Capitulo 7: Infante parte 3

1459 Words
—¡NO… NO… NO por favor, que no se le ocurra…! —gritaba preocupado, su voz cargada de angustia—. ¡Sara! ¡Sara! Joshua bajó al sótano, sintiendo el aire frío y denso golpear su rostro. Vio las manos de Sara tratando de salir de aquella habitación, sus dedos aferrándose desesperadamente al borde. Se acercó a ella, la tomó de los brazos y la sacó con fuerza. El hedor nauseabundo lo golpeó con violencia. Sara estaba cubierta de carne de animales en descomposición. Gusanos se retorcían entre los restos, y el líquido viscoso y oscuro había transformado su hermoso vestido amarillo en un lienzo de horror. Con terror y asco, Sara se miró a sí misma, sintiendo la putrefacción adherirse a su piel, a su alma. Sara solo pudo gritar ante aquella asquerosa escena. Un grito de repulsión, de miedo, de desesperación. Un grito que parecía no tener fin. Días después… Joshua se limitaba a lanzar un animal muerto al sótano. La rutina se había convertido en una pesadilla recurrente, un recordatorio constante de su fracaso. Cada movimiento era mecánico, desprovisto de emoción. Pero un día, mientras cumplía con su macabra tarea, una voz se hizo presente. —Ven… Ven… Ven… —la voz susurraba desde el interior de la habitación. Era una voz gutural, rasposa, que parecía provenir de las entrañas de la tierra. Joshua no dudó mucho y entró. La curiosidad, o quizás la resignación, lo impulsaron a cruzar el umbral. Sabía que no debía acercarse, que cada paso lo acercaba más al abismo, pero no podía evitarlo. —¿Qué quieren? —preguntó, su voz temblorosa apenas audible en la oscuridad. —A ella… A ella… Es nuestra… Tenemos hambre… —respondieron las voces, multiplicándose en un coro infernal. Aquellas voces hacían un eco que le calaba en los huesos, que le helaba la sangre. Sentía como si miles de almas atormentadas lo estuvieran rodeando, clamando por su liberación. —Mejor vuelvan al infierno —dijo Joshua, intentando proyectar una valentía que no sentía. Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. —Ella nos saciará… Ella… Ella… —el susurro se intensificó, convirtiéndose en un grito desgarrador que resonaba en cada rincón del sótano. Joshua se sujetó al borde y salto con el corazón latiendo aceleradamente, lleno de un temor indescriptible apoderándose de cada célula de su cuerpo. Cerró la puerta tras de sí, sintiendo como si estuviera sellando su propio destino. Esa tarde… —Mamá… ¿Por qué… por qué aún los tienes? —preguntó Joshua, su voz cargada de reproche. La pregunta había estado rondando en su mente durante días, carcomiéndolo por dentro. —Joshua… cariño, sabes lo que necesitas incluso más… ¿Es por lo que pasó con Sara? —respondió Isabel, su mirada llena de tristeza y comprensión. —Mamá, no te enfades, es solo que esto es raro, siempre ha sido raro, pero jamás pensé que realmente nos afectaría —dijo Joshua, intentando explicar la complejidad de sus sentimientos. —Hijo, debes saber que si ellos salen, acabarán con todos, no se detendrán. Yo logré contenerlos, pero aún pueden esparcir su mal si no los alimentamos. Es una misión importante… —explicó Isabel, su voz cargada de solemnidad. —Ellos dijeron que Sara los podría saciar —dijo Joshua sin esperar respuesta. La revelación lo había golpeado como un rayo, dejándolo aturdido y confundido. —No me sorprende —respondió Isabel, su tono sombrío. —¿De qué hablas? —preguntó Joshua, sintiendo un nudo en el estómago. —Mira, te contaré algo que jamás te dije: después de encerrarlos me comprometí a alimentarlos y así lo hice. Les di… el cuerpo… de tu… —¿Padre? —dijo Joshua con disgusto al mencionarlo. El nombre de su padre siempre había sido sinónimo de dolor y resentimiento. —Sí, eso los calmó un tiempo, pero fue horrible, me sentí como ellos, como un demonio del infierno. Desde entonces solo les doy animales, no les calma igual y necesitan comida constantemente, pero es mejor eso —explicó Isabel, su voz quebrándose por el peso del recuerdo. Joshua se quedó pensando en aquello que le había dicho su madre. Nunca lo había considerado. Quizá podría ser una solución alimentarlos hasta que ellos decidieran regresar al infierno del que nunca debieron salir. Pero, ¿a qué costo? Toda la noche, aquella solución rondaba en su cabeza sin parar, atormentándolo con imágenes vívidas y horribles. ¿Él sería capaz de hacer esa atrocidad? ¿Sería capaz de dejar a un lado su humanidad para despojar a alguien más de la suya? Y ¿ese alguien sería Sara? Una mañana… Sara y Joshua se encontraban fuera de la casa (ella no quiso volver a entrar), recostados sobre el césped bajo un árbol. El sol brillaba en lo alto, pero la sombra del árbol les ofrecía un refugio fresco y agradable. — hasta acá llega el aroma de las amapolas — menciono Sara sin despegar la vista del cielo. —si, son bonitas, mamá me enseñó a cuidarlas— hablo Joshua orgulloso. — ¿Conoces la canción de las amapolas? — mencionó Sara mientras se giraba hacia Joshua. — No, creo que no – respondió Joshua — Es hermosa, dice "Tu y yo... cantándole a las amapolas" — la voz cálida de Sara se sentía como un abrazo al alma. —Deberíamos hacer algo el fin de semana —continuo Sara sin despegar la vista del cielo. Las nubes pasaban lentamente, dibujando formas caprichosas en el lienzo azul. —¿Qué se te ocurre? —preguntó Joshua, intentando mantener la calma. Su corazón latía con fuerza en su pecho, anticipando lo que estaba por venir. —Podemos ir al bosque… dicen que hay una linda cascada al final —respondió Sara con entusiasmo, su voz llena de alegría. —Bueno, si realmente quieres podemos ir, pero para llegar al bosque hay que salir del desierto, cruzar el pueblo y llegar hasta donde comienzan los árboles —respondió con tono seguro y alegre, pero por dentro temblaba por lo que podría pasar ese día. Por lo que planeaba hacer ese día. un susurro escapó de sus labios sin atreverse a mirarla — vamos a cantarle a las amapolas.— El fin de semana no tardó en llegar. Se adentraron en el bosque, sintiendo la humedad y el frescor envolverlos. El sonido de los pájaros y el susurro del viento entre los árboles creaban una sinfonía natural que contrastaba con el silencio sepulcral que reinaba en el corazón de Joshua. Llegaron a la bella cascada, un espectáculo impresionante de agua y roca. —Vamos a lanzarnos desde lo más alto, ¿o te da miedo? —dijo con tono burlesco Sara, desafiándolo con la mirada. —¡Miedo! ¡Yo! Te dejaré en ridículo, doy unos mortales impresionantes —aseguró Joshua, intentando ocultar su nerviosismo. Una vez en la cima, Sara notó unas enormes piedras afiladas al lado de la cascada. Un escalofrío recorrió su cuerpo. —¿Sabes? Estoy dispuesta a concederte la victoria, quizá yo me lance de un poco más abajo —dijo volteando a ver hacia el fin de la cascada. Al girar la cabeza, encontró a Joshua llorando. Lágrimas caían de sus ojos una tras otra, dejando un rastro en sus mejillas rosadas. Su rostro estaba desencajado, su mirada llena de dolor y desesperación. —¿Qué es lo que tienes, cariño? ¿Por qué lloras? —dijo Sara preocupada, acercándose a él con cautela. —Perdóname, Sara —susurró Joshua, su voz apenas audible. Y sin más, la empujó a un costado de la cascada, donde las rocas destruyeron su cabeza y rompieron sus huesos en el impacto. El sonido del golpe resonó en el bosque, un eco macabro de su traición. —De verdad lo siento —decía sin parar de llorar, su cuerpo temblando incontrolablemente. Bajó de la cascada solo para recoger el cadáver de quien una vez fue el amor de su joven vida. Sus manos temblaban mientras la envolvía en sus brazos, sintiendo la frialdad de la muerte invadir su ser. Al llegar a su casa, la dejó en el sótano y comenzó a cortarla. Cada corte era un grito silencioso, una tortura para su alma. Bajó a aquella habitación del sótano arrojando los pedazos mutilados de Sara. —¡Esto es lo que quieren! ¡Ahí la tienen! —gritó con rabia y desesperación, su voz resonando en las paredes. Secamente, se dio media vuelta. Subió a su habitación a bañarse, a llorar, a sentirse como había dicho su madre: un demonio del infierno. El agua caliente lograba limpiar la sangre de sus manos, pero no el horror de su mente.
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