«—Hija, mantente con los ojos y el corazón muy abiertos. Todo hombre es detallista, pero por orgullo lo esconden».
Al llegar, preparó un almuerzo sencillo. Dejó en la mesa la parte que le correspondía a Zack y se ocultó en su cuarto.
Ya había limpiado toda la casa, no tenía nada que hacer. El día anterior había vivido una experiencia frustrante con Zack y durante la mañana, las conversaciones con su madre y Jimena no la ayudaron a mejorar su ánimo.
El planeta entero parecía confabularse en su contra para astillarle el corazón. En Mineápolis había tenido a su trabajo para ahogar las penas, pero en Lutsen se sentía desarmada. Nada la protegía de los ataques de depresión que en los últimos meses la invadían.
Para drenar el dolor que la ahogaba, colocó en el equipo de música un tema bastante melancólico: Total Eclipse of the heart, una canción de Bonnie Tyler.
Se ovilló sobre la cama y lloró abrazada a la almohada. Maldecía su testarudez, su ignorancia y su falta de malicia.
Siempre había tenido en mente ser la «chica buena» y la «esposa ideal» de un hombre que nunca le había prometido amor. Ni siquiera recordaba la última vez que él le había dicho «te amo», si acaso alguna vez se lo había dicho.
Pasaron las horas, hasta que comenzó a sentir repulsión de su aflicción. Se levantó y se dirigió al baño para enjuagarse la cara y finalmente salió a la cocina con el rostro hinchado.
La tarde caía y Zack se ocupaba de la cena. Cortaba tomates y cebollas en rodajas sobre la encimera de granito.
Ella ocultó una mueca de desagrado al verlo. Pensó que, por su rostro abatido, él se daría cuenta de su sufrimiento y no quería tener testigos de su desdicha. Había ido a refugiarse a una casa abandonada para esconder su dolor y no vivir angustiada por ser juzgada o señalada.
Pasó a su lado en dirección al refrigerador y sacó un botellín de agua.
—Hoy yo prepararé la cena, puede seguir descansando si quiere —expuso él con voz cortante, sin apartar su atención de las hortalizas.
—No es necesario.
—Claro que sí —continuó con sequedad—. Usted ha limpiado toda la casa y ahora debe salir a comprar los víveres. Yo tengo que encargarme de algo.
Ella lo observó apoyada en una segunda encimera. Lo repasó de pies a cabeza. Detalló con descaro su espalda ancha, sus nalgas abultadas y sus largas piernas.
Notó que su pie se encontraba en mejores condiciones, al menos, ya no cojeaba.
—No tengo nada qué hacer y no quiero seguir en la habitación. Necesito una distracción —expresó ella. Tomó un sorbo de su bebida con la mirada puesta en las estrechas caderas del hombre—. Quizás, mañana limpie el ático.
Él se giró de forma imprevista y alzó las cejas al notar la manera en que ella lo observaba.
Debby se ruborizó y le dio la espalda. Se reprendía internamente por su comportamiento idiota.
—Haga lo que quiera —concluyó él de mala gana y se dirigió al lavaplatos donde tenía las hojas de lechuga en remojo—. Vaya al bosque y pode cada árbol que se atraviese en su camino o póngase a restregar las piedras de la montaña —expuso mientras unía las hortalizas en un bol con movimientos toscos y las aderezaba con aceite, sal y pimienta—. Si me lo pide, puedo traerle algunos perros callejeros, así se pasa las horas sacándoles las pulgas.
Las quejas de Zack sorprendieron a Debby, quien se giró para observar cómo el hombre abría con irritación el horno y sacaba una bandeja con rodajas de pan tostado. Las distribuyó con enfado en dos platos.
—Solo hágame un favor —ella amplió los ojos al ver que él tomaba un cuchillo y la señalaba con la hoja filosa—. Deje de llorar.
Ella se quedó de piedra mientras él la traspasaba con una mirada desafiante. Luego, Zack se dirigió al refrigerador, sacó una pieza de jamón serrano y la colocó con brusquedad sobre la encimera para cortar algunas lonjas.
Los ojos de Debby se llenaron de lágrimas. Sentía que la vergüenza la haría expulsar sangre por los poros.
—Ese… miserable, no se merece sus lágrimas —argumentó él entre dientes.
Distribuyó el jamón que había cortado entre los platos, agregó la ensalada y comenzó a guardar lo utilizado en la preparación de la cena mientras ella hacía un esfuerzo por reaccionar.
—¿Cómo… sabe… qué…?
—¡¿Cree que no la escucho llorar?! —vociferó él— ¡¿Suplicar perdón a un retardado con problemas en la vista?! ¡Sus gimoteos deben escucharse hasta en Canadá!
Un par de lágrimas escaparon de los ojos de Debby, pero las limpió con una mano y endureció el rostro.
Era suficiente la humillación que había recibido, no estaba dispuesta a soportar más reclamos.
Sin embargo, la pena no le permitía reaccionar. Se sentía débil y con el corazón destruido.
Zack, al notar que ella luchaba por controlar el dolor, cerró los puños y apretó la mandíbula.
—Lo siento… yo… —trató de expresar.
—No se preocupe, tiene razón —lo interrumpió ella—. Le prometo que no volverá a escuchar mi llanto.
Él observó con furia las maderas del suelo por un instante antes de dirigir su mirada abatida hacia ella.
—Puedo jurar que tiene una sonrisa hermosa. —Sus palabras sobresaltaron a Debby y le alborotaron cientos de mariposas en el estómago—. Haga uso de ella. Estoy seguro de que le dará a esta casa el brillo que hace años perdió.
Después de decir aquello, se retiró a la habitación con su cena en la mano. Ella no pudo moverse durante mucho tiempo, un torbellino de sentimientos se desató en su pecho volviéndola inestable.
Aquella última intervención de Zack le había tocado el corazón.