—¡Basta! —exclamo risueña, esquivando la cuchara—. No más… No me cabe una cucharada más. Estoy que ruedo de lo llena. Así debería haber empezado esta noche, con una espectacular cena; y no, apunten, no me estoy quejando de cómo empezó, no señor, sólo quiero que entiendan que la cena estuvo fabulosa. La habitación en la que estamos está iluminada tenuemente, permitiéndonos apreciar la hermosa chimenea que crepita a la izquierda, creando un escenario romántico. Un tendido en el suelo, al lado de la chimenea lleno de cojines y un sinfín de mullidos almohadones nos sirve de cama, o mesa, en fin. Aquí, en la comodidad y suavidad de las plumas y el algodón hemos estado deleitándonos. Daniel se empeñó en darme de comer, cucharada por cucharada, como una especie de compensación, según él,

