Capítulo 12. Una imprevista visita.

1499 Words
«—Mantén los ojos muy abiertos, Deborah. No dejes que nada se te escape. Para mantener a tu esposo feliz debes estar alerta a todos sus cambios». Zack se incorporó en la cama con sutileza y se sentó en el borde. Apoyó los codos en las piernas y fijó la mirada en la madera del suelo, pensativo. A su espalda, Debby se revolvía entre las sábanas para acostarse boca abajo. Estaba despierta, con el rostro en dirección a la pared. Ninguno de los dos sabía qué decir o qué hacer. No entendían los sentimientos que los desbordaban. Llevaban tanto tiempo sin experimentar una emoción tan viva como la que sintieron al estar juntos, que se les hacía difícil expresar con palabras lo que sus corazones gritaban. El silencio los cubrió hasta que Zack paseó la mirada por la habitación y divisó la fotografía que se hallaba sobre la mesita de noche. —¿De dónde sacaste esto? —le preguntó con el ceño fruncido. La tomó para detallarla, al tiempo que Debby se incorporaba para ver a qué se refería. —La encontré entre los troncos de la chimenea —confesó. Zack quedó inmóvil. Observaba fijamente la imagen del niño sentado en el columpio. —¿Sabes quién es? —indagó ella, pero él no dijo nada. Lo vio tragar saliva y notó que sus ojos brillaron por la nostalgia. Iba a preguntarle si podía apreciar la sombra en el balancín vacío, pero el sonido de un auto que se estacionaba en la parte trasera de la casa la interrumpió. Zack se levantó de un salto, se enfundó con rapidez los pantalones y salió a las carreras. Debby se alarmó por su reacción. Se vistió con la misma velocidad que él y se calzó unas sandalias mientras se apresuraba por alcanzarlo. La adrenalina le corría desbocada por las venas. Al salir, lo encontró escondido tras una de las ventanas del comedor, asomado por una rendija, con el rostro apretado por la ira. Él le hizo señas con una mano para que se acercara, ella dudó por un momento, pero la curiosidad la mataba, o tal vez, los nervios. Al llegar a su lado, Zack la tomó por el brazo para acercarla más y hablarle en susurros. —Sal y pregunta quiénes son. No digas que estoy aquí, ni siquiera me nombres. Ella lo observó con las cejas arqueadas. —¿Por qué? —Confía en mí. No me nombres. Di que estás sola en la casa, que siempre lo has estado. Zack volvió a asomarse. Estaba enfurecido. Ella no comprendía a qué se debía tanto misterio. —Vete. Rápido —le ordenó, pero Debby no estaba segura de querer obedecer. —Pero… —Haz que se vayan. No pueden saber que estoy aquí —gruñó él entre dientes. El miedo se apoderó de Debby. La reacción de Zack le dio a entender que él no se hallaba en la casa por haber sido contratado por los Kerrigan. Se escondía por alguna razón. Quizás, era un invasor. Zack pareció intuir su temor, le tomó el rostro entre las manos y la acercó al suyo. Estaban tan cerca que ella pudo detallar la tonalidad de sus ojos. Las motas verdes se le difuminaban en los iris color chocolate. —Confía en mí —pidió Zack, escondiendo en la mirada una súplica. Debby se alejó recelosa, pero asintió con la cabeza. No podía creer que el hombre que la había amado con tanto frenesí minutos antes, de pronto se transformara en un sujeto peligroso. Se estiró la camisa y se dirigió a la puerta de la cabaña. Al salir, se encontró con dos hombres que subían los escalones del pórtico. Uno de ellos era canoso y bajo, el otro, un rubio alto de piel bronceada. —Buenos días —les dijo, y cerró la puerta tras ella. —¿Usted es Deborah Adams? —interrogó el hombre canoso y se adelantó a su compañero para llegar antes a ella y estrechar su mano. El otro se quedó rezagado, intentaba mirar con disimulo al interior de la cabaña por una de las ventanas, pero la gruesa cortina se lo impedía. —Sí. ¿Quiénes son ustedes? —Soy James Lewis y este es mi sobrino, Bradley Donovan —explicó el hombre. Una ancha sonrisa se estiró en su rostro y le marcó las arrugas alrededor de los ojos—. Venimos a conocer la cabaña, estamos interesados en comprarla. Debby entrelazó las manos para que no notaran su nerviosismo. Pasaba la mirada de un hombre al otro sin saber cómo impedirles el paso. —No me notificaron que vendrían —improvisó. El tal James aumentó la sonrisa y se guardó las manos en los bolsillos del pantalón. —Tenemos algunos negocios en la zona y como nos quedó tiempo libre, hablamos con el señor Kerrigan. Él nos informó que usted estaba alojada aquí y nos podía enseñar la casa. Debby se sintió confundida, Jimena le había prometido que nadie se enteraría de su estadía en la cabaña. Si le informó a los dueños, pronto su esposo se enteraría de su ubicación. Supuestamente John Kerrigan era cliente del despacho contable donde Brian era socio. —Lo siento. Tendré que comunicarme con el señor Kerrigan, no puedo darle entrada a la casa sin tener plena seguridad. Por ahora, es mi responsabilidad. James emitió una risa forzada y Bradley la traspasó con una mirada tosca. El rostro de pocos amigos, porte de rufián y puños apretados de este último le daban mala espina. —Señora Adams… —Espero me entienda, señor Lewis —se apresuró a aclarar con nerviosismo—. Si usted habló con el señor Kerrigan sabrá que estoy sola en la casa, no puedo permitir la entrada a dos hombres desconocidos sin una autorización. Ella notó que Bradley retrocedía sin apartar la mirada de la ventana. Cruzó los brazos delante del pecho y alzó el mentón para trasmitir una apariencia de enfado. James volvió a reír con nerviosismo y se frotó el mentón con una mano. —La entendemos, señora Adams. Lamento que tengamos que perder nuestro tiempo. Somos dos hombres muy ocupados, el señor Kerrigan lo sabe. —El señor Kerrigan sabe que le alquilé la casa para descansar en soledad. Y ustedes… interrumpieron mi sesión de yoga —mintió. Esperaba que esa mala excusa le sirviera de algo. —Nos iremos, pero volveremos —le aseguró James con mirada amenazante. La sangre de Debby se heló al instante—. Después de que el señor Kerrigan se comunique con usted, por supuesto —completó con jovialidad para aligerar el momento de tensión. El hombre le dio la espalda y regresó a su auto. Bradley, antes de seguirlo, observó a Debby de pies a cabeza. Ella se quedó allí hasta que se marcharon. Su cuerpo se estremecía. Cuando el auto se alejó, entró en la cabaña y encontró a Zack escondido junto a la puerta. Tenía la espalda y la cabeza apoyadas en la pared, y la mirada, en dirección al techo. Ella esperó por una explicación de brazos cruzados. Zack bajó la cabeza y la observó en silencio. —¿Qué haces ahí? —le preguntó ella—. Uno de esos hombres trataba de mirar por la ventana. Te podía haber descubierto. —Mienten. Tenía que estar preparado para protegerte. Un cúmulo de sensaciones se alborotó de tal manera en el vientre de Debby que le sonrojó las mejillas. Saber que él estaba ahí, dispuesto a cuidar de ella, le derritió la determinación. En dos pasos Zack se acercó a ella y le encerró el rostro entre las manos. —Ayer cuando fuiste al pueblo llamaste a tu amiga, ¿cierto? Y le dijiste que yo estaba aquí. —Los pulgares del hombre le acariciaron con dulzura las mejillas y su rostro se detuvo a escasos centímetros del de ella—. No vuelvas a hacerlo. A pesar de haber utilizado un tono de voz bajo, aquellas palabras sonaron como una orden impregnada de reproches. Debby quería alejarse para dejarle en claro algunas cosas, pero su cercanía, su olor, el calor de su aliento y su mirada abrasadora, la tenían dominada. —John Kerrigan está muerto —continuó Zack—. Falleció a causa de un paro respiratorio hace seis meses. Es imposible que esos hombres hayan hablado con él. Si saben tu nombre y por qué estás aquí, entonces alguien les pasa información. —Le dio un beso en los labios luego de decir aquello. Debby estaba pálida, petrificada. Había perdido el control sobre su organismo—. Te juro que no vinieron con buenas intenciones. Él la miró unos segundos, con el ardor reflejado en las pupilas. Luego se marchó a las habitaciones, tan tenso como una cuerda de guitarra. Era consciente del debate que se producía en la cabeza de Debby y sabía que, en esas circunstancias, lo mejor era dejarla asimilar en soledad la noticia.
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