Un abrazo. Solo eso bastó para que el silencio de los años se rompiera como un vaso de cristal estrellado contra el suelo. Elissandro lo sintió, lo vivió. Rodear con sus brazos el cuerpo frágil de su abuelo Heriberto fue como sujetar los restos del tiempo: estaba más encorvado, más débil, y el bastón ya no parecía solo una ayuda sino una extensión vital de su cuerpo.
—Te has hecho viejo, abuelo —susurró Elissandro, aunque sabía que no debía decirlo.
Heriberto sonrió, apoyando la frente en el hombro del muchacho, como quien se aferra a los recuerdos de un nieto pequeño que ya no existe.
—Y tú te has hecho fuerte, pero todavía no sabes quién eres —respondió con su voz rasposa.
Cuando se separaron, los ojos de ambos brillaban por emociones distintas. Elissandro tenía esa mezcla de orgullo y culpa que siempre lo acompañaba al visitar su hogar de infancia. Heriberto, en cambio, lo miraba con la paciencia de quien ya ha visto demasiadas veces cómo la vida toma y devuelve cosas sin pedir permiso.
—Espero comer mi comida favorita hoy —dijo el anciano, dirigiéndose a la nada, como si le hablara a alguien invisible—. Nada como esos huevos revueltos que solo ella sabía hacerme—
Elissandro observó a su madre, que desde la cocina parecía más entretenida con los sabores que con la conversación. Sonrió, nostálgico. Sabía perfectamente a quién se refería su abuelo. A su abuela, claro. La única que conocía el equilibrio exacto entre mantequilla, sal y cariño.
—Mejor dejo de pensar en comida, muchacho —gruñó Heriberto, volviendo su mirada severa hacia su nieto—. Mejor siéntate a mi lado. Me debes una conversación... muy profunda—
Elissandro tragó saliva. Sabía que se venía algo incómodo. Esa mirada del abuelo, de cazador viejo, de hombre que buscaba entre gestos las mentiras y verdades de la juventud. Miró a su madre, esperando que interviniera o al menos lo salvara con algún comentario insustancial. Pero no. Ella estaba feliz, removiendo la olla como si no existiera tensión en el ambiente.
Se sentó junto a Heriberto, sintiendo cómo el aire se espesaba alrededor de ellos.
—Ya sé por dónde vienes —empezó Elissandro, bajando la voz—. Pero te juro que no sé cómo explicarte lo que pasó. No sé quién es esa joven, ni de dónde salió. Si lo supiera, te juro que ya estaría corriendo a buscarla—
Sus dientes se apretaron al final de la frase, como si al hablar de ella, una mezcla de rabia y curiosidad lo atacara. Esa imagen no lo dejaba en paz: el beso inesperado, los ojos intensos de la muchacha, y el robo, tan descarado como el atrevimiento de sus labios.
—¿La buscarías porque te gustó? —preguntó Heriberto, sin apartar la mirada.
—La buscaría para castigarla por lo que hizo —respondió Elissandro, ocultando lo más importante: el collar. Ese maldito collar que había desaparecido junto con ella. No tenía valor económico, sino emocional. Era de su hermana. Y ahora… ahora estaba en manos de una extraña.
Heriberto lo observó unos segundos más y luego soltó una carcajada seca.
—Muchacho ingenuo. ¿Crees que fue casual? No pierdas tu tiempo. Te ha estudiado, te ha observado, y ahora te ha marcado. Probablemente sea una cazafortunas. Olvídala. Concéntrate en lo que realmente importa—
Dejó a un lado unas revistas económicas y se incorporó un poco en la silla, haciendo un esfuerzo que Elissandro notó con preocupación. Entonces, el anciano alzó su copa de agua como si estuviera brindando en una cena de gala.
—A lo importante: tu futuro. La empresa necesita una imagen limpia, fuerte, segura. Y no puedes tomar el control si no estás casado—
Elissandro se atragantó con una risa incrédula, mientras untaba mermelada sobre una tostada. Agregó encima un poco de huevo revuelto, tal como solía hacer de niño, y respondió con ironía:
—¿Estás hablándome en serio? ¿Casarme para tomar el control de la empresa? ¿En qué siglo estamos?—
—En el siglo en el que los errores de juventud pueden arruinar imperios familiares —dijo Heriberto con voz grave—. Ya me encargué de buscarte una buena candidata. Sin escándalos, sin misterios. Lo que necesitas es estabilidad—
Elissandro siguió comiendo sin responder. Ya conocía esta parte del discurso. Su abuelo siempre hablaba como si la vida fuera un tablero de ajedrez. Y él, un peón que debía avanzar según sus reglas. Pero lo que Heriberto no sabía era que Elissandro no era el mismo muchacho que había partido años atrás. Había aprendido a jugar también.
—Confío en ti, abuelo. No dudaré de tus habilidades —dijo con voz calmada, sin alzar la mirada—. Ya me conoces—
Heriberto asintió, complacido con la aparente docilidad de su nieto. Pero en realidad, por dentro, Elissandro estaba elaborando su propio plan. Y ese plan comenzaba con una misión que no podía evitar: encontrar a la joven del beso. No por deseo, claro que no. Era por justicia. Y por recuperar el maldito collar.
—Me encargaré de borrar cada noticia sobre esa mujer —pensó mientras masticaba—. No va a empañar mi imagen. Ni mi vida—
Lo que no sabía era que, mientras él planeaba eliminar cualquier rastro del escándalo, en otro comedor, en otra casa, muy diferente a la suya, alguien estaba a punto de estallar.
***
—¿¡Me puedes explicar qué demonios fue eso!?
La voz de Don Rafael retumbó en las paredes de su mansión. La pantalla del televisor mostraba en repetición la escena viral: su hija, Valentina, lanzándose sobre el heredero de los Carvajal y plantándole un beso que, para colmo, parecía arrancado de una película romántica. Solo que esta vez, no era ficción. Era su hija. Su única hija. Y estaba en todos los noticieros.
Valentina estaba sentada frente a su padre, aún sin arrepentimiento visible. Su mirada era altiva, desafiante.
—¿No se supone que me dejarías vivir mi vida tranquila?— la había enviado a buscar con sus hombres.
—¡Atrevida! ¡¡Lo besaste frente a toda la prensa!! ¡Y luego desapareciste!—
—Ya estoy grande papá —agregó ella, como si eso ayudara.
Rafael se llevó las manos al rostro. Aquello se le estaba saliendo de control.
—¿Y ahora qué esperas? Nadie querrá estar a tu lado, eres mi hija y ahora estás en todas las noticias —
—Nada, solo se lo merecía, es un arrogante —respondió Valentina, encogiéndose de hombros—. Ni saben que soy yo, solo tú pudiste reconocerme—
Rafael se puso de pie, caminando de un lado a otro como un león enjaulado.
—Escúchame bien, Valentina. Ese chico no es como los demás. Ha sido entrenado por su abuelo como si fuera un político de guerra. No perdonará lo que has hecho—
—Es un imbécil—respondió ella, sin dejar de sonreír.
Rafael la miró fijamente, reconociendo algo que lo perturbaba: su hija no solo era capaz, sino que había disfrutado cada segundo del escándalo. Era inteligente, sí. Audaz también. Pero estaba jugando con fuego al meterse con Elissandro.
—¿Y si quiere vengarse? —preguntó él—. ¿Si quiere hacerte pagar por humillarlo?— Todos vieron como ella tomó el control.
—Entonces tendrá que buscarme. Pero le será muy difícil, no me ha visto papá, deja de preocuparte tanto por favor, solo fue un beso— ocultando lo que ella le hizo al hombre, robarlo en sus propias narices, ella entró más de una vez en su privacidad.
Rafael no sabe que hacer con su hija, la crío como una princesa, pero no, ella se desvío en el camino y demostró ser una niña con un aura masculina, desafiante y difícil de controlar.
No le ha conocido un novio, a veces sospecha que ella simplemente gusta de su mismo sexo.