Capítulo 4. Una tregua.

1313 Words
«—El problema contigo, Deborah, es que eres una persona que se sugestiona con facilidad —le soltó Jimena en una ocasión—. Es muy fácil que te manipulen, incluso, tus propios miedos». —¿Está loca? —preguntó Zack desde la puerta. Debby se frotó el pecho mientras se esforzaba por controlar la respiración. —Me asustó —replicó. Zack entró mascullando palabras —o quizás, maldiciones—, y dejó sobre la encimera una bolsa de papel llena de comestibles. —¿Desocupó mi habitación? —preguntó con brusquedad. Ella asintió con la cabeza, aún con los nervios de punta. Zack dejó el morral junto a la bolsa y repasó con la vista la cocina que había quedado impecable. Ella esperó que dijera alguna palabra de agradecimiento, o tal vez, de ánimo. Sin embargo, no hizo ningún comentario, se dirigió al refrigerador y al abrirlo, su rostro volvió a tornarse iracundo. —¿Qué le pasó a mi comida? —consultó, molesto. —Mucha de ella estaba en mal estado —contestó Debby. Él la fulminó con la mirada—. La tiré a la basura —confesó con soberbia y levantó el mentón para demostrarle que no le importaba su opinión. El hombre se limitó a cerrar el refrigerador con rudeza y caminó hacia su habitación con el rostro crispado. Debby suspiró, pero antes de que él se encerrara en su cuarto, le propuso una tregua. —¡Lo invito a cenar! Zack se detuvo en el pasillo, de espaldas a ella, parecía considerar su invitación. Asintió y luego se marchó. A su paso pateó las canicas que se habían detenido frente a la primera habitación. Debby no apartó la mirada de él hasta que entró en el dormitorio. Finalmente se acercó a la encimera para revisar el contenido del paquete que él había traído. Halló latas de salsa de tomate, espaguetis y algunos vegetales. Luego descubrió que en el fondo se escondía una pequeña caja de chocolates. Le extrañó el descubrimiento, pero prefirió no volver a molestarlo y regresó a la sala para limpiar el desorden que había hecho con las canicas. Mientras las recogía, repasó con aprehensión los alrededores, ignorando su piel erizada por el temor. No quería sugestionarse pensando que aquel hogar se encontraba embrujado o algo por el estilo, eso sería demasiado infantil. Una hora después, revisaba que la mesa estuviera perfecta. Se ocupó hasta del más mínimo detalle, incluyendo la posición de los cubiertos y servilletas. Esa había sido su especialidad durante años: organizaba fiestas privadas, reuniones de negocios y cenas especiales junto a su amiga Jimena. Ambas habían fundado una empresa de catering y elaboración de eventos especiales para empresas y personas adineradas. Sin embargo, después de lo ocurrido, no estaba segura de cómo podría continuar con su trabajo. Su mejor cliente era la empresa que pertenecía a su esposo. Tendría que esforzarse por conseguir a otros clientes y relanzar sus servicios. Ni ella ni su amiga se animarían a seguir la relación de trabajo con ellos después de lo ocurrido. Suspiró para olvidarse de las preocupaciones, podía escuchar los pasos de Zack que se aproximaban al comedor y no quería que él la notara melancólica o entristecida. Al alzar el rostro, sintió un ramalazo en el vientre. Zack se había afeitado y gracias a ello podía apreciar mejor su rostro de mandíbula cuadrada, labios carnosos y nariz ancha. Él atravesó la cocina en dos zancadas, llevaba puesto unos vaqueros y una camisa a cuadros arremangada hasta mitad del antebrazo. Tenía el cabello húmedo, algunos mechones le caían en la frente, sobre el ceño fruncido. La cercanía le permitió detallar el color de sus ojos. Eran de un marrón claro, moteados de verde, que parecían agotados y furiosos. Ella se aclaró la garganta mientras se alisaba la camisa. Sentía que no se había vestido acorde a la ocasión. Su blusa abotonada, el pantalón capri y las sandalias bajas la hacían sentir sosa. Zack se detuvo frente a la mesa con las manos en los bolsillos. La observó con poco interés. Debby se puso nerviosa, no sabía si a él iba a gustarle lo que había preparado. Le señaló la silla donde debía sentarse, pero Zack no se movió. Esperó a que ella lo hiciera primero. En medio de un suspiro, ella lo complació. Comenzaba a odiar la actitud de aquel sujeto. —Espero no sea alérgico a alguno de los alimentos —expresó irritada, sin poder disimular su incomodidad. Él masculló algo mientras se sentaba, pero ella no pudo escuchar lo que decía. Prefirió no incordiarlo mientras iniciaban la cena, dejándolo que se sumiera en sus propios pensamientos. Zack comía concentrado en lo que había en su plato como si estuviera solo. Al menos, por el ánimo con que lo hacía, era evidente que la receta le había gustado. Ella lo observaba con disimulo al tiempo que pensaba en algún tema de conversación, para no hacer tedioso el momento. —Encendí el televisor, pero la señal es muy débil —lanzó las palabras al aire para ver si alguien las atajaba. —La antena está movida —comentó él sin mirarla a los ojos. La cena continuó como si nadie hubiera hablado, Debby creía que podía perder la paciencia en cualquier momento. —¿Cómo puedo arreglarla? —preguntó un rato después, como si el tiempo no hubiera transcurrido desde que habían cruzado la última palabra. Zack alzó la miró por unos segundos, parecía sorprendido de que alguien más estuviera allí. Tal vez estaba tan acostumbrado a estar solo, que se extraviaba en sus pensamientos con mucha facilidad. —Tiene que subir al ático y sacar medio cuerpo por una de las ventanas del lateral derecho —explicó—. A menos de un metro, está la antena que mira en dirección a la montaña, debe dirigirla hacia el lago. Después de decir aquello, volvió a quedarse en silencio. Debby se rindió, era imposible mantener una conversación con ese hombre. Se concentró en terminar su cena con una amarga sensación de dejà-vu en el pecho. Así solían ser las comidas en su casa, aunque en la mayoría de las ocasiones, estaba sola, porque su esposo muy poco la acompañaba. Los ojos volvieron a inundársele de lágrimas. Había aceptado la soledad y el silencio durante años solo para no empeorar la situación. No quería ser una esposa irritante, que no le daba descanso al marido en ningún momento. Ahora se daba cuenta de que aquel comportamiento no le había dejado nada. Se quitó la servilleta del regazo, la lanzó sobre la mesa y miró a Zack decidida. —¿En qué trabaja? —se atrevió a preguntar. Él la observó con los ojos muy abiertos, desconcertado por su repentina reacción. —Soy guía de senderismo en el Solbakken Resort —explicó luego de pensárselo casi un minuto y mencionando el complejo hotelero de lujo que se hallaba en la zona, a unos dos kilómetros de la cabaña. Debby se sorprendió al recibir una respuesta por parte de Zack y no un reclamo por su comportamiento fuera de lugar. Eso la dejó muda. Él esperó a que ella continuara el interrogatorio, pero su rostro triste y sus ojos llenos de lágrimas le confirmaron que la mujer estaba nuevamente sumida en su pesar. Dejó los cubiertos en la mesa y se levantó con lentitud. —Son para usted —dijo de repente. Como consecuencia, ella salió de su melancolía para observarlo confundida. —¿Qué cosa? —Los chocolates que estaban en la bolsa —aclaró él—. Son para usted —le aseguró, y se retiró a su habitación. Debby se quedó allí, viendo cómo se alejaba, con los ojos brillantes, pero con una grata sensación de alivio en su interior. Al parecer, aquel hombre no era tan desinteresado como quería hacerle creer.
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