la vista a mi pequeño bolso n***o que reposaba en la esquina de la silla y alargué la mano para abrir el bolso y tomarlo. — ¿Tu trabajo? —Me preguntó Hana una vez que miré la pantalla. Alcé la vista para mirarla y asentí. —Park Ji Seung para ser exactos. —Murmuré viendo su foto en la pantalla. El CEO de la editorial "Wolgwang Publishing", un hombre de treinta y cinco años que vive al pendiente de lo que hago y lo que no. — ¿Hola?—Respondí la llamada. — ¿Dónde estás? Adelante tu vuelo a hoy a las dos en vez de a las cuatro. —Miré mi reloj, eran las diez y media. —Hemos tenido varios comentarios negativos sobre las ilustraciones y la historia del último cuento publicado. Ha habido muchas quejas y necesitamos tu presencia para arreglar este asunto y charlar sobre el próximo evento de firmas. — ¿Comentarios?—Inquirí. —Dicen que son muy grotescos, asustan a los niños y ya ha habido quejas en otros cuentos. Son cuentos infantiles, deberían ser lindos e inspirarlos a ver la vida con colores y esas cosas que los niños aman. —Son niños, no estúpidos. ¿Por qué crearles una fantasía cuando es mejor prepararlos para los desafíos de la vida?— Actúe sin querer ofrecerle importancia de más. Lo negaría, negaría que no me inquietaba. —Ya, pero siguen siendo niños Dalia. No puedes romperles la inocencia, a sus padres no le gusta eso. —Le dijo y escucho como resoplaba. Me lo imagine arrastrando sus dedos por su sedosa cabellera negra y estiré una sonrisa. El siempre hacia eso cuando perdía la paciencia conmigo, lo cual era todo el tiempo. — ¿Estás ahí? Lo único que entendía de todo lo que me había dicho es que los padres eran las críticas más fuertes, ellos ni siquiera se tomaban el tiempo de leer mis cuentos –a menos que sus hijos se los pidieran- pero ahí estaban, perjudicándole cada vez que podían. Eso era un fastidio, ¿Que había de malo en no mentirles a los niños? Jamás, aunque se repitiera la secuencia, iba a llegar a entenderlo. Y según Park Ji Seung ese era mi problema, que no debía entenderlo solo cambiar y adaptarme a los pedidos de los fans. —Bien, lo hablaremos cuando regrese. —Le dije y colgué la llamada de mala gana. Por suerte Hana no podía ver mis ojos, era buena simulando emociones de cualquier facción de mi rostro menos de mis ojos, y por como la noticia me había caído sabía que crispaban del enojo. — ¿Y? ¿Todo bien? No quería darle cargas innecesarias así que ensanché una corta sonrisa y asentí. —Pequeños asuntos que arreglar. Nada grave. Me levanté de la silla, y tomé mi bolso para colgarlo en el brazo, la pequeña piedra negra del broche que la cerraba brillo cuando las luces de un auto la iluminaron. Hana agarró su taza como si quisiera que nadie se la quitase y elevó la cabeza. — ¿Te vas? —Lo dijo con un tono que no supe reconocer, pero sus ojos se opacaron y me hizo creer que quizás estaba desilusionada. —Park Ji Seung adelanto el vuelo. Lamentó no poder cenar contigo y Yejun como habíamos acordado. —Oh, no te preocupes. Trabajo es trabajo. ¿Quieres que te acompañe a aeropuerto? —Me sonrió y aunque hubiera querido despedirme de ella, siempre era un martirio para mí. Negué y estiré hacia abajo las mangas de mi vestido n***o con botones. —Entonces nos despedimos aquí. —Dijo ella y finalmente abandono su taza. Se levantó y rodeó mi cuerpo en un abrazo. —Nos vemos pronto.  Crucé la avenida, donde el taxi pararía y me llevaría devuelta al hotel. Una vez de haber cruzado extendí el brazo para parar un auto que venía y cuando paró alce la mirada para ver a Hana, ella agitó el brazo despidiéndome. El taxi paro frente mío, sentí una gota de agua resbalar por mi frente y me apuré a abrir la puerta. — ¿Hasta dónde señorita? —El aroma a cigarrillo me recibió a la vez de la áspera voz del conductor. Cerré la puerta y alineé el bolso en el centro de mis piernas. —Al hotel Kimpton Fitzroy. El conductor me miró por el espejo retrovisor más tiempo del que debería y asintió. Corrí la vista hacia la ventana y me saque los lentes de sol. Los deje reposados en el pequeño espacio entre el bolso y mi abdomen y suspiré contra el vidrio dejando una marca de vapor. No quería detenerme en pensar en lo que había pasado y en lo que me esperaba, pero fue inevitable con la lluvia golpeando la ventana, la suave música de fondo que tocaba para sí misma y el pesado sentimiento que se instaló en mi pecho. Empezando por William no sabía cómo sentirme, estaba sin duda enojada pero no más que decepcionada, la tristeza no hacia lugar porque lo mío con él no había significado tanto como para llorarle. Pero mi error fue ilusionarme, dejarme encantar por todo lo que él era y armarme una idea errónea. Así que más allá del enojo que sentía en contra suyo, era más bien decepción lo que me abrumaba. La parte más mala era que hacia mí misma, mi defecto por culparme de lo que la gente me hacía era porque buscaba las posibilidades para hacer que quienes me rodearan me lastimaran. Yo no era la persona más fácil y amable del mundo, muchas veces porque quería y en otras porque no me daba cuenta de lo mala que podría llegar a ser. Al fin de cuentas mis equivocaciones eran elecciones mías de una u otra forma y como no me castigaba por ello, la vida me encomendaba personas que se encargarían de hacerlo. William Wayne era uno de los tantos que me hacía sentir que nada en mi valía la pena, si no fuera por mi estatus social, quizás mi miseria fuera mayor, pero consolarme con ser una escritora reconocida no me era reconfortante. Por más que estaba en la cima, el lugar dónde había soñado toda mi adolescencia y joven adultez.  Al final la gente buscaba algo de mí, cosas que no podía dar, cosas que solo tenían un uso y luego podía ser descartada, o cosas que la gente piensa que puede obtener de mí. Diría que no hago lo mismo, pero la verdad es que lo hago solo para mantener en equilibro la balanza. Más allá de todo, existían personas que valían la pena. Tal vez por ellos es que aún seguía de pie. ¿Pero qué más puedo hacer? Mi sueño era escribir, hacer un impacto en el mundo y aquí estoy... salté muy rápido, sin embargo las etiquetas sobre mí a veces son demasiadas. El taxi se detuvo frente al hotel tomándome por sorpresa. Le extendí el dinero al conductor y el me miró sobre su hombro con una pequeña sonrisa, no supe que responder a ese gesto así que solo me devolví a mi posición, me puse los lentes y abrí la puerta. La lluvia seguía y mis zapatos de aguja con moños fueron los primeros en empaparse, suspiré. Regrese la mirada al conductor y atisbé un paraguas gris recostado en el asiento del copiloto. — ¿Cuánto quiere por el paraguas?          Entre por las puertas del hotel con un viejo paraguas cubriéndome, pero era mejor que nada así que no me di hincapié en quejarme. Mientras subía por el ascensor chequee los mensajes olvidados y les conteste solo a los importantes. Las puertas de metal se abrieron y camine por el pasillo vacío hasta mi habitación, gire la perilla tras desbloquear la puerta y la cerré tras de mí. Todo estaba como lo había dejado, las copas de vino vacías sobre la barra, la botella de vino caro por la mitad y los cojines del sofá desacomodados. Chasquee la lengua mientras dejaba el paraguas recostado junto a la puerta y miré el reloj de mi muñeca, eran las 12:33 y si quería llegar a tiempo no habría espacio para limpiar. Me dirigí a la habitación, saque la maleta de la parte de abajo del armario y la puse sobre la cama para posteriormente voltearme y agarrar todas mis prendas. Doble y acomodé todo en orden, guarde el maquillaje, los perfumes, los zapatos y bolsos. Se hicieron las 12:48 para cuando termine y agotada me deje caer sobre el sofá. A las dos puntual estaba sobre el avión, en silencio en la zona vip. Deslicé el dedo por la pantalla, la próxima publicación era un lobo n***o de ojos dorados. Le di me gusta y archive su publicación, la siguiente foto era del perfil de William Wayne, rodé los ojos y estaba lista para tocar su perfil y dejar de seguirlo, pero me detuve cuando vi que en su publicación estaba mi último cuento apoyado en el apoyabrazos del sofá de su pent-house. "Cuando vi su portada olvide completamente que se trataba de un cuento para niños. Sus dibujos, su historia, todo es cuestionable si recalcamos que es dirigido a un público infantil. Como adultos tenemos la responsabilidad de cuidar la inocencia de nuestros niños y "Los cuentos de una princesa" no es un cuento apropiado para sus mentes." Decía en su comentario. —Buena jugada. —Murmuré y apague el teléfono. William Wayne podía ser un idiota pero era astuto y sabia como quitarte ventaja. — ¿Señorita Jeong? ¿Quiere algo de beber? —Me preguntó la azafata. —Veneno. —Un pensamiento se infiltró en voz alta. — ¿Disculpe? Suspiré. —Solo agua, gracias. Ya había bajado del avión, estaba parada, buscando al hombre y la mujer que vendrían por mí –como en cada viaje-. — ¡Jeong Dalia!— El llamado del CEO Park Ji Seung me hizo girar la cabeza. Estaba a unos metros lejos, llevaba una sonrisa ridícula en la cara y un costoso traje celeste, junto a él la acompañaba mi asistente, la señorita Liu. Una anciana se cruzó en su camino y ella hizo un raro movimiento para esquivarla mientras intentaba alcanzar el paso de Park Ji Seung. —Debemos irnos antes de que alguien te reconozca. —Fue lo primero que dijo el CEO. Park Ji Seung era un hombre alto con un porte elegante, cabello marrón bien peinado a los lados, ojos redondos y oscuros, y una barba media muy prolija. De fuera se veía respetable, pero cuando abría la boca te defraudaba, por eso seguía soltero. Su secretaria, la señorita Liu. Una mujer de veintinueve años nacida en Shanghái, con una larga cabellera cobriza, ojos afilados como gatos y una personalidad tranquila, era posiblemente la única mujer que lo soportaba. —Gritaste mi nombre, seguro ya hay alguien filmando. —Le dije mientras era arrastrada y sujetada por él. —El auto nos está esperando afuera. Y recuerda, si nos descubren solo sonríe ¿Si? —Estoy cansada de sonreír. —Es el sacrificio si no quieres más problemas. —Me dijo echándome una mirada. — ¿Porque tendría más problemas por no sonreír? Eso es absurdo. —La gente ama ver a los famosos felices, si estás feliz, eso los hará felices a ellos. —Argumento Park Ji Seung. — ¿Y porque debería importarme eso?—Cuestioné. De verdad no lo entendía, ¿Porque tendría que priorizar la felicidad ajena por sobre la mía? Eso era… malo. — ¿Porque tengo que mentir sobre algo que no siento? —Ese es el costo de la fama Jeong Dalia. A mí tampoco me agrada, pero si queremos que esto salga bien y continúe tu carrera, debemos arriesgar y sacrificar ciertas cosas. —Ahora todo el mundo tiene una perfecta moral y gozan de buen criterio ¿No es así? —Me reí a medida que decía esas palabras. — ¿Quieren que sea su señorita perfecta? Lo único que tendrán es la peor versión de mí si siguen insistiendo. —Tú elegiste este camino. —Recalcó Park Ji Seung. —Las celebridades deben estar dispuestas a recibir las críticas. Si realmente pensaste que tú vida sería como la soñaste a los veinte, espero que estés preparada para aguantar lo que se viene. No dije más nada, pero por dentro una chispa de enojo se encendió. Me enfurece verme atada de hilos, siendo controlada por los demás. Si la fama era la firma a un contrato para abandonar el alma y convertirse en las divertidas marionetas de los espectadores, dudaba si realmente la quería. Pero ya había firmado. A menos que quiera ser destruida como muchos otros que no han logrado soportarlo, debo continuar aguantándolo todo. Park Ji Seung podría tener razón. La vida que había imaginado a los veinte no era esto que se presentaba tan aterrador frente a mis ojos. Le tenía miedo, quería huir pero no había puerta ni ventana donde escapar, solo quedaba enfrentarla y desear que esto no me consumiera por completo.             Estábamos cerca de salida cuando me fue inevitable detenerme. Mis ojos se clavaron en el tacho de basura, precisamente al lado de él, donde una pequeña bola de pelaje rubio tenía la cabeza metida en una bolsa de papel. — ¿Qué haces? —Me cuestiono Park Ji Seung al ver que me soltaba de su agarre. Me acerque a la bola de pelos y me puse de cuclillas. — ¿Qué haces aquí solo?—Le pregunté al animalito cuando le saque la bolsa. El cachorro de ojos azules y una linda línea blanca que empezaba desde su frente haciéndose cada vez más fina en el hocico, saltó para morder la bolsa. El cachorro dejo de intentarlo cuando la tire a la basura y se acercó a mí para olfatear mis zapatos. Saltó y puso sus patitas blancas –que parecían botitas- y tiró de la tela del vestido. —Te llevaré a casa. —Le dije y lo alce en mis brazos. — ¿Qué haces? —Repitió por segunda vez. —Me llevó a casa a mi nuevo amigo. —Le dije. Un auto n***o nos esperaba, camine hacia ahí y un chofer de anteojos gigantes negros me abrió la puerta. Iba a entrar cuando escuche una voz familiar, antes de meterme al asiento trasero gire la cabeza al taxi que estaba estacionado detrás de dos autos vacíos. Clavé la mirada en un chico alto de cabello n***o, se me hacía conocido con solo verlo de espaldas. — ¿Señorita va a entrar? —Me preguntó el chofer y lo miré. Me adentré al auto con el cachorro la dormido en mis brazos y el hombre cerró la puerta. Del otro lado entro la señorita Liu y del copiloto Park Ji Seung. La voz de aquel hombre se reprodujo en mi mente como una melodía descargada, trate de hallar el rostro de su voz entre mis recuerdos. No encontré nada y me obligue a olvidarlo acariciando las orejas del cachorro. — ¿Le puso nombre? —Me preguntó Liu. —Se llama Tobi. Park Ji Seung volteó la cabeza hacia nosotras y me miró a mí. — ¿Has leído la crítica de William Wayne en su i********:? —Me preguntó. Escuchar su nombre me hirvió la sangre ¿Que si había leído la crítica? ¡Claro que sí! —Si. —Respondí de mala gana. Nadie sabía sobre mi relación con él, nadie más que Hana. — ¿Porqué? —Eso dificultará más las cosas.  Me quede callada. Sabía que así seria. Mi imagen caería más en picada si seguía liándome con relaciones complicadas. —Lo sé, ¿Pero qué podemos hacer? —Pregunté de forma retórica. —Continuaremos como lo venimos haciendo. —Ya no podemos hacerlo… No como antes Dalia. Fruncí el ceño. — ¿Esperas que cambie? ¿Esperas que destruya todo lo que con tanto esfuerzo hice, solamente para agradarles a los lectores? —Son los que te dan de comer al fin al cabo ¿No lo crees? Solté el aire indignada. ¿Cómo se atrevía a decir algo así? —Creo que no está siendo justo con la señorita Jefe—Intervino Liu. —Su trabajo no debe ser desvalorizado. Ella puede conseguir gente que le guste su contenido y ya. Además es cruel tirar abajo todo su esfuerzo solamente con la excusa de que a su público no le agrada. —Es cierto. — Alcé la voz. —Yo luché por llegar hasta aquí y si ellos son los que me dan de comer ahora fue porque jamás me rendí y di todo de mí. —Contuve el aire. —No tienes el derecho de decirme algo así, ni tu ni nadie. Hubo un prolongado silencio. —Lo siento…—Lo escuché decir. —Pero de todas formas debemos solucionar esto, lo más pronto que podamos. El viaje continuo en silencio, nadie dijo nada más. Ya era de noche. Park Ji Seung y Liu me dejaron en mi casa para que descansara, haciéndome prometer que mañana estaría a primera hora en el edificio. La TV estaba encendida, pero era un murmullo de fondo para apaciguar el silencio del Pent-house. Estando sentada en la cama, con Tobi descansando entre mis piernas, desvíe la mirada al cuadro que colgaba en la pared a mi derecha, al otro lado del ventanal. Minho tenía la sonrisa congelada en esa foto, permanecería toda la vida sonriendo en ese viejo momento. Al lado, estaban mis padres, sonriendo con el fondo del mar a sus espaldas. Los extrañaba. A veces mucho más que de costumbre, usualmente cuando las cosas se vuelven complicadas. Creo que es allí donde uno se da cuenta que tan acompañado o solo esta. No hay nada de mi vida como lo era antes, mis padres viven en Dal-Hayan, Minho está trabajando en Nueva York, y Hana y Yejun están a kilómetros lejos de aquí. El sonido de la voz de la mujer del noticiero me atrajo a la realidad. “La famosa escritora Jeong Dalia ha sido vista entrando a su edificio, ¿Será que finalmente enfrentará los estragos que ha dejado atrás con su partida?” “Sabemos que el crítico William Wayne ha dejado una negativa crítica a su último cuento “Una tarde de princesas y dragones” ¿Será esta una baja desventaja para la editorial Wolgwang Publishing?  Veamos que dicen los comentarios en cuanto a esto" Apagué la TV y lancé el control remoto por alguna esquina del sofá. Últimamente todo lo que se oía de mí era negativo, no sabía hasta qué punto era bueno eso. Por un lado el foco de atención había logrado más popularidad, pero su toxicidad escarbaba lo bueno de mi persona y mi trabajo. Me encontré a oscuras en la habitación. Le acaricié las orejas a Tobi. Un triste sentimiento me rodeó al oírme a mí misma respirar. Tras un largo día, finalmente podía permitirme escuchar mis pensamientos y sentir mí presencia llenar un espacio. Eran pocas las veces que me sentía así, a veces la extrañaba, a veces me escapaba de ella. Recordé a William, quizás las cosas no hubieran resultado aunque él no me engañara, porque de alguna forma la que terminaba por arruinarla era yo. Y todo acababa. Soledad. No podía huir de ella... pero tampoco podía odiarla. En la oscuridad de mi habitación veía las luces de la ciudad en lo alto. Frente a mí, la pantalla de mi teléfono brillaba, lo que había allí dentro parecía ser el escrito de mi sentencia. "Ella es una perra, es una vergüenza que Jeong Dalia escriba cuentos para niños cuando se comporta como una bruja" "Sus historias no son apropiadas para mis hijos, se despiertan con pesadillas por culpa de Jeong Dalia." "Ella no puede ser el ejemplo de para nuestros hijos. Si renuncia nos hará un favor a todos." —Estúpidos hipócritas, antes decían ser mis fans. —Le dije entre dientes a la pantalla y apagué el teléfono. Me levanté de la cama y caminé de un lado a otro con los brazos cruzados, no entendía lo que esperaban de mí. — ¿Dónde están todas esas personas que me apoyan? Tengo una soga atada al alma, si me muevo en falso duele y tira, me deja sin aire y siento morir. Mis manos están atadas, todos tienen un lado oscuro que los hace tropezar y actuar como demonios pero todos me miran a mí diciendo que soy un monstruo. No puedo errar, no puedo ser yo misma, ellos hablan demasiado y solo quiero que me dejen en paz. ¿Pertenezco aquí? ¿Merezco estar aquí? Si mi trabajo es un arte ¿porque me abuchean como si creara la obra del diablo? Necesito respirar aire fresco, mis piernas tropiezan consigo mismas y caigo apoyada contra el vidrio. Veo la distancia entre yo y el suelo, la calle se ve como una línea recta pintada con un crayón y el vértigo no existe cuando me doy cuenta lo seductora que es la ciudad desde lo alto. La soledad era una de las cosas que no entendía de mi misma. La amaba, era yo misma rodeada de ella pero a su vez me atemorizaba. Era sublime, era relajante, sin embargo, te tragaba con sus dientes afilados y te sumergía en una pesadilla donde mueres solo. La odiaba, la amaba, la anhelaba, la rechazaba. Al final me deslicé por el vidrio y caí de rodillas admirando la ciudad, tenía a tantos allí afuera que conocían mi nombre, a tantos que me querían, pero me sentía sola, horriblemente sola. Algo húmedo toco mi mano y agache la cabeza, Tobi mordió mis dedos y lo acune en mis brazos. Su calidez y suavidad me gusto. — ¿No me dejaras sola?—Le pregunte acariciando sus orejas. —Aunque sea una bruja... ¿Te quedaras a mi lado? —Tobi alzó sus patitas y acerque mi rostro, su lengua dejo varios pequeños besos en mi mejilla. —Voy a confiar en ti y pensar que tu respuesta es un sí.      
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