Capitulo 13: La sonrisa de la locura

1458 Words
Al cabo de unos segundos, Joshua se acercó a la mesa de madera maciza que estaba en el rincón más oscuro del sótano. La superficie, cubierta de pequeños rasguños y manchas que nunca había podido limpiar del todo, reflejaba la luz tenue como un espejo desgastado. Allí, junto a los cuchillos afilados que brillaban con un brillo frío, yacía el mazo: hecho de roble n***o, con un mango envuelto en cuero viejo y una cabeza pesada que parecía estar hecha de piedra más que de madera. Lo tomó con ambas manos, y el peso del objeto se hizo sentir de inmediato, como una carga sobre su conciencia que le hundía los hombros hacia abajo. Cada vez que lo agarraba, recordaba el primer día que lo usó, cuando sus manos habían temblado tanto que casi no pudo sostenerlo, cuando el sonido del impacto había resonado en sus oídos durante semanas. Ahora, el mazo se sentía como una extensión de su propio cuerpo, pero esa familiaridad no hacía que la tarea fuera menos difícil. El aire del sótano se había vuelto más denso, cargado de un silencio opresivo que parecía apretar contra sus tímpanos. Emili seguía sentada en su colchón, con el vestido blanco de cerezas ahora un poco arrugado, y su mirada estaba fija en él con una intensidad que le hacía cosquillas en la piel. —Primero romperé tu hueso —dijo Joshua, su voz saliendo más seca de lo que esperaba, como si la garganta se le hubiera cerrado por completo— No quiero batallar tanto como la última vez. La fractura fue irregular, te costó mucho más tiempo sanar de lo necesario. Así será más rápido. Intentaba justificar su crueldad con palabras prácticas, con explicaciones que hicieran parecer que todo formaba parte de un plan ordenado, pero ambos sabían que era solo una forma de escapar de la verdad que pesaba entre ellos. Sus dedos se apretaron alrededor del mango del mazo, y el cuero viejo crujió bajo su fuerza. —¿Por qué se molesta en dar explicaciones? —pensó Emili, mientras su ojo seguía cada movimiento de su mano— ¿Acaso le importa lo que piense? ¿O es solo otra forma de hacer que esto parezca menos monstruoso de lo que es? No dijo nada en voz alta, pero la pregunta flotó en el aire entre ellos, tan clara como si la hubiera gritado. Joshua sintió cómo la vergüenza le calentaba las mejillas, pero no bajó la vista. Sabía que debía mantener el contacto visual, que debía hacerle frente a lo que estaba a punto de hacer. Alzó el mazo con cuidado, asegurándose de que la posición fuera la correcta, de que el impacto fuera preciso. La cabeza del mazo describió una curva en el aire, pesada y segura, y con fuerza la dejó caer sobre la pierna de Emili, justo debajo de la rodilla. El sonido que se produjo no fue un crujido agudo como el de un vidrio que se rompe, sino un ruido profundo y húmedo que resonó en los huesos de ambos. Lo dejó caer una vez más, con menos fuerza pero con la misma precisión, y esta vez el sonido fue más claro, más definido. Ambos podían ver cómo el hueso salía de entre la piel y el músculo, formando un bulto irregular que se movía ligeramente cuando Emili movía la pierna. Era un espectáculo grotesco, una mezcla de carne, sangre y materia blanca que debería haber provocado horror, que debería haber hecho que Joshua sintiera náuseas como en las primeras veces. Pero en cambio, parecía generar una extraña fascinación en Emili, su ojo se abrió más de lo normal, y un brillo extraño apareció en el, como si estuviera viendo algo hermoso en lugar de algo aterrador. —Ahí está... el hueso roto —murmuró Emili en voz baja, aunque no estaba segura de si Joshua la había escuchado. Sus dedos se movieron involuntariamente, acercándose hasta tocar el borde de la herida, pero se detuvieron antes de llegar— ¿Debería sentir dolor? ¿Debería gritar? Pero no siento nada... solo una extraña sensación, como si mi pierna estuviera dormida pero a la vez muy viva. ¿Será la anestesia? ¿O es que mi cuerpo ha dejado de entender qué es el dolor? Su semblante serio demostraba que una parte de ella divagaba en pensamientos y dudas, que analizaba cada sensación con la claridad de alguien que ha vivido demasiado dolor para dejar que el miedo la ciegue. La otra parte no apartaba la atención de lo que sucedía en ese momento, de la forma en que la carne se había separado, de la forma en que el hueso brillaba bajo la luz tenue del sótano. A diferencia de las veces anteriores, Emili no estaba asustada, no temblaba, no intentaba alejarse, no rogaba por piedad. Quizá era por la anestesia que no podía sentir dolor alguno, o quizá era que el miedo se había agotado completamente en ella, dejando espacio para algo más fuerte, más profundo. Parecía hipnotizada ante tal acto que ocurría frente a ella, y el escalofrío de hace un momento volvió a recorrer su cuerpo, pero ya no estaba cargado con los mismos nervios que antes la acechaban, con el mismo terror que la había paralizado en otras ocasiones. Estos estaban cargados de adrenalina que le hacía temblar de forma ligera, de emoción que le hacía sentir más viva que nunca, incluso (para sorpresa de ella) de placer —una sensación cálida e intensa que se extendía desde su pierna hasta todo su cuerpo, que le hacía sentir como si estuviera flotando. –Esto... esto es extraño– pensó, mientras cerraba los ojos por un instante para disfrutar de la sensación. ¿Por qué me siento así? ¿Acaso estoy disfrutando de esto? ¿Debería sentirme mal por ello? Sin poder contenerse más, sin poder seguir callando las preguntas y las sensaciones que la invadían, habló. Su voz salió apenas audible, un susurro que soltó casi como un gemido, cargado de emociones que no podía nombrar. —Espera —dijo, y la palabra fue suficiente para hacer que Joshua se detuviera en seco, con el mazo aún levantado en el aire. Ni siquiera supo por qué lo hizo, no era una orden, no tenía fuerza suficiente para serlo. ¿Sería esa voz, ese tono cargado de algo que no era dolor ni miedo? ¿Será acaso que podía sentir la vibra cargada de placer que tenía Emili, que podía percibir cómo la energía del sótano había cambiado completamente? Joshua se quedó inmóvil, mirándola con los ojos abiertos de par en par, sin entender qué estaba sucediendo. Con una cara desconcertada, vio cómo Emili se movía lentamente hacia él, usando sus manos para sostenerse, y cómo su mano derecha se extendía hasta tocar el mango del mazo. No hizo nada para impedirlo, solo se lo entregó desconcertado, sintiendo cómo el control de la situación se le escapaba de las manos como agua entre los dedos. Emili lo tomó firme, ajustando sus dedos alrededor del cuero viejo con una seguridad que sorprendió a ambos. El peso del mazo en sus manos se sentía natural, como si siempre hubiera sabido cómo usarlo. Lo alzó con fuerza, moviendo el brazo con una fluidez que no debería haber tenido alguien en su situación, y lo dejó caer sobre su propia pierna, justo en el mismo lugar donde Joshua lo había golpeado antes. El sonido fue más fuerte esta vez, más definitivo, y una sonrisa grande se dibujó en sus labios, iluminando su rostro de una forma que Joshua nunca había visto. Joshua quedó sorprendido ante tal escena, retrocediendo un paso sin darse cuenta. Su primera reacción fue la de intervenir, de tomar el mazo de sus manos y detenerla, pero algo se lo impidió. Una parte de él, la más oscura y original, aquella que le había llevado a hacer lo que había hecho durante todos estos años, no pudo evitar devolver esa sonrisa. No era una sonrisa de alegría ni de felicidad, sino una sonrisa que reflejaba la locura que compartían, la conexión inexplicable que los unía más allá del dolor y del miedo. –Ella... ella es diferente,– pensó Joshua, mientras su mirada se perdía en la sonrisa de Emili. –No es como las demás. Es fuerte, es valiente, es...– –perfecta–. La palabra salió de su mente sin previo aviso, pero cuando la escuchó, supo que era la verdad. Mientras tanto, Emili seguía sosteniendo el mazo, con la sonrisa aún en su rostro, sintiendo cómo la energía del momento la invadía por completo. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía como una víctima, se sentía viva.
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