—Papá, ¿ya puedo retirarme? Valentina se apoyó en el marco de la puerta, con la misma expresión fastidiada que usaba cada vez que la obligaban a sentarse a desayunar en familia. En su mundo, las mañanas eran para trabajar. El taller la esperaba, su proyecto aún estaba a medio construir, las manos le picaban por sumergirse en grasa, cables y acero. No tenía paciencia para sermones. —Si tu madre estuviera aquí, te aseguro que no serías ni la sombra de lo que has llegado a ser —dijo Rafael, dejando con brusquedad la taza de café sobre la mesa. Las palabras cortaron como cuchillas. Él ni siquiera la miró. Pero el golpe dio en el blanco. Valentina frunció los labios, bajó la mirada y resopló. Nadie entendía lo que había pasado. Tenía apenas siete años cuando su madre murió. El mundo se vino

