Capítulo 2. El hombre misterioso.

1210 Words
«Una mujer no puede descuidarse, Deborah, o el esposo perderá rápido el interés por ella. Cuida tu apariencia, sin importar cuanto te cueste». Debby abrió los ojos al sentir un ardor en el rostro. Descubrió que algunos rayos de sol se colaban por las rendijas de la gruesa cortina anunciando la mañana. Se incorporó con dificultad. Se sentía débil, los huesos y el corazón le dolían en igual proporción. Sentada en el borde de la cama se frotó la cara con las manos para despejarse la visión. Tenía los pómulos hinchados, los ojos enrojecidos y los cabellos enmarañados. Debía tener una apariencia horrorosa. Dio un repaso a la habitación donde se encontraba. El cuarto, a pesar del polvo, era hermoso. Una cama con dosel de madera estaba ubicada en el centro, cubierta por finos edredones. A los lados se encontraban dos ventanas alargadas y debajo de ellas, mesitas de madera clara que hacían juego con la cama. Sobre una de ellas estaba la lámpara de aceite, pero la caja de cerillas había desaparecido. El movimiento de una sombra dentro de la habitación la obligó a girar el rostro y mirar con recelo hacia el baño, ubicado frente a la cama. Podía jurar que alguien había entrado. La puerta se encontraba abierta y la luz del interior estaba encendida. Recordó que por la noche, antes de que se acostara, la oscuridad era total ni siquiera había verificado si la casa tenía energía eléctrica. Por lo visto, no estaba tan sola como había creído. Aquella certeza le heló la sangre. Se asomó con sigilo al baño, pero no vio a nadie. El lugar estaba limpio, tanto el aseo como la bañera. Regresó a la habitación, se alisó los cabellos con los dedos y suspiró. Antes de viajar de Mineápolis a Lutsen, Jimena le había asegurado que la cabaña estaba abandonada desde hacía dos años. Según ella, nadie iba ni siquiera a realizar mantenimiento, pero resultaba evidente que se había equivocado. Abrió la puerta y salió al pasillo con precaución. Temía que hubieran irrumpido en la vivienda. Sin embargo, la sorprendió el inconfundible olor a café recién hecho. Intentó agudizar la vista e identificar la sombra que se movía en el área de la cocina, para determinar si se trataba de un hombre o de una mujer, pero la semioscuridad se lo impedía. Todas las ventanas estaban cubiertas por gruesas cortinas. Avanzó un poco más, así pudo divisar a un hombre de espalda ancha y cintura estrecha que parecía manipular una cafetera eléctrica. Tenía el torso desnudo y unos pantalones vaqueros bastante holgados que colgaban de sus caderas. Pensó que podría ser la persona encargada de cuidar la casa, en estos lugares era habitual que los dueños contrataran a alguien para que no les invadieran o robaran. Se aclaró la garganta para llamar su atención, el sujeto se giró hacia ella con una taza humeante en la mano. Su rostro anguloso estaba cubierto por una descuidada barba de tres días y sus ojos, que parecían ser negros por la oscuridad, la observaron de pies a cabeza con indiferencia. —¿Quién es usted? —expresó Debby con voz ronca. Tenía la garganta irritada por haber pasado buena parte de la noche llorando. Los labios del hombre se curvaron en una media sonrisa. —¿No le parece que esa debería ser mi pregunta? —dijo y se acercó a ella sin apartar la vista de su rostro—. Aunque mis palabras serían: ¿qué demonios hace usted aquí? Intimidada por el acecho del hombre, Debby retrocedió un paso y pegó la espalda a la pared. —Soy Deborah Adams y… me alquilaron esta casa —mintió. El sujeto se detuvo a pocos centímetros de ella y apoyó una mano en la encimera de granito que dividía el área de la cocina de la zona de estar. —¿Se la alquilaron? —inquirió él, poco convencido de lo que ella le decía— ¿John Kerrigan le alquiló esta casa? Ella solo pudo afirmar con la cabeza, nerviosa por el escrutinio del hombre. —¿Él en persona le entregó las llaves? —siguió interrogando. Debby se mantuvo muda e inmóvil. No quería confesarle la verdad de que su amiga le había facilitado las llaves para que ella tuviera un lugar donde esconderse de su esposo traidor. El hombre dibujó otra media sonrisa, como si intuyera que la mujer le ocultaba algo. Le dio la espalda y se dirigió al refrigerador para sacar una vianda de aluminio. Debby no sabía qué hacer. Se cruzó de brazos, pero luego los bajó. Finalmente se acercó a la encimera y la puso como muro de contención entre ella y el desconfiado sujeto. —Usted, ¿quién es? —preguntó con exigencia. El extraño le dedicó una mirada severa, caminó hacia la mesa del comedor y se sentó en el único puesto que estaba libre de polvo. Abrió el recipiente para comer con las manos trozos de pizza que se encontraban dentro. —Soy Zack —le respondió con la boca llena de comida. A Debby le molestó su falta de modales, para demostrarlo apoyó una mano en la cintura y con los dedos de la otra comenzó a golpear la encimera. —¿Zack, qué? —interrogó iracunda—. Además, ¿qué hace aquí? Me notificaron que la casa estaba abandonada, así que puedo considerarlo un invasor. Por tanto, debo advertir a las autoridades de su presencia. Se cruzó de brazos y levantó el mentón con altanería mientras él la fulminaba con una mirada llena de advertencias. —No es necesario, señora Adams —expresó con reproche, sin apartar los ojos de ella—. Fui contratado por la señora Kerrigan para cuidar la casa, suelo quedarme aquí algunos días para que los vecinos piensen que está habitada. —Podría limpiar un poco —espetó ella alzando las cejas—. Con solo ver el estado de la terraza uno puede suponer que aquí nunca viene nadie. Zack lanzó el trozo de pizza que tenía en la mano al recipiente y se levantó con postura desafiante. —¿Por qué no lo hace usted? A fin de cuentas, es la verdadera invasora —la desafió al tiempo que se acercaba hasta quedar frente a ella—. Es imposible que John Kerrigan le haya entregado las llaves, es una mentirosa. —¿Cómo puede…? —No sé de dónde las sacó, pero estoy seguro de que los dueños no están al tanto de su visita —siguió él, interrumpiéndola y poniéndola nerviosa. Eso la obligó a abandonar su postura altanera—. Si no quiere que la denuncie, entonces, muéstrese más cortés conmigo. Después de decir aquello, él se marchó hacia las habitaciones y la dejó ahí, temblando de ira. Por una maldición del destino revivía lo ocurrido el día anterior. De nuevo le escupían en la cara su triste posición en la vida. Por segunda vez un hombre se paraba frente a ella y la ponía en su lugar, diciéndole las verdades sin preocuparse por sus sentimientos. El corazón se le achicó en un puño y las lágrimas volvieron a invadirla, pero estaba harta de llorar, de rendirse y, sobre todo, de escapar.
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