Capítulo 6. Un hombre bipolar.

1916 Words
«—Deborah, hay oficios que no son para las mujeres, nos hacen menos femeninas. Más a ti que eres bastante torpe, hija». El cuerpo de Zack se estremeció al escuchar un grito proveniente de la cabaña. Soltó las bolsas que tenía en las manos y corrió con la imagen de la imprevista visitante en su mente. Al llegar, quedó pasmado al ver las estilizadas piernas de la invasora colgando de una ventana, enfundadas en una diminuta tanga bordó que poco dejaba a la imaginación. El caño chirrió al despegarse de la madera. Los ojos de Debby se llenaron de terror al sentir que la fuerza de la gravedad la reclamaba. Gritó mientras caía, esperando sentir, de un momento a otro, la dureza de las piedras en su cuerpo. Pero para su sorpresa, no cayó en el suelo, sino encima de un cálido y acolchado cuerpo. Zack había llegado a tiempo y evitó que ella impactara contra las baldosas. Lo que no pudo evitar fue torcerse el tobillo izquierdo al rescatar a la intrusa. —¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios mío! —repitió Debby mientras se levantaba y se acomodaba el vestido para tapar su desnudez. —¡Por todos los demonios, ¿se volvió loca?! ¿Qué hacía colgada de la ventana? —le preguntó Zack, soportando el intenso dolor de su tobillo. —¡Cumplía con sus absurdas explicaciones! —gritó ella. Temblaba de miedo y de ira. Él la miró con los ojos muy abiertos antes de comenzar a levantarse con dificultad. —¡Debería dejar las tareas complejas para los hombres! —bramó mientras se restablecía. Ella lo observó con incredulidad, con el rostro colorado y bañado en lágrimas. Al notar que sufría por el dolor en el tobillo y eso le impedía erguirse, fue invadida por una desagradable sensación de culpa. Se acercó a él para ayudarlo, pero Zack se lo impidió apartándose un paso y dirigiéndole una dura mirada de advertencia. —Déjeme hacer algo por usted —rogó ella. Ese hombre la había salvado de una caída que podría haberla matado, tenía que buscar alguna forma de agradecerle. —Vaya por las bolsas que me hizo tirar y déjeme en paz —gruñó Zack en respuesta y se encaminó a la cabaña cojeando. Debby se quedó de pie allí, llorando en silencio, sin comprender del todo lo que había sucedido. Horas después, se dirigió a la habitación de Zack con una bandeja en la mano. Portaba carne asada, papas al horno, brócoli y café. No había tenido tiempo ni ánimo para preparar algo más elaborado. Aún tenía los nervios alterados por lo ocurrido y una amarga sensación de culpa por el estado en el que había quedado su anfitrión. Tocó con timidez la puerta y recibió un brusco «¿qué quiere?» Como respuesta. Suspiró antes de contestar, sabía que él reaccionaría de esa manera. —Su cena —dijo y esperó en silencio. Segundos después, Zack gruñó algo. Al no entender su queja, Debby se tomó la licencia de hacer lo que se le viniera en gana, así que abrió y entró en la habitación con el rostro endurecido. Los ojos de Zack se ampliaron de sorpresa al verla. Con el mentón en alto, ella colocó la bandeja sobre la mesita de noche empujando todo lo que había encima hacia el fondo. Sacó del bolsillo de su pantalón deportivo un tubo de pomada y se sentó en la cama, a los pies de Zack, que seguía sus movimientos con mirada iracunda. —¿Qué piensa hacer? —interrogó al ver que la intrusa abría la pomada y se untaba una mano con ella. —Le daré un masaje en el tobillo. Esta crema es antiinflamatoria, le hará bien. —No se le ocurra… —intentó evitar que la mujer le tocara el pie, pero Debby fue más rápida. Ubicó una almohada sobre su regazo y tomó con firmeza la pierna para moverla hacia ella. El hombre chilló por el brusco zarandeo. —Lo siento, pero usted tiene la culpa —lo regañó. Zack apretó la mandíbula. —¿Fui yo el que estaba colgado de la ventana? —reclamó. —Eso también sucedió por su culpa —se defendió ella. Con un ruidoso bufido, el hombre volvió a apoyar la espalda en los almohadones y cruzó los brazos delante del pecho. Sabía que no tenía escapatoria. El tobillo y todo el pie estaban embadurnados con una mezcla transparente y pegajosa que le hacía arder la piel e impregnaba la habitación con aroma a menta. Debby lo evaluó por el rabillo del ojo mientras llevaba a cabo el masaje. Parecía un chiquillo malcriado con rostro crispado por el enfado y se apretaba los labios para ocultar un puchero. Era adorable. No pudo evitar que una media sonrisa se dibujara en su boca mientras frotaba sus manos con delicadeza por el tobillo del hombre. Se concentró en su trabajo con más ánimo, no solo masajeaba la zona hinchada, sino también el resto del pie. Había aprendido a realizar esos masajes con la intensión de utilizarlo como herramienta de seducción con Brian, su esposo. Sin embargo, nunca lo logró, ya que él jamás llegaba a tiempo a casa en las noches. Las largas esperas le esfumaban hasta las ganas de reconquistarlo. Se llenó las manos con más pomada y comenzó a trazar círculos pequeños en la planta del pie de Zack. Dirigió su atención hacia él y captó su mirada profunda. Todavía estaba recostado, pero había descruzado los brazos y hasta parecía disfrutar con las caricias. No pudo sostenerle la mirada. Sus ojos expelían una fuerza que le provocaba sensaciones extrañas en el vientre. —¿De dónde sacó las llaves de la casa? —oyó de repente. La imprevista pregunta la obligó a detener por unos segundos su tarea, pero la retomó enseguida. Friccionaba el pie manteniendo su atención en él. No quería verlo a los ojos. —No conozco a los Kerrigan, pero mi socia es amiga de la familia. Ella me consiguió las llaves —respondió. —¿No alquiló la casa? —No. Pero al regresar pienso pagarle al dueño por la estadía. —¿Quién es su socia? En esa oportunidad, Debby lo observó. Zack tenía otra vez el ceño fruncido, no obstante continuaba con la postura relajada. —Jimena Olsen. El rostro del hombre se endureció y las manos se le transformaron en puños. —Creo que es suficiente, señora Adams —dijo de repente. La voz del hombre se llenó de reproches y amenazas. Debby sintió un estremecimiento y abandonó la tarea. Se levantó con cuidado y le acercó la pomada para dejársela, así él podía aplicársela en otro momento. —Tome, puede… —comenzó, pero Zack no la dejó hablar. —Llévese eso con usted —expresó con indignación. Debby amplió los ojos sin atreverse a decir nada—. Y no vuelva a molestarme. ¿Entendió? La postura colérica del hombre dejó a la mujer sin palabras. No entendía lo que había ocurrido, así que salió de la habitación con las lágrimas agolpadas en los ojos y la ira produciéndole temblores en el cuerpo. Cuando la trataban como a un objeto insignificante, siempre reaccionaba de la misma manera. Se bloqueaba y le costaba defenderse. Estaba harta de situaciones como esa, pero nunca hallaba la fuerza necesaria para enfrentarse a su oponente. Al día siguiente, después del desayuno, Debby se enfundó unos pantalones cortos y una blusa de tirantes para limpiar la terraza. Ese día se sentía más audaz, así que se decidió por la fortaleza del rock para amenizar el trabajo y colocó su disco favorito: Get a Grip de Aerosmith. Entre todas las canciones, su preferida: Livin’ On The Edge, solía llenarla de energía, y eso era lo que necesitaba en ese momento. Dividió mentalmente el espacio por zonas y comenzó a formar pequeñas montañas de hojas que luego recogería. Esa mañana el sol calentaba con fuerza, pero la suave brisa refrescaba la piel y hacía más llevadera la tarea. —¿Para qué tanta limpieza? Giró el cuello al escuchar la voz de Zack desde la puerta. De seguro no había ido a trabajar por su dolencia. Estaba sin camisa. Su torso bronceado y fibroso relucía como si estuviese cubierto por algún aceite resultando atractivo. Tenía los brazos cruzados delante del pecho, un hombro apoyado en el marco de la puerta y la observaba con curiosidad. —Me sirve para… distraerme —respondió ella, y desvió el rostro hacia su labor para no perturbarse con la fiereza de sus ojos. —Puede ver la televisión, ya arreglé la antena —comentó él. Debby lo observó con recelo. La noche anterior la había corrido de su habitación, furioso quién sabía por qué razón, pero esa mañana se mostraba caballeroso. Algo debía traerse entre manos. —Gracias —replicó—. Pensaba volver a intentar repararla más tarde. —No se le ocurra hacer otra actividad de riesgo —se apresuró por advertirle—. Estoy herido, ahora mi vida puede correr peligro —agregó con sarcasmo e hizo brillar una sonrisa torcida en sus labios. Debby no confiaba en los repentinos cambios de humor de aquel hombre. Comenzó a barrer sin apartar su atención de él y lo vio alejarse con una marcada cojera en dirección al jardín lateral. —Ahora usted tendrá que comprar los comestibles —informó Zack mientras observaba hacia el lugar donde ella tenía aparcado su vehículo. A Debby le daba la impresión de que el hombre se esforzaba por ser amable—. Tiene suerte de tener auto. —Puedo caminar también. —Me imagino, pero para llegar más rápido tendría que atravesar la propiedad de los vecinos, que posee un terreno algo desigual e invadido por piedras. —Tras esas palabras se detuvo y se giró hacia ella con rostro divertido—. Usted es peligrosa cuando hace alguna labor. No quiero ponerla en riesgo. —Idiota —masculló Debby para sí misma. Si con esas palabras él pretendía ser gracioso y romper el hielo entre ellos, no lo había logrado. Y al parecer, Debby se lo había dejado en claro. Se sintió satisfecha al observarlo alzar las cejas y borrar la sonrisa cuando ella comenzó a barrer con brusquedad la terraza. —¿Acepta una bebida refrescante? —ofreció Zack de pronto. Ella se quedó inmóvil, con los ojos tan abiertos como platos—. Así limamos un poco nuestras asperezas —continuó, esta vez, utilizando una voz sensual, al tiempo que paseaba los ojos por el cuerpo de la mujer. Debby sintió un cosquilleo en el vientre. Hacía mucho tiempo que nadie la miraba de esa manera. Llevaba años siendo ignorada y ahora no podía dejar de reaccionar ante aquella provocación. Zack no esperó una respuesta. Regresó a la casa y entró con paso pausado dejando la puerta abierta. En una clara invitación. En principio, ella no pudo moverse, desconcertada por la actitud bipolar de aquel sujeto. Algo buscaba, o quizás, él realmente quería hacer las paces y ella estaba siendo demasiado recelosa. En medio de un suspiro dejó la escoba en el suelo de la terraza y lo siguió. Ignorarlo no le serviría de nada, además, la expectativa le hacía bullir las hormonas y la impulsaba a aceptar su desafío. No sabía qué podía encontrar adentro, pero ya estaba harta de seguir dejando pasar las oportunidades en la vida.
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