Capítulo 3. Extraños sucesos.

1196 Words
«—De verdad lo lamento, Deborah, pero no podemos seguir así. Sabes que tengo a otra mujer con quien deseo iniciar una vida realmente feliz. —Brian se pasó una mano por los cabellos rubios y prolijos, se notaba ansioso—. Necesito que… te vayas de la casa». Debby recordó las palabras que su esposo había utilizado para terminar con los años de matrimonio que había soportado a su lado. La echó de la casa sin más explicaciones y ella no pudo reclamarle nada. La vivienda pertenecía a Marian, la madre de él, quien se las había cedido como préstamo cuando anunciaron su repentino enlace. Apartó los amargos recuerdos de su mente y se asomó por una rendija de la ventana para asegurarse de que el tal Zack se hubiera alejado. Después de amenazarla y esconderse en la habitación dejándola enfurecida en la cocina, salió unos segundos más tarde con el torso cubierto por una camisa de franela y pasó a su lado dirigiéndole una mirada tosca, en dirección a la puerta trasera de la cabaña. Tomó su morral apoyado sobre una encimera y se marchó sin decir una sola palabra. Ella se mantuvo en silencio, con los brazos cruzados delante del pecho, hasta que él cerró la puerta. Esperó un tiempo prudencial antes de correr a la ventana para confirmar que se iba. Al quedar sola, se derrumbó en uno de los sillones de la sala de estar. El polvo voló a su alrededor cuando su peso cayó en el mueble y le produjo tos. Miró acongojada el lugar, que estaba hundido en la suciedad, tan abandonado como ella, y no pudo evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas y su mente se atormentara con más amargos recuerdos. «—¡¿Qué Brian hizo qué?!» Le había preguntado, impactada, Jimena, cuando la recibió en su casa. «—Es un imbécil. Te lo dije, esperaste demasiado tiempo para dejar a ese tipo». Su amiga la consoló durante horas y también aprovechó la ocasión para volver a expresarle su punto de vista respecto a su esposo. Sin embargo, cuando Debby le pidió asilo, su actitud solidaria cambió por completo. «—Deborah, no te puedes quedar aquí. Sabes cómo es de celoso mi esposo, no le gusta que perturben su intimidad». En ese momento Debby perdió la fe. Su última opción era solicitar ayuda a su madre, pero sabía que la enloquecería con sus reproches y, al darle cobijo, se sentiría con el derecho de dirigir su vida a su antojo. Como lo había hecho antes de que se casara. «—Pero puedes hacer una escapada a un lugar solitario». Propuso su amiga. «—Uno de los clientes de mi esposo le dejó las llaves de su casa vacacional. Podrías utilizarla, nadie se enteraría, y así me dices en qué estado está». Jimena entró al despacho de su marido para buscar el juego de llaves de la cabaña y entregárselas. «—Pensamos comprarla, pero ha estado mucho tiempo abandonada. Me gustaría saber si vale la pena hacer la inversión». De ese modo, Debby llegó a Lutsen. Olvidó los aplastantes recuerdos y, cuando la sensación de hambre superó la pena, se levantó del sillón y se dirigió al refrigerador. Adentro, solo había sobras. Algunas tenían mal olor, otras mal aspecto. Se atrevió a tomar un par de trozos de la pizza que había comido Zack minutos antes y se sirvió los restos del café que habían quedado en la cafetera. Comió de pie, en la encimera, con la mirada perdida. No podía quedarse ahí, no le había caído bien al cuidador de la cabaña ni él a ella, pero no tenía a dónde ir, y ya no tenía fuerzas para buscar otro refugio. Zack, al menos, no la había corrido. Solo le exigió que fuera más cortés, aunque el único desagradable y falto de modales allí había sido él. Arrugó el ceño sin saber en qué se había convertido su vida. Unos días atrás disfrutaba de la estabilidad que le aportaban un negocio propio, una casa y un matrimonio. Ahora, no tenía nada, la habían despojado de todo, y para completar su desgracia, el sitio que había elegido para expulsar sus penas estaba invadido por un ogro antipático y prepotente. Golpeó la encimera con un puño y se encaminó con paso decidido a la segunda habitación de la cabaña. No se marcharía, Zack tendría que acostumbrarse a su presencia el tiempo que fuera necesario mientras ella elucubraba un plan para recuperar su dignidad y sus pertenencias. Se introdujo en el cuarto esquivando el montón de objetos que estaban amontonados en los alrededores y apartó la cortina para permitir la entrada de los rayos del sol. Zack ocupaba la habitación principal, donde ella había dormido la noche anterior, así que tomaría esa para ubicarse. Encendió el viejo equipo de música que se hallaba en la casa y se dejó atormentar por la triste letra de Love is a losing game, de Amy Winehouse, que le decía: «Los recuerdos solo estropean la mente, el amor es un destino resignado», antes de comenzar a limpiar. Ese espacio, a diferencia de la habitación principal, no tenía una cama de dos plazas, sino dos de una. En medio había una mesita bajo una ventana. El baño era pequeño, pero todos los servicios funcionaban a la perfección. Para poder limpiar sacó al pasillo los jarrones, las sillas individuales y las mesas que estaban arrumbadas. Luego les conseguiría un lugar. Pasó toda la mañana allí, hasta dejar el cuarto tan reluciente como una tacita de plata. Parte de la tarde la dedicó a la cocina. El trabajo la ayudó a mantener la mente ocupada y alejarse de los recuerdos. Trasladó los jarrones a la sala de estar para que adornaran las mesas, pero uno de ellos, un recipiente de cristal largo, delgado y repleto de canicas de vidrio, resbaló y se hizo añicos en el suelo. —Maldita sea —murmuró. Estaba ansiosa por darse un baño antes de preparar la cena, pero ahora debía recoger las estúpidas canicas. Barrió los fragmentos del jarrón con rapidez y guardó las piedras dentro de otro recipiente. Se agachó para sacar algunas que habían caído bajo uno de los sillones, justo en el momento en que tres de ellas pasaron por su lado en dirección al pasillo de las habitaciones. Ella las miró, confundida, hasta que se detuvieron frente a la puerta de la primera habitación, la que no pudo abrir cuando llegó a la cabaña. Sin modificar su posición, observó a su alrededor. La única manera de que las piedras rodaran era que alguien las hubiera movido, pero estaba sola, y, aunque las ventanas se encontraban abiertas, era imposible que la brisa lo hiciera porque esta era demasiado suave. Se levantó del suelo sin dejar de evaluar cada rincón, la sensación de estar siendo observada comenzó a ponerla nerviosa. No estaba sola en esa casa. De pronto, la puerta trasera se abrió. La sorpresa la hizo pegar un grito de espanto y soltar el recipiente que tenía en la mano. Las canicas volvieron a esparcirse en el suelo.
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