«—Las mujeres tenemos que ser sumisas, Deborah, mantener siempre la casa limpia y ordenada y nuestra dignidad intactas, y callar ante los arrebatos de ira. Así aseguramos a nuestros maridos de por vida».
Consejos como esos le daba siempre su madre y se transformaron en la base de su personalidad.
Se ocupó por ser la persona que todos esperaban y se esforzó por salvar su matrimonio. No obstante, aquello no le funcionó. Era hora de replantear sus objetivos y comenzar a pensar más en sí misma, no en los demás.
A la mañana siguiente se levantó con más ánimo. Los chocolates la ayudaron a soportar la pena durante la noche y le permitieron dormir mejor. Había vuelto a llorar, pero con menos intensidad, el cansancio por la limpieza también había ayudado.
Ese día, Zack se fue a primera hora, así que de nuevo tenía la cabaña para ella sola.
Encendió el equipo de música y dejó que el ritmo soul de Joss Stone impregnara cada rincón.
Mientras continuaba la limpieza, pensaba en las maneras de relanzar su negocio con poco dinero captando nuevos clientes. No podía dejar el trabajo, se había aferrado demasiado a él, esa actividad la ayudó a sobrellevar la soledad y la traición.
Sin darse cuenta, se le pasó el día. Había terminado con la cocina, con el comedor y la sala. Cada vez que realizaba alguna tarea se sumergía en cuerpo y alma en ella y se olvidaba del resto del planeta.
Cuando la tarde comenzó a caer se dio un baño y se colocó un vestido vaporoso que le llegaba a las rodillas.
Merendó los chocolates que le quedaban antes de salir a la terraza. Desde que había llegado, no había disfrutado de las bellezas naturales del lago, ni del calor del sol.
Aunque había acudido a ese lugar para esconderse y llorar, ahora se lo pensó mejor. Brian no merecía sus lágrimas, ya había llorado mucho por ese imbécil. Era hora de hacer algo diferente.
Al salir y ver la entrada cubierta por hojas bajó los hombros con frustración. Aún no se había ocupado de limpiar esa zona, pero lo haría al día siguiente. En ese momento necesitaba un descanso.
Sacudió una vieja mecedora de madera que se hallaba olvidada en un rincón y se sentó a admirar el paisaje.
La brisa era suave, el sonido del viento armonizaba a la perfección con el romper de las olas y el lago estaba teñido de cielo.
Una sonrisa se le coló en el rostro, producto de una dulce sensación de calma que le hinchó el pecho. Aquel paraje mágico parecía ejercer un poder especial sobre ella. Su belleza era idílica, similar a los que solía ver en programas televisivos.
El pensamiento le recordó que la señal de televisión no era nítida y que debía redireccionar la antena.
Se levantó en medio de un suspiro y entró a la casa hacia el ático. Lo mejor era ocuparse de esa tarea antes de que cayera la noche.
Subió las estrechas escaleras que se encontraban al final del área de estar y abrió con dificultad la puerta. El tiempo había endurecido las bisagras.
Adentro, el polvo la hizo estornudar. El calor y la falta de oxígeno eran asfixiantes. Allí la desidia era peor que en el resto de la casa.
A diferencia de otros áticos, ese era amplio y contaba con ventanas panorámicas. El lugar era precioso, pensó que si organizaban todo el mobiliario esparcido, le quitaban la gruesa capa de polvo y la red de telarañas que cubría las vigas del techo, se podía crear un salón de descanso, un cómodo dormitorio, un cuarto de juegos, una biblioteca o tal vez, un gimnasio.
A pesar de que los vidrios estaban empañados por la mugre, las vistas que ofrecían del lago y las montañas eran impresionantes.
A Debby le fue imposible no conmoverse con semejante majestuosidad.
Al salir de su ensoñación, recordó las instrucciones de Zack: «sacar medio cuerpo por una de las ventanas del lateral derecho».
Se dirigió a esa zona y luchó con el pestillo de una de las ventanas para subir el listón. Después de una batalla, que por momentos creyó perdida, el pasador cedió y se abrió la ventana.
Se asomó con cuidado. Las maderas del marco tenían mal aspecto. A su derecha, y a más de un metro de distancia, divisó la pequeña antena parabólica que miraba hacia la montaña, envuelta en tierra, telarañas y hojas secas, y con un nido abandonado en su base.
Estudió bien la situación antes de atreverse a sacar medio cuerpo. La altura era considerable, así como la distancia de la antena a la ventana.
No sería una tarea fácil. Se sentó sobre el marco y escuchó el crujir de las maderas. Inclinó el cuerpo hacia afuera y se sostuvo de la pared antes de comenzar a estirarse para alcanzar el plato de aluminio.
Un extraño chillido la hizo perder el equilibrio. Si no se hubiera sostenido con fuerza habría caído al suelo.
Giró el rostro en busca de la fuente del sonido y vio a pocos metros, sobre un inmenso árbol, a un águila.
—Maldito pajarraco —murmuró y clavó una mirada mortal en el animal que la observó con curiosidad.
Volvió a ocuparse de su tarea, pero esa vez se aferró de un caño ubicado junto a la ventana, en la parte exterior. De esa manera, tendría más posibilidades de inclinarse para llegar a la antena.
Se encontraba en medio de su empresa, con más de medio cuerpo fuera de la cabaña, cuando escuchó un segundo chillido. En esa ocasión, el ruido provenía del interior de la casa.
Miró alarmada hacia la ventana al sentir que algo le rozaba las piernas. En ese instante al águila se le antojó emprender vuelo y el violento batir de sus alas la hizo perder el equilibrio.
Intentó sostenerse para no caer, pero con su movimiento solo consiguió quebrar la madera donde estaba sentada y su cuerpo cayó al exterior. Gritó aterrada.
La salvó de una muerte segura el hecho de estar bien aferrada del caño, pero el tubo no parecía ser capaz de soportar su peso mucho tiempo. Se doblaba con lentitud, amenazaba con despegarse y caer al suelo con ella.
Además, el borde del vestido se le había quedado engarzado en las astillas de la ventana, arremolinándose en la cintura.
Debby colgaba del tubo a más de tres metros de altura y con la ropa interior expuesta. La vergüenza se le mezcló con el miedo.
No solo estaba a punto de caer al vacío, sino que además, estaba siendo públicamente humillada.