—¿Margaret? —La amortiguada voz de mi madre me hace poner alerta, interrumpiendo el décimo millonésimo intento de mi cuerpo de rendirse al cansancio. No pude realmente quedarme dormida, aunque si entré y salí de una neblina de sueño una y otra vez en las últimas cinco horas. En parte le echo la culpa de mi incapacidad para dormir a la sensación de soledad que se niega a abandonarme, y lo hago con propiedad porque cada vez que empezaba a caer en ese mágico olvido del sueño, el frio de la cama —de la habitación en general— me recordaba que Daniel se había ido, dejándome sola y asustada, y que no se ha dignado a regresar. Verlo salir cómo lo hizo, con la rabia embargando su cuerpo, dejándome aterrada a causa de ese horrible ramo —del significado—, con mil preguntas juntas… Dios, pudo con m

