Una sonrisa siniestra, una mueca que danzaba entre la malicia y la fascinación, adornaba el rostro de Joshua. Cada músculo de su cara se movía con una gracia inquietante, como si la expresión fuera tan natural para él como respirar. Era una mirada tan original, tan genuina en su perversidad, que solo podía ser comparada con la misma sonrisa que Emili portaba instantes antes. Un reflejo distorsionado, como dos espejos enfrentados en un laberinto de sombras, donde cada imagen se vuelve más extraña, más profunda, más verdadera que la realidad misma.
La piel de Joshua brillaba con un sudor fino bajo la luz tenue del sótano, y sus ojos, antes cargados de culpa y duda, ahora ardían con un fuego oscuro que no había mostrado nunca. Sintió cómo el corazón le latía con fuerza en la garganta, cómo la adrenalina corría por sus venas como un río en crecida, limpiando todo rastro de la debilidad que lo había atormentado durante años. Se inclinó hacia Emili hasta que sus rostros estuvieran a centímetros el uno del otro, notando cómo el aroma de sangre y sudor se mezclaba con el suave perfume de almendras del jabón que había usado para bañarla.
—Vamos, hazlo otra vez —dijo Joshua con una voz ronca, rasposa por la emoción contenida, un susurro cargado de una excitación oscura que parecía provenir del más profundo de su ser. Lo dijo directamente al oído de Emili, y su aliento caliente acarició su piel delicada, provocando un escalofrío que recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies. Pero no era un escalofrío de miedo, ni de repulsión —sino de una anticipación retorcida, de un anhelo que ella misma apenas comenzaba a comprender.
Emili cerró su ojo por un instante, permitiéndose disfrutar de la sensación de su aliento sobre su piel, de la voz que parecía envolverla como un manto cálido. Sintió cómo sus dedos se apretaban alrededor del mango del mazo, cómo el peso del objeto se hacía cada vez más familiar en sus manos. No hubo necesidad de repetir la orden —algo en la voz de Joshua, en la forma en que la miraba, había desatado algo en ella que había estado dormido durante mucho tiempo.
Apenas Joshua alejó su rostro del de Emili, ella inclinó la cabeza hacia atrás y emitió un suspiro profundo, cargado de una emoción que no podía nombrar. Con una determinación febril, sus brazos se movieron con una fuerza que nadie hubiera creído posible en alguien en su condición, y comenzó a dar fuertes golpes a su propia pierna. Cada impacto resonaba en el sótano con un sonido sordo y húmedo, un testimonio de su voluntad, una ofrenda sangrienta en el altar de su demencia compartida.
La carne cedía bajo el peso del mazo con un chasquido nauseabundo, y una mezcla grotesca de sangre roja brillante, trozos de huesos astillados que parecían cristales blancos, y músculo desgarrado de color rosa oscuro se desprendía de la herida. Los restos volaban sin un rumbo fijo, salpicando el suelo de madera, las paredes de piedra y el vestido blanco de cerezas de Emili, que ahora estaba manchado con diseños rojos mucho más vibrantes que los dibujos originales. Cada salpicadura era como una macabra pincelada en un cuadro que nadie había osado imaginar.
—Más fuerte —murmuró Joshua, sus ojos brillando con una intensidad que hacía temblar el aire a su alrededor— Siente cómo se rompe, cómo te liberas de eso que te mantiene atada.
Emili no respondió en voz alta, pero su ritmo se aceleró, sus movimientos se hicieron más precisos, más decididos. No se quería detener, estaba atrapada en un frenesí autodestructivo que la hacía sentir más viva que nunca. Cada golpe era un paso hacia adelante, una forma de tomar el control de su propio cuerpo después de tanto tiempo siendo objeto de los deseos y los deberes de otros. Solo lo hizo al notar que su pierna había comenzado a doblarse en ángulos imposibles, quebrada en múltiples partes, convertida en un amasijo informe que ya no parecía pertenecer a un ser humano.
Su fémur, que alguna vez había sido fuerte y recto, ahora parecía recién salido de un triturador industrial —más un rompecabezas macabro cuyas piezas no podían volver a unirse que un hueso funcional. La visión de su propia carne destrozada no provocó gritos de dolor, ni lágrimas de angustia. Al contrario: un suspiro de satisfacción escapó de sus labios, y su rostro se iluminó con una especie de éxtasis silencioso. Sus ojos, llenos de una claridad extraña, se encontraron con los de Joshua, y en ese instante ambos supieron que nada volvería a ser como antes.
—Bien hecho... —dijo Joshua, y su voz estaba ahora teñida de una admiración palpable, de un respeto que jamás había sentido por nadie— Iré por el cuchillo para cortarlo. Ya no tiene sentido dejarla así, tan débil, tan incompleta.
Se puso de pie con una agilidad felina que contrastaba con la lentitud con la que se movía antes, y se dirigió a la mesa de madera tosca que estaba en el rincón oscuro del sótano. Allí, entre otros instrumentos que brillaban bajo la luz, tomó el mismo cuchillo de hoja ancha y mango desgastado que había usado la vez anterior. El acero brillaba con un brillo helado bajo la tenue luz de las rendijas, un presagio de la carnicería que estaba por venir.
Al acercarse a Emili, sintió cómo su mano temblaba ligeramente, pero no por miedo o repugnancia —sino por la emoción de estar a punto de completar lo que habían comenzado juntos. Comenzó a cortar la carne sin piedad alguna, con una precisión fría y calculada que provenía de la experiencia acumulada durante años. Sabía que no era necesario tener cuidado, que el dolor de Emili ya no era un obstáculo sino su combustible, que su sufrimiento era su arte, su forma de crear algo nuevo y poderoso a partir de lo viejo y débil.
Una y otra vez, el cuchillo se azotó fuertemente contra la pierna de Emili, abriendo profundas brechas en la carne viva, separando los tendones de los huesos restantes, cortando las venas que aún latían con fuerza. Ella no dejaba de ver lo que pasaba frente a ella, sus ojos fijos en el espectáculo grotesco que se desarrollaba a pocos centímetros de su cuerpo. Su mente estaba sumida en un trance hipnótico, donde el tiempo parecía haberse detenido y el único sonido que existía era el del cuchillo cortando carne, el único olor... el de la sangre que llenaba el aire.
—¿Sientes cómo se va? —preguntó Joshua, su voz suave pero firme— ¿Sientes cómo te vuelves más ligera, más libre?
Emili asintió lentamente, y una sonrisa tenue apareció en sus labios. Podía sentir cómo la energía del momento la invadía, cómo cada corte era un paso más hacia una transformación que no comprendía del todo pero que anhelaba con todas sus fuerzas. Después de unos cuantos azotes más, después de que el último tendón se hubiera cortado, la pierna se desprendió por completo, separándose del cuerpo con un sonido sordo y repugnante que resonó en el sótano como un eco de lo que habían sido y de lo que ahora eran.
Joshua la levantó en alto con una sola mano, como un trofeo de caza que había costado mucho esfuerzo conseguir, y la examinó con una mirada crítica. Observó cómo la sangre aún goteaba de los bordes irregulares, cómo los trozos de hueso astillado parecían formar un patrón extraño en la carne desgarrada. Para él, era una obra maestra —un testimonio de la fuerza de Emili, de la conexión que los unía, de la locura que les había dado un propósito después de tanto tiempo en la oscuridad.