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2029 Words
DALIA   Llevé mi dedo índice a la boca. Saboreé un ligero sabor metalizado, a medida que las voces a mi alrededor continuaban hablando de un asunto, el cual perdí el hilo cuando me distraje con la rosa roja que había recibido anónimamente. Contemplé la espina que me había provocado el pinchazo, era más larga y puntiaguda que las demás, casi como si fuera dejada ahí a propósito para que cualquiera que la agarre se lastimara con su filo. — ¿Jeong Dalia, que piensa de esto? —Alcé mí vista. Todo se vio en blanco y n***o –como siempre- y carraspeé dejando la rosa sobre alargada mesa de reuniones. Park Ji Seung se dejó caer contra el respaldo soltando un resoplido. Su actitud llegó a molestarme, no le era ningún desperdicio poder explicarme, de cualquier forma él estaba al tanto de mi frágil habilidad para concentrarme. —Le estábamos preguntando señorita Jeong, que la editorial de Nueva York no está conforme con vender el último cuento, dice que sus imágenes son muy grotescas para los niños y quieren que cambie algunos detalles del cuento para hacer menos evidente lo evidente. —Argumentó la secretaria Liu. Arrugué el entrecejo. — ¿Qué opina? —Opino que se vayan al carajo. —La sala de reuniones quedo en completo silencio. Fue incomodo lograr oír solo sus respiraciones, parecían asombrados, quizás no se lo venían venir pero… ¿Qué esperaban que dijera? ¿Qué estaba de acuerdo? —Si tienen algún problema con mis cuentos o sus ilustraciones, voy a rechazar el contrato y asunto acabado. —No podemos hacer eso. —Intervino Park Ji Seung notoriamente agitado. —Sera una gran pérdida de ganancias. Me levanté del asiento, era la clara señal de que el tema no se discutiría más el tema. No me consideraba una persona vueltera, me gustaba lo directo y conciso. Los presentes lo entendieron e hicieron rápidamente lo mismo, agarrando sus papeles como podían y haciendo una reverencia. Agarré la rosa con desinterés, teniendo cuidado de la espina que amenazaba con volver a pincharme y me dispuse a irme. —Por favor Jeong Dalia, debemos pensar en lo mejor para nosotros. Hace dos años que arrastramos problemas y deudas. —Me intercepto Park Ji Seung antes de poder llegar a las puertas. Sonaba convincente, era cierto que nada había mejorado desde el 2018. —Solo son unos pocos detalles ¿Qué tanto podría cambiar en la historia? Era convincente, pero no tanto. Deslicé los lentes por el puente de mi nariz y afilé la mirada clavándola en los ojos negros de Park Ji Seung, al analizarlos profundamente vi como su mirada temblaba ligeramente y baje la vista detallando como tragaba saliva con fuerza. Eso fue suficiente, acomode mis lentes en su lugar y le enseñé la rosa. —La rosa tiene una molesta espina, justo en el lugar donde la agarras. ¿Sabes cuál fue la consecuencia?, mi dedo sangró y aun duele. Dime entonces, si esta espina no hubiera estado, ¿Qué tanto cambiaría la historia? —Hice una breve pausa. —Seguramente no tendría un dedo pinchado, ni hubiera tenido que probar mi sangre. Una simple y molesta espina colocada en el lugar exacto causo esto que ves aquí. —Le enseñé mi dedo, una vez más la gota de sangre la pintaba como un círculo brillante. —Esos pequeños detalles hará lo mismo, no sé si para bien o para mal, pero hasta lo más minúsculo provoca una consecuencia. —P-pero… —Adoro mi trabajo y valoró lo que hago, no dejare que vengan a querer cambiarlo. —Dalia —Insistió Park Ji Seung, y negué. —Comuníquenselo a la editorial lo más rápido posible.  —Ordené y me hice paso a la salida. No me importaban las perdidas ni las ganancias, lo único de valor irrompible que mantendría siempre en alto es hacer valer mi trabajo y el tiempo que requiere hacerlo. Si pretenden decir que arreglar “el defecto de mi cuento” es tan fácil como despachar a unas palabras y poner otras, entonces no valoran mi esfuerzo como escritora. Y nadie, absolutamente nadie podía venir a decirme cuánto valía mi trabajo, mucho menos despreciarlo por sus infantiles caprichos. Pasé por un tacho de basura, y lancé la rosa. Así como esa gente y la editorial. Esa rosa podía irse donde los tres pertenecían, en un putrefacto y oscuro contenedor de basura. A medida que subía las escaleras al quinto piso –Que no era mucho por caminar ya que la sala de reuniones estaba en el cuarto piso-, lugar donde se situaba mi oficina y zona de descanso, frote mis cienes con los dedos. Un peso se instaló sobre mis hombros, quizás fuera concisa a la hora de hablar, sin embargo las cosas permanecían dando vueltas por mi cabeza un par de horas o incluso días. Me detuve al principio del largo pasillo que se extendía al finalizar las escaleras, al fondo dos grandes puertas negras me esperaban susurrando mi nombre. Agotador, sin duda agotador. No tenía ganas de dar un paso más. — ¡Señorita Jeong!—La aguda y suave voz de Liu sonó a mis espaldas. —Lamento interrumpirla, pero el jefe me pidió que le avise que hoy tiene que dar una clase de literatura. Abrí los ojos como platos. — ¿Qué? —Alcé la voz. —Park Ji Seung sabe que mi agenda no debe ser movida. —Lo siento, se lo he dicho. Pero el piensa que esto le ayudara a tener el foco bueno de la prensa. Apreté mis manos. Park Ji Seung no hacia las cosas sin saber antes el beneficio que obtendría de ello. Sabia –por más que no me agraden sus movimientos- que tendríamos una ventaja a nuestro favor si hacia esto. “Todo conlleva sacrificios” Relajé mis manos y deje ir un suspiro sutil. — ¿A dónde debo ir? —Le anotare la dirección por si quiere ir sola. —Me sonrió y escribió en un pequeño papel. —Aquí tiene. Lo tomé y leí. “LJ Clínica de Salud Mental” — ¿Es nuevo? —Le pregunté intercambiando la mirada de Liu al papel. —Hace cuatro años se inauguró. Los pacientes están satisfechos con el cuidado y las familias de ellos también. Tiene un futuro prometedor.  —Es un beneficio mutuo entonces. —Concluí. Mi camino con Liu se separó al llegar al final de las escaleras. Ella se despidió diciendo que buscaría a Park Ji Seung y yo por otra parte continúe mi trayecto al ascensor. Al bajar al subsuelo, llegué al estacionamiento. Una hilera de coches se extendió frente a mí, y me dirigí al lugar 5. Un Hyundai Tucson n***o me esperaba pulido y brillante, saque las llaves de mi pequeña cartera negra y destrabé la perilla, el coche parpadeó sus luces amarillas y abrí la puerta. Me adentré, deje la cartera en el asiento copiloto y encendí el motor. Con un giro limpio salí del lugar y manejé hasta la salida. El vigía me dejó pasar y doblé a la derecha para dirigirme a mi destino. Era un día nublado, las ventanas se empañaban del frio y tuve que prender la calefacción. Mis piernas se iban a entumecer al estar solo protegidas por una larga falda negra de tela abrigada que llegaba debajo de mis rodillas, y unas medias gruesas para esta época. Si bien estábamos muy cerca del invierno, no usaría pantalones. No sé cuándo pero en algún punto comencé a tenerles rechazo. Fue como esa vez a mis diecinueve años que cambie mi estilo colorido a minimalista, tal vez había vuelto a sufrir ese radical cambio y no me di cuenta cuando. “Ha pasado tanto tiempo ya de eso…” La editorial  Wolgwang Publishing, para la que trabajaba hace ya cinco años, estaba ubicada en el distrito de Jung-gu, y según marcaba mi GPS, la clínica estaba al límite del mismo en el sureste. No era muy lejos, pero el tráfico no ayudaba. Manejé junto a un terreno privado lleno de árboles y rejas negras altas, al aire fresco a plantas se filtraba por la ventana ligeramente baja, trayendo paz a mi mente. Cuando doble a la derecha en la esquina, hice unos –pocos- metros más hasta detenerme en la entrada. “LJ Clínica de salud mental” Decía en una pequeña pared de piedra exterior con letras grandes en plateado, ubicado en la acera. Había una cabina de vigilancia al lado de las imponentes rejas con un techo de teja. Me esperaba algo más simple considerando que no hacía mucho tiempo que estaba inaugurado. —Debe ser una persona de clase alta. —Musité a medida que doblaba. El vigía bajo la ventana de la cabina y yo hice lo mismo. —Señorita Jeong, la estábamos esperando. —Me dijo. —Gracias. —Fue todo lo que le respondí y volví a subir la ventanilla. Las rejas se abrieron en dos de manera automática y me adentré al establecimiento. Un sendero no muy largo, rodeado por la imitación de un bosque fue lo que me recibió. Había faroles antiguos en los lados y un edificio de la misma estructura al fondo. Cuando estacioné en el aparcamiento, pude observar a algunos trabajadores caminando por los jardines con sus pacientes correspondientes. Había muchas entradas, flores, bancos y un sector con mesas y sillas frente al edificio. La primera impresión era positiva, se veía como un lugar cómodo y tranquilo. Bajé del coche y acomodé mis anteojos negros. —Señorita Jeong. —Una voz varonil me hizo voltear. Un hombre de aproximadamente mi edad, con cabello castaño oscuro ondulado peinado hacia delante, ojos pequeños color chocolate y nariz respingona me sonrió e hizo una reverencia. — Soy Muk Hee Yul, Jefe de enfermería y encargado de guiarla. Le correspondí la reverencia. —Jeong Dalia, un gusto. El hombre me indicó con las manos que siguiera el paso a la entrada y asentí. —Tengo entendido que hace no mucho que están establecidos aquí. —Le dije. —Hace cuatro años que inauguramos. El dueño es el director de la Clínica, se ha esforzado mucho por comprar la propiedad. Antes era un geriátrico, pero la reformamos. —Me explicó. La voz de Muk Hee Yul era dulce y cantarina, como si estuviera emocionado todo el tiempo. Eso me decía que quizás era una persona entusiasta. —El director debe estar complacido con el trabajo. He visto muchas clínicas mentales, esta es la primera que me hace sentir tan cómoda. Eso es importante para los pacientes, la sensación hogareña es algo fundamental en lugares como este. —Se lo agradezco. Podrá hablar con él personalmente al finalizar la clase, ya que ahora tiene asuntos importantes que resolver. Pero con gusto la recibirá, no es un hombre descortés, está feliz de tenerla aquí. Nuevamente esa emoción en la voz. Lo miré de soslayo. Estaba sonriendo. ¿Por qué? —Veo que le gusta su trabajo y está contento con su superior. El director debe ser hombre agradable. —Comenté. Se rio con suavidad. —Confié en que lo es. Bueno, como vera tenemos varias salas de actividades recreativas. Como el arte, la música, juegos de mesa, artesanía y ahora que usted está aquí. —Avanzó a zancadas y se detuvo frente a una puerta. —Lectura. Miré la puerta de madera, el número seis indicaba su nombre. Por el vidrio de la misma se podían ver algunas personas en el interior. “Tranquila Dalia, es como en un evento literario” Me consolé. — ¿Cuantos me escucharan? —Tenemos cuarenta pacientes, la sala es amplia. Me abrió la puerta y sentí todas las miradas en mí. Había personas de todas las edades, incluso una muchacha de cabello largo y ojos tristes de unos dieciocho años quizás. Los enfermeros estaban recostados en las paredes, mirándome con… ¿Emoción? Los más inexpresivos eran los pacientes, pero aun así había algunos que derrochaban curiosidad con la mirada. “No titubees” Me dije a mi misma. 
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