En Lutsen la vida para ellos era completamente diferente. El odio que la venganza y la traición les había dejado se esfumaba con el viento. Sin el acoso de sus verdugos y sin la presencia de almas atormentadas, aquel lugar resultaba un paraíso. La cabaña seguía siendo una casa vieja que ameritaba mucha atención, pero confortable y segura. Las aves sobrevolaban el terreno sin prestar atención a lo que ellos hacían, cada quien viviendo la existencia que había elegido. —¡Deborah, necesito los clavos grandes! ¡¿Dónde los dejaste?! —gritó Allan desde el porche delantero mientras reparaba una de las barandas que daba a la playa. —¡En la cocina, ya te los busco, estoy acomodando la antena de la televisión! —No, maldición —masculló asustado y enseguida soltó el martillo para correr hasta el

