«—La mayoría de las veces, hija, solo hace falta una chispa para que el fuego nazca y un poco de brisa para que se expanda».
A la mañana siguiente, Debby se levantó cansada. Había dado muchas vueltas en la cama antes de conciliar el sueño.
Debía cambiar la manera en que enfrentaba el problema con Brian. Era una mujer adulta, no ganaba nada dándole rienda suelta a las lágrimas. Tenía que apagar la pena y darle una solución definitiva a su vida.
Se dirigió a la cocina pensando en ello y divisó por la ventana a Zack. Hablaba por su teléfono móvil en la terraza trasera. Caminaba de un lado a otro mientras gesticulaba con energía con una mano, parecía discutir.
Dejó de observarlo y se dirigió al refrigerador. Sacó un envase de yogur de frutas y después de tomar una cucharilla de la primera gaveta ubicada bajo la encimera, se sentó en el sillón a comer su desayuno frente a la chimenea.
El día apenas iniciaba y ya estaba aburrida, algo tenía que hacer. No le apetecía dar un paseo por el pueblo, ni estaba de ánimo para una caminata por el lago. Eso no le serviría como distracción, más limpieza era lo indicado.
Lo único que quedaba por asear era el ático, estaba segura que allí pasaría unas buenas horas.
Terminó el yogur y, después de desechar el envase y lavar el cubierto, subió las escaleras. Llevó consigo un cubo de agua con desinfectante, el trapeador y algunos paños de limpieza.
Al entrar, volvió a observar el área con admiración. Le fascinaba ese lugar. Dejó los instrumentos que había llevado cerca de la puerta y abrió todas las ventanas.
La brisa hizo volar algo de polvo y le provocó estornudos, pero eso permitió que el espacio se inundara con aire renovado.
Sin más dilataciones comenzó por arrimar los muebles que estaban arrumbados en una esquina. Notó que en la ventana por la que había intentado mover la antena de televisión, se hallaba un pájaro blanco de alas grises, similar al que había encontrado en la puerta de la casa el día en que había llegado.
El ave la miraba con la cabeza ladeada y daba saltos de una esquina a otra, como si estuviera indeciso de irse o no.
Ella sonrió y continuó su labor sin prestarle atención. Recordó el nido abandonado al pie de la antena, quizás el ave lo había habitado y no esperaba su presencia en el ático.
Movió un pesado estante para apoyarlo contra una de las paredes, pero en el movimiento se abrieron las puertas. Al dejarlo en el lugar que quería tomó las láminas de madera para cerrarlas de nuevo. Interrumpió la tarea porque un objeto dentro del mueble llamó su atención.
Halló un precioso carrusel guardado en el fondo, junto a un grupo de cajas. Ella había tenido uno similar de niña y no pudo resistirse a sacarlo para observarlo de cerca.
Al retirar el juguete, una caja chata cayó de la pila en el preciso instante en que el pájaro emitió un fuerte chillido.
Dio un respingo y giró con el ceño fruncido para maldecir al animal. El ave ni siquiera se inmutó por sus palabras.
Al regresar su atención al carrusel notó que el contenido de la caja estaba desparramado por el suelo. Lo recogió con rapidez y regresó todo a su lugar, ansiosa por evaluar el juguete.
Se sentó en el suelo para detallar los caballitos de plástico atornillados a unas varillas de colores, que por el tiempo y la suciedad no podían moverse.
El sonido de algo que se arrastraba la obligó a alzar la cabeza. La caja chata que segundos antes había guardado, caía de nuevo de la pila golpeándole el rostro, como si alguien se la hubiera lanzado.
Soltó el juguete para protegerse en medio de una exclamación. Todo el contenido de la caja le había caído encima mientras el pájaro revoloteaba con violencia a su alrededor.
Debby gritó despavorida. Se levantó y cerró los ojos para evitar que el animal la picoteara al tiempo que sacudía las manos por sobre su cabeza para alejarlo de ella.
En su lucha contra el ave tropezó con el estante y eso provocó que cayera al suelo todo lo que había adentro. El caos que se creó generó un torbellino de papeles y objetos a su alrededor, que junto al pájaro, la enloquecían por el miedo y la confusión.
Sus gritos aumentaron y se mezclaron con los chillidos del animal y su aleteo.
—¡Deborah! ¡Deborah! —gritó Zack mientras corría escaleras arriba.
Ella se apresuró por dirigirse hacia él, con el ave aun dando vueltas en su cabeza.
—¡Zack! ¡Auxilio!
Cuando él llegó al ático, ella se le lanzó encima. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para atajarla y no caer juntos por la escalera.
Oteó el lugar en busca del peligro, pero no pudo divisar nada. Ni siquiera alcanzó a ver el ave que la había atacado. El animal ya se había marchado por la ventana.
Debby estaba hecha un manojo de nervios, temblaba y lloraba entre sus brazos. Se aferrada a su cuello como si estuviera a punto de caer por un precipicio.
Él la calmó con caricias y palabras tiernas.
—Tranquila, tranquila… —le susurró. La despegó de su cuerpo y le tomó el rostro entre las manos para mirarla a los ojos—. Ya pasó, todo está bien.
—El pájaro… el pájaro… —repetía Debby hipando por el llanto.
Zack la besó en la frente y le aseguró que todo estaba bien sin dejar de evaluar la habitación para encontrar a la maldita bestia que la había puesto en ese estado.
La abrazó con fuerza y le llenó la cabeza de besos. Ella le rodeó el torso con los brazos y se hundió en su pecho. Su calor y aroma la aliviaban.
—No hay nada, Deborah, todo está bien. Te lo juro.
Ella alzó el rostro, sin poder detener las lágrimas. Zack la observó con ternura y le limpió las mejillas y los pómulos con los pulgares.
Los ojos oscuros de Debby parecían suplicarle. Se mostraban necesitados y ansiosos. Aquella visión le produjo una emoción indescifrable en el cuerpo. Se estremeció y bajó la cabeza en busca de su boca.
Al principio, el beso fue tímido, los labios se rozaron con nerviosismo. Los de ella aún temblaban por lo ocurrido.
A medida que el miedo y la inseguridad iban desapareciendo, el fuego de la pasión comenzaba a apoderarse de ellos y les concedía el valor que les hacía falta.
El beso se volvió más penetrante e intenso. Los abrazos y las caricias demostraban la urgente necesidad que los ahogaba.
Zack hizo un intento por detenerse y calmar el ímpetu de sus sentimientos, pero Debby se aferró a sus cabellos y le bajó la cabeza para impedir que se alejara.
Rendido ante las exigencias de su organismo, y las de ella, él pasó un brazo por detrás de sus piernas para alzarla y llevarla a las habitaciones.
La ferocidad de la pasión que sentía lo hizo olvidarse por completo de su tobillo herido. La mujer que llevaba en brazos era más importante que cualquier otra cosa.
Debby le llenaba la mandíbula y el cuello de besos mientras Zack avanzaba. La primera habitación era la de ella y, aunque en el cuarto de él había una cama más amplia, no podía esperar más.
Abrió la puerta con una patada y la depositó en la cama más cercana.
La sangre entró en ebullición. Ambos se devoraban con besos y caricias al tiempo que la ropa desaparecía.
Zack se ubicó sobre Debby sin necesidad de pedirle nada, ella abrió las piernas y le concedió pleno acceso a su intimidad. La urgencia que sentían los hizo olvidarse del juego previo.
En medio de jadeos, Zack entró en ella y desató en ambos una explosión de sensaciones que se les aglomeró en el pecho y en el vientre.
Aquel acto era más de lo que recordaban. Las pieles se volvieron como una seda, que los erizaba con su fricción. Ambos tenían tanto tiempo sin estar con otra persona que creían estar a punto de enloquecer.
Los gemidos se intensificaron a la par que lo hacían las embestidas. Él la tomó de las manos y entrelazó los dedos con los de ella, para luego ubicarle los brazos sobre la cabeza.
La besaba con frenesí y añoranza, captaba el modo en que el cuerpo de ella respondía a sus atenciones e intentaba abrirse más a él para mantener por siempre la alianza.
El orgasmo les sacudió por completo el cuerpo y los llevó a un estado de paz que jamás habían experimentado. Quedaron sin fuerzas sobre la cama, aún con la piel transformada en brazas encendidas.
Él no salió de ella hasta un rato después, quería seguir sintiendo el calor y la compañía que por tanto tiempo le habían sido vetadas.
A Debby no le molestaba su peso, al contrario, le encantaba. Soñaba con sentir sobre ella a un hombre complacido que no se arrepintiera de lo que había hecho justo después de terminar.
El silencio se alió con la causa y les aportó la tranquilidad necesaria para que ambos disfrutaran. Ni siquiera el lejano chillido de los pájaros era capaz de estorbar la armonía.