«—No lo dudes más, Deborah. Vete —le insistía Jimena. Su amiga siempre era la primera en enterarse de las infidelidades de su esposo gracias a los comentarios que le hacía su hermano, quien trabajaba con Brian en el mismo despacho contable—. ¿Cuántas de sus amantes necesitas conocer para entender que ese hombre no vale la pena?».
En realidad, Debby solo había conocido a una, a la habitual. Cada vez que su amiga le contaba una nueva aventura de su marido, ella se hacia la desentendida.
Tenía miedo de lo que podía suceder si Brian se enteraba de que era consciente de sus andanzas.
Sin embargo, ya no estaba en Minneápolis. Se encontraba en una cabaña con Zack, un sujeto misterioso pero muy atractivo, que despertaba en ella emociones desconocidas. No tenía por qué cohibirse.
Mientras el hombre se ocupaba de exprimir unas naranjas sobre la encimera, Debby se sentó en la mesa del comedor. Aprovechó que estaba de espalda para admirar su cuerpo.
Era delgado, pero se podía notar a la perfección la definición de los músculos. Tenía que estar en forma para dedicarse al senderismo.
Suspiró, ¿hacía cuánto tiempo no recibía las atenciones de un hombre? Zack era un completo desconocido y eso le hacía agitar las sensaciones de ansiedad en el estómago.
¿Sería capaz de vivir una aventura s****l con un extraño y sin compromisos?
—He notado que no tiene teléfono móvil —expuso él sin mirarla, concentrado en la preparación de las bebidas.
Debby se tensó y entrelazó las manos sobre la mesa.
—Las personas que se interesan por mí saben dónde estoy —explicó—. Además, vine en busca de descanso. El teléfono fue lo primero que dejé.
—¿A eso vino? ¿A descansar?
Zack se giró por un breve momento para dedicarle una mirada profunda. Debby se estremeció y se reprendió internamente por reaccionar de forma infantil y desesperada frente al hombre.
—Desde que llegó no ha parado de llorar —siguió diciendo él.
La vergüenza se apoderó de ella. Había evitado por todos los medios que Zack notara su depresión, pero por lo visto había fracasado.
Aún con algo de cojera, él se dirigió hacia ella con dos vasos de cristal llenos de zumo de naranja. Acercó una silla para sentarse a su lado e impregnarla con su fresco aroma a jabón mezclado con fragancia de sándalo.
Colocó uno de los vasos frente a ella, de forma que sus manos rozaran los brazos de Debby. El contacto le produjo a la mujer un intenso calor que le estalló en el vientre. Una oleada de sentimientos le empañó la cordura.
—Nunca me ha gustado ver llorar a una mujer —continuó Zack en voz baja.
Como un susurro sensual, esas palabras se internaron en los tímpanos de Debby y la sacudieron por dentro.
Ella se alejó un poco de él y se aclaró la garganta antes de beber un trago largo del zumo, pero al mirarlo de nuevo, no pudo evitar sentirse abrumada.
Él se había inclinado quedando muy cerca y la observaba con tanta intensidad que le aceleró el corazón.
Con su dedo índice, Zack le acarició el brazo, desde el hombro hasta el codo.
—¿Te gustaría olvidar tus penas? —le preguntó y se acercó aún más—. Puedo ayudarte con eso —le susurró al oído.
Debby cerró los ojos, la piel se le erizó. La nariz de Zack le acarició el cuello y la bañó con su cálida respiración.
El suplicio de las caricias produjo un torbellino de ansiedad en el vientre de Debby. Hasta ese momento, no se había percatado de lo mucho que necesitaba de esas atenciones. Anhelaba sentirse mujer.
Cuando llegaron los besos, se encontraba sumida en una niebla de deseo. En algún momento se había girado hacia él para permitirle apoderarse por completo de su boca.
Zack no perdió más tiempo en galanterías, la cubrió con los brazos y hundió la lengua dentro de ella. Una erupción de necesidades lo hizo perder el control de la situación.
Lo que había comenzado como un juego para envolverla y sacarle información, ahora lo afectaba. Ambos se aferraron con tenacidad al beso, buscaban ansiosos una liberación.
Los sonidos de gemidos y de una pesada respiración se ahogaban entre ellos.
Las uñas de Debby se clavaron en la espalda del hombre al tiempo que las manos de Zack se internaban dentro de la blusa de ella, pero un sonido sordo producido en el interior de la cabaña los sobresaltó y los obligó a separarse.
Con la respiración agitada repasaron el lugar.
Un cuadro, ubicado sobre la chimenea de piedra, había caído al suelo.
Zack se levantó y caminó con dificultad hacia el objeto. La cojera parecía haberse intensificado. El golpe había despegado la pintura del marco.
Él levantó los restos y los colocó sobre un sillón.
La vergüenza invadió a Debby cuando Zack se giró y la observó con una mirada aturdida y saturada de deseo. Ella jamás se había comportado de esa manera con un extraño, nunca había permitido que un hombre, que no fuera su marido, la tocara.
La cobardía le empañó los ojos con lágrimas. Se levantó de la mesa y salió de la cabaña en dirección al lago. Le urgía esconderse, como hacía cada vez que no sabía manejar una situación.
Caminó por la orilla empedrada mientras observaba el suave vaivén de las olas, hasta que se sentó sobre unas rocas para admirar el horizonte.
A lo lejos divisaba las figuras diminutas de unos pocos turistas que practicaban esquí acuático cerca de las costas de un hotel, ajenos a lo que ocurría a kilómetros de distancia.
La soledad que la rodeaba le aportaba serenidad, pero también atraía más recuerdos.
Lo que había sucedido con Zack en la cabaña era un indicio de su creciente necesidad. Había pasado mucho tiempo consagrada a un matrimonio ficticio, que desde el principio estuvo signado por el fracaso.
Su obstinado empeño por salvar las diferencias entre Brian y ella solo los había hundido más.
Y ahora que estaba cerca de un hombre que por razones desconocidas la seducía, caía como una oveja incauta entre sus garras.
No lo podía negar: ansiaba sentirse amada, pero no debía volver a comportarse como una ingenua con extraños.
Dejó de pensar en ello al ver que Zack se acercaba con lentitud. Había cubierto su torso con una camisa y avanzaba soportando el dolor de su hinchado tobillo.
De nuevo, el rubor le invadió las mejillas. Se sentía como una adolescente a la que le habían robado su primer beso.
—¿Puedo sentarme? —le preguntó él cuando estuvo junto a ella. Debby asintió con la cabeza, sin apartar la mirada del lago.
Ambos quedaron en silencio, vislumbrando el paisaje, hasta que Zack se aclaró la garganta para hablar.
—Lo siento… creo que… me sobrepasé.
—Yo también.
Volvieron a quedar mudos. Estaban tensos, no sabían cómo expresar una disculpa.
—¿Qué hace aquí?
La pregunta del hombre molestó a Debby. No comprendía tanta desconfianza.
—Ya le dije. Vine a descansar.
—¿En una casa abandonada? ¿En medio de la nada? —Él emitió un bufido y sonrió con desgana negando con la cabeza—. Desde que llegó lo que menos ha hecho es descansar.
—No vine a descansar el cuerpo.
Debby le respondió sin mirarlo. Él, en cambio, giró el rostro y por un buen rato evaluó el perfil de la mujer, ansioso por descubrir en sus facciones la verdad.
—Jimena… su amiga, ¿la envió?
Ella lo miró con el ceño fruncido. Luego regresó la atención al mar.
—Me recomendó el lugar cuando le comenté que necesitaba alejarme. Creo que pensaba que la casa estaba deshabitada —fue lo único que le confesó.
Escuchó que Zack mascullaba palabras inentendibles.
Sus cejas se arquearon mientras la curiosidad crecía en su interior.