Capitulo 12: Agua caliente y cerezas

1536 Words
El reloj marcaba las tres de la tarde en punto, su tic-tac resonando con una precisión metálica que cortaba el silencio de la casa. Cada golpe del péndulo era un recordatorio implacable, un cuentakilómetros hacia el momento en que Joshua debía cumplir con su deber, con el sacrificio que lo mantenía atado a un destino que ni él mismo había elegido. La madera del mostrador de la cocina se sentía fría bajo sus manos mientras ajustaba el fuego del fogón, donde el agua para el balde comenzaba a emitir pequeños burbujas que rompían la superficie con un susurro suave. Sabía que era hora, pero sus pies se negaban a moverse hacia la escalera del sótano. En lugar de eso, sus manos buscaron instintivamente entre los cajones del guardarropa, sacando cosas que nunca antes había considerado necesarias para sus rituales: una esponja suave de la que apenas había usado la mitad, un jabón perfumado de almendras que su madre guardaba para ocasiones especiales, y una toalla limpia que aún conservaba el aroma del suavizante. También buscó en el fondo del armario superior, donde guardaba lo más preciado: un vestido blanco con dibujos de cerezas rojas que llegaba justo a las rodillas, una prenda que había sido de su madre en sus años jóvenes y que él había conservado como un tesoro, protegiéndola de polvo y tiempo. El peso del tejido entre sus dedos era ligero, casi etéreo, y el patrón de las cerezas parecía brillar con una intensidad extraña bajo la luz de la ventana. Joshua cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el recuerdo de su madre —sonriendo mientras lo llevaba de la mano por el mercado— se mezclaba con la imagen de Emili en el sótano, envuelta en una manta rasgada y sucia. La culpa le quemaba la garganta como una bebida fuerte, y tuvo que tragarse saliva varias veces para poder respirar con normalidad. —No debería hacerlo —murmuró para sí mismo, aunque sabía que no había vuelta atrás. La promesa que había hecho años atrás pesaba más que cualquier cadena, más que cualquier miedo. Con el balde en una mano y el paquete con el resto de las cosas en la otra, descendió lentamente las escaleras. Cada peldaño crujía bajo su peso como un susurro de advertencia, y el aire se volvió más denso, cargado de humedad y el aroma metálico que nunca se había ido del sótano. Al llegar al fondo, su vista se encontró con Emili, quien permanecía sentada en su colchón con la mirada fija en la pared, donde la luz filtrada dibujaba formas extrañas sobre la piedra. Una vez abajo: —Es hora, Emili, pero antes de comenzar traje esto —dijo Joshua, su voz más baja de lo que esperaba, casi un susurro que se perdía en el eco del lugar. Puso sobre la mesa de madera desigual los objetos que había preparado: el agua caliente que aún emanaba un vapor denso y cálido, la esponja amarilla que parecía demasiado brillante en aquel entorno oscuro, el jabón de almendras con su aroma dulce, la toalla blanca y cuidadosamente doblada, y el vestido blanco con cerezas que resaltaba como un faro en la oscuridad del sótano. Emili alzó la cabeza lentamente, y sus ojos recorrieron cada objeto con una atención que hizo temblar a Joshua. No había sorpresa en su mirada, ni miedo —solo una calma extraña que le resultaba desconcertante. —Me he dado cuenta de que desde que estás aquí no te has podido limpiar adecuadamente y… bueno —explicó, sintiendo cómo la vergüenza lo invadía por completo, calentándole las mejillas hasta que creyó que se quemarían. Sus manos temblaron un poco al acomodar el vestido sobre la mesa, y una de las mangas se descolgó hacia un lado, revelando el dobladillo cosido a mano por su madre. —Gracias… Joshua, ¿me ayudarás? —preguntó Emili, sorprendiéndolo con su petición. Su voz, aunque rasposa por la falta de uso, tenía una claridad que hizo vibrar el aire entre ellos. Al hablar, movió la cabeza ligeramente, y un mechón de pelo sucio y enmarañado cayó sobre su frente. –¿Por qué me ofrece esto? ¿Acaso siente culpa? ¿O es solo una forma de torturarme aún más?— Pensó con confusión y vergüenza, mientras sus dedos acariciaban la cadena que ceñía su cintura, sintiendo el metal frío contra su piel. Joshua se quedó inmóvil por un instante, sorprendido por la petición. Nunca antes nadie le había pedido ayuda para nada más allá de rogar por su vida. Sintió cómo su corazón latía con fuerza en su pecho, tanto que creyó que Emili podría escucharlo. —Claro —respondió con un ligero sonrojo que se extendió hasta sus orejas. Se acercó lentamente a ella, moviendo la silla de la mesa hasta quedarse a su lado, y su mano tembló al tocar el nudo de la manta que la envolvía. Comenzó a desnudarla completamente, con un cuidado que ni él mismo creía posible. Sus dedos se movían con suavidad, evitando los lugares donde las heridas de veces anteriores apenas comenzaban a cicatrizar, formando marcas rosadas y brillantes sobre su piel pálida. Su toque era suave, casi reverente, como si temiera romperla en mil pedazos, aunque en el fondo sabía que eso era precisamente lo que haría más tarde. La piel de Emili se erizaba al sentir sus manos sobre ella, levantando pequeños granos que captaban la luz tenue del sótano. No era como las veces pasadas, donde el miedo la había hecho temblar hasta los huesos, donde cada toque ajeno le había parecido una amenaza mortal; esto era diferente. Podía sentir un fuego caliente corriendo por sus venas, extendiéndose desde donde sus manos la tocaban hasta cubrir todo su ser. Era fascinante, era excitante... una sensación que no había experimentado nunca antes, ni siquiera en los momentos en que creía que moriría. Su tacto era... diferente. –No es el tacto de un verdugo, calculador y frío, sino el de alguien que se preocupa, que cuida con atención cada detalle. ¿Es posible sentir algo por él? ¿Por el hombre que ha robado mi libertad y que ahora está a punto de quitarme otra parte de mi cuerpo?– su mente se perdía en su misma En el momento en que Joshua alzó la vista después de limpiar su pierna izquierda, su rostro serio y concentrado cambió de un vistazo. Vio la cara de Emili completamente roja, como si estuviera enferma, pero su ojo estaba brillante, algo vidrioso, y su boca estaba un poco abierta, como si estuviera a punto de decir algo pero no pudiera encontrar las palabras. Inconscientemente se inclinó más hacia ella, acercándose demasiado; podían sentir sus alientos calientes chocando a centímetros de sus bocas, mezclándose en el aire cargado de humedad y aroma de almendras. La tensión en el ambiente era palpable, tan densa que parecía posible tocarla, y la atracción entre ellos era innegable, un imán que los tiraba el uno hacia el otro a pesar de todo lo que habían vivido. Está tan cerca... —Debemos comenzar —la voz de Joshua cortó el momento de golpe, firme pero rota, rompiendo el hechizo que los envolvía como un cristal que se hace añicos. Se alejó lentamente, sintiendo cómo el frío del sótano volvía a envolverlo, y su mano buscó el vestido blanco con cerezas sobre la mesa. Le colocó la prenda con cuidado, pasándole los brazos por las mangas sin rozar sus heridas, ajustando el dobladillo con precisión. Luego, sacó una jeringa de la funda negra que llevaba en el bolsillo, y con una mano firme sostuvo el brazo de Emili mientras introducía la aguja de la intravenosa en su vena. La piel de ella se tensó por un instante, pero no gimió. Esperó unos segundos, observando cómo el líquido transparente descendía por el tubo, antes de tomar otra jeringa más pequeña e inyectar la sustancia en su muslo derecho. —Creí que iría en la intravenosa —dijo Emili con algo de curiosidad, moviendo la cabeza para evitar que el mechón de pelo le cayera sobre los ojos. Intentaba desviar la atención de lo que estaba a punto de suceder, de la mesa de cuchillos que brillaba en el rincón oscuro del sótano—¿Qué clase de anestesia es esta? ¿Me dejará consciente mientras me mutila? ¿Será que quiere que sienta cada corte, cada movimiento de sus manos?—Pensó sin comprender del todo, mientras una sensación de calma extraña comenzaba a extenderse por su cuerpo, desde el lugar donde había recibido la inyección hasta llegar a sus dedos y pies. —No es de esa clase de anestesia —contestó Joshua con una leve sonrisa, intentando tranquilizarla a pesar de que su propia mano temblaba al sostener el torniquete de tela que había preparado. Lo colocó bajo su rodilla, ajustándolo con firmeza pero sin apretar demasiado, preparándose para el acto final que tanto había temido y al que tanto se había resignado. La luz del sótano hacía brillar el metal de los herrajes de la cadena, y las cerezas del vestido parecían abrirse bajo su mirada, como si estuvieran vivas.
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