Tiempo después.
Con un Joshua de 18 años, la vida parecía sonreírle. Había terminado la preparatoria con excelentes calificaciones y estaba listo para emprender una nueva etapa en la universidad. Además, había encontrado el amor en los ojos de Sara, una joven dulce y encantadora que había conquistado su corazón.
—Vamos, Sara, ya verás. Mamá te va a amar, solo sé tú misma —dijo Joshua con entusiasmo mientras conducía por la carretera en su camioneta verde olivo.
—Estoy nerviosa, jamás he ido a tu casa y menos he visto a tu mamá —respondió Sara con voz temblorosa, sintiendo mariposas en el estómago.
Una vez que llegaron a casa de Joshua, este se bajó y le abrió la puerta a Sara.
—Llegamos.
—Wow, realmente es muy grande. ¿Solo viven tu madre y tú? —preguntó Sara, admirando la imponente mansión.
—Sí, solo somos ella y yo.
Una vez dentro de la casa, Joshua invitó a ponerse cómoda en el sofá.
—¡Mamá, ya llegué! ¿Puedes venir, por favor? —gritó Joshua al pie de la escalera, esperando ansiosamente la llegada de su madre.
—Aquí estoy, cariño, ¿qué pasa? —dijo Isabel bajando las escaleras.
—Mamá, ella es Sara. Ha sido mi amiga mucho tiempo y le pedí que fuera mi novia.
—Mucho gusto, señora, Joshua no para de contarme de usted —dijo Sara con una sonrisa, pero con los nervios casi brotando.
Isabel no dijo nada, solo se quedó callada mirando a Sara por unos segundos, los cuales parecieron eternos. Su mirada era intensa y penetrante, como si estuviera tratando de leer el alma de la joven.
Finalmente, el silencio fue roto por la ligera risa de Isabel.
—Es broma, querida, es un gusto conocerte. Debiste estar muy nerviosa desde antes de llegar, supongo.
Joshua dejó de contener la risa.
—Te dije que estuvieras tranquila, que mi mamá es un encanto.
Sara solo pudo reír y darle un pequeño golpe en el hombro a Joshua, señal de que todo estaba bien.
La tarde transcurrió con calma. Comieron y charlaron. Una vez caída la noche, Joshua llevó a Sara a su casa, se dieron un beso y él saludó a su padre para luego retirarse.
Ya en casa, Joshua se encontró con su madre en la sala de estar.
—Mamá, ¿qué te pareció Sara? Es realmente linda y, aunque desde hace tiempo hemos sido solo amigos… creo que realmente estoy enamorado —dijo Joshua con un gran sonrojo en sus mejillas.
—Sí, eso se nota, hijo… Aunque, ¿realmente la amas? —preguntó Isabel con una mirada inquisitiva.
—No lo sé, creo que es muy pronto para saberlo, pero todo apunta a que sí, quizá con el tiempo podamos tener algo aún más serio.
—Ya sabía que esto algún día pasaría. No por nada tengo al hijo más guapo del mundo —dijo Isabel con un porte orgulloso.
—¿Qué, mamá… estás celosa de que ahora haya otra mujer en mi vida? —dijo Joshua en un tono burlesco.
—¡Calma… calma! Sí, yo soy la mujer de tu vida… pero si debes darle tu corazón a alguna chica, me alegra que sea alguien con un corazón tan bueno y noble como el de Sara —dijo Isabel con un tono cálido y maternal que reconfortaba el corazón de Joshua.
—Gracias, mamá. Ella es como… la flor más bella del Nilo.
En esa noche tranquila, Joshua sintió que su vida estaba llena de promesas y posibilidades. Tenía el amor de su madre, el cariño de Sara y un futuro brillante por delante. Sin embargo, la sombra del sótano aún se cernía sobre él, recordándole que la felicidad podía ser efímera y que los secretos podían destruir incluso las relaciones más sólidas.
Sara continuó visitando a Joshua. Cada encuentro parecía un paso más hacia una normalidad que ambos anhelaban, una rutina reconfortante después de la tormenta. Pero, como suele suceder, la calma era solo el preludio de una nueva tempestad.
—Hola, Sara, pasa, por favor —dijo Isabel, apartándose de la puerta para dejarla entrar. Su sonrisa era genuina, aunque un atisbo de preocupación danzaba en sus ojos.
—Señora Isabel, ¿cómo está? —preguntó Sara, dirigiendo su mirada hacia la figura materna que aparecía al fondo del pasillo.
—Bien, querida, bien. Tengo que ir al pueblo a comprar algunas cosas. Ya sabes, provisiones y demás. Los dejaré solos unas horas, no abusen, hablo en serio —respondió Isabel con una sonrisa cómplice, aunque sus palabras llevaban un tono de advertencia juguetona.
—Está bien, no se preocupe, señora —aseguró Sara, devolviéndole la sonrisa.
—Joshua está arriba, creo que dijo que se tomaría un baño. Ponte cómoda mientras baja, ya sabes dónde están las galletas —indicó Isabel, señalando la cocina con un gesto.
—Sí, señora —dijo Sara con una ligera sonrisa, un recuerdo agridulce inundando su mente. La imagen de Joshua cargándola para alcanzar las galletas, la torpeza que llevó a la caída, las galletas esparcidas por el suelo… Todo volvía a ella como una película. Isabel, con su infinita paciencia, había prometido conseguir una escalera pequeña para la cocina, para evitar que la escena se repitiera.
Apenas escuchó la puerta cerrarse tras Isabel, Sara sintió una urgencia irrefrenable. Corrió a la cocina, tomó la escalera de una alacena en el suelo y bajó las galletas. Sirvió un vaso de leche, buscando en la sencillez de ese acto un consuelo momentáneo. Se sentó en el sofá, sintiendo el peso del silencio en la casa.
—Preferiría una cerveza —murmuró para sí misma, tomando un sorbo de la leche. El líquido dulce apenas mitigaba su sed de algo más fuerte, algo que pudiera anestesiar la inquietud que la carcomía por dentro.
Sara se encontraba sentada en el sofá con medio vaso de leche y apenas una galleta mordisqueada. Su paz, frágil y efímera, fue interrumpida por un pensamiento intruso: el sótano. Joshua había sido tajante: “No bajes al sótano por nada del mundo”. Ratas, mapaches, la posibilidad latente de la rabia… Pero la prohibición, en lugar de disuadirla, había encendido su curiosidad hasta límites insospechados.
Asomó la cabeza a la entrada del sótano, sintiendo un escalofrío recorrer su espina dorsal. La oscuridad que emanaba de las profundidades era casi palpable, una invitación a lo desconocido. Comenzó a bajar los escalones, uno a uno, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Encendió el foco del centro de la habitación, revelando un espacio lúgubre y desordenado. Efectivamente, había ratas. Sus ojos brillantes la observaban desde las sombras, sus movimientos rápidos y silenciosos generando una sensación de repulsión y fascinación a partes iguales.
Husmeó un poco, sintiendo el polvo y la humedad impregnar sus fosas nasales. Antes de subir, su mirada se posó en una entrada oscura, un agujero en la pared por donde algunas ratas entraban y salían. La duda la invadió. ¿Qué se escondía tras esa abertura? La advertencia de Joshua resonó en su mente, pero la curiosidad era una fuerza imparable.
Con manos temblorosas, abrió la pequeña puerta y dio un salto. La oscuridad era absoluta, impenetrable. Encendió la linterna de su celular, y la luz reveló una escena dantesca. Un grito desgarrador escapó de su garganta, un grito que parecía nacer de lo más profundo de su ser.
Su grito se escuchó por toda la casa, alertando a Joshua que se encontraba en la sala con el vaso de leche de Sara en la mano. El líquido se derramó sobre la alfombra, pero él no lo notó. La preocupación lo invadió, un presentimiento oscuro apoderándose de su mente. Sin dudarlo, corrió hacia el sótano, sabiendo en lo más profundo de su ser que ella estaría ahí, enfrentando aquello que tanto temía.