Joshua abrió la pequeña puerta de hierro que conducía al jardín trasero, sintiendo cómo el aire frío de la tarde golpeaba su rostro sudoroso. Con una sola mano, arrojó la pierna cercenada hacia la oscuridad densa que se acumulaba entre los árboles secos, donde las sombras parecían moverse con vida propia. La ofrenda describió una curva en el aire antes de desaparecer en la penumbra, y aunque no pudo verlos, sintió la presencia de los demonios que aguardaban allí —sus alientos fríos que helaban la atmósfera, sus ojos brillantes como brasas en la noche que comenzaba a caer.
No se detuvo a dirigirles la palabra, no les debía explicaciones. Había cumplido su parte del pacto, como lo había hecho tantas veces antes, y ellos cumplirían la suya. Se limitó a su trabajo, a su ritual, cerrando la puerta con un fuerte crujido que resonó en el silencio. Al volver al sótano, la luz tenue de las rendijas iluminaba el camino, y su vista se encontró con Emili, quien lo miraba desde su colchón con una curiosidad infantil, como si fuera a recibir un regalo de cumpleaños en lugar de haber perdido otra parte de su cuerpo.
Su rostro estaba sereno, casi luminoso, y los restos de sangre que aún cubrían sus labios parecían un pintalabios oscuro y brillante. Joshua sintió cómo su corazón se contraía en su pecho, una mezcla de emociones que no podía descifrar —fuerza, deseo, culpa, algo que se asemejaba a la ternura pero que no se atrevía a nombrar.
—¿La entregaste? —preguntó Emili en voz baja, y su voz no tenía el menor rastro de miedo ni de dolor. Solo una calma extraña que hacía temblar a Joshua.
—Sí —respondió, acercándose a ella con pasos lentos, como si temiera asustarla— Ellos la recibirán. Es lo que acordamos.
Apenas se acercó lo suficiente, sin permitir que la cadena que aún la sujetaba al poste se tensara demasiado, le dio un beso: fuerte, brusco, necesitado, como si quisiera fusionar sus almas en un solo ser retorcido. Sus labios se estrellaron contra los de ella con una fuerza que hizo que ambos sintieran cómo los dientes chocaban, pero Emili no se resistió —al contrario, abrió la boca para él, permitiendo que su lengua se encontrara con la suya en un baile salvaje y desordenado. El sabor de la sangre, del sudor y de algo indefiniblemente oscuro llenó sus sentidos.
El beso no paró ahí; después de unos segundos se separaron, jadeando, con respiración errática y sus miradas entrelazadas, atrapadas en un torbellino de deseo y locura que parecía haber estado esperando bajo la superficie durante mucho tiempo. Emili movió su mano derecha hasta el suelo, donde una charca de sangre espesa y pegajosa aún no se había secado, y la llenó hasta los nudillos. Luego, con una lentitud provocativa que hizo que el corazón de Joshua latiera con más fuerza, la pasó por el rostro de él, desde la frente hasta el mentón, dejando el rastro carmesí de su esencia sobre su piel.
—Así —dijo Emili, sus dedos acariciando su mejilla con una suavidad que contrastaba con la crudeza del momento— Ahora llevas parte de mí contigo. Siempre.
Ante tal acción, Joshua no se contuvo, se dejó llevar por la vorágine de la pasión que lo consumía por completo. Volvió a besarla con una intensidad aún mayor, esta vez más lento pero con más hambre, como si quisiera beberla entera. Sus manos se deslizaron por los hombros de Emili, encontrando el cuello del vestido blanco con cerezas que recién le había puesto, y comenzó a quitarlo con urgencia, tirando de la tela hasta que los botones saltaron por el suelo con un sonido seco. Parecía querer despojarla de toda inocencia, de toda pretensión de normalidad que aún quedara en aquel lugar macabro.
—¿Por qué? —susurró Emili entre besos, mientras sus manos se aferraban a la camisa de Joshua, rasgándola con sus uñas hasta que la tela se abría en profundas grietas— ¿Por qué ahora? ¿Por qué me miras así cuando antes solo me veías como un objeto?
—Porque eres más que eso —respondió Joshua, sus dedos encontrando la piel caliente de su espalda, sintiendo cómo los granos se levantaban bajo su tacto— Eres como yo. Siempre lo has sido. Solo ahora lo veo.
Sería inexacto, una burda simplificación, decir que hacían el amor; esto era sexo salvaje... hardcore... era el más puro deseo de lo impuro, de la destrucción, una danza macabra entre dos almas consumidas por la oscuridad. En ese espacio profano, la lujuria tomaba la forma de rasguños profundos en sus pieles —sus uñas dejaban surcos rojos en la espalda de él, y las suyas se llenaban de marcas que ardían con una sensación que no era del todo dolorosa. Mordidas feroces en el cuello, en los hombros, en las caderas, que concluían en hilos de sangre que serpenteaban por sus cuerpos como ríos pequeños y brillantes. Y esas fuertes estocadas que Emili aceptaba con una sumisión extática, llena de un placer perverso que la hacía arquear el cuerpo y emitir gemidos que no podían confundirse con nada más que la entrega total.
El calor y las caricias inundaban el lúgubre lugar, creando una atmósfera sofocante de pecado y depravación que parecía hacer vibrar las paredes de piedra. El silencio pulcro del sótano, antes solo interrumpido por el goteo constante de la humedad que caía del techo, se interrumpió ahora por los gemidos desgarradores de Emili que resonaban en el eco, y las palabras bizarras de Joshua —susurros obscenos sobre lo que harían juntos, sobre cómo serían uno solo, sobre la oscuridad que los unía— que parecían encantar a Emili, alimentando su fuego interior hasta que creía que se quemaría por completo.
—Más fuerte —rogó Emili en un susurro que se perdió entre sus labios y los de él— Quiero sentirte. Quiero sentir que soy tuya.
Poco importaba el desastre en el piso de madera —la sangre que aún salía a borbotones de la pierna recién amputada de Emili, formando nuevas charcas que se mezclaban con el sudor y los restos de su unión; los trozos de carne esparcidos como confeti alrededor de ellos; el olor a sangre, a sudor y a algo primitivo que llenaba el aire. No había espacio para nada más ahí, solo para ellos dos, en su mundo de dolor y placer entrelazados donde las fronteras entre una y otra habían desaparecido por completo.
¿Sería correcto o no considerar el síndrome de Estocolmo como una explicación a su comportamiento? ¿Era Emili simplemente una víctima, una rehén mentalmente destrozada que había llegado a amar a su captor después de tanto tiempo en su poder? Joshua se preguntó esto mientras miraba el rostro de Emili, lleno de una felicidad que nunca había visto en nadie más, y se preguntó si él mismo no era la víctima de algo similar —de una atracción irresistible hacia ella que lo alejaba de su camino, de su deber.
Quizá lo sería, pero cuando dos personas conectan en esa locura que llevan dentro, cuando encuentran un eco de su propia demencia en el alma de otro, y cuando surge ese amor inexplicable por lo que para todos sería socialmente reprobable, por lo que la sociedad considera abyecto y perverso... creo que las circunstancias no son relevantes. Son inusuales, sí, pero irrelevantes a fin de cuentas. Su amor era un desafío a la cordura, una rebelión contra la moralidad que los había mantenido separados del mundo y del propio ser durante tanto tiempo.
El eco fuerte de dos gemidos al unísono inundó aquel sótano, resonando en las paredes como un grito de liberación que anunciaba el nacimiento de algo nuevo y peligroso. Aquella unión profana había quedado completada y establecida, sellada con sangre y sudor, aunque ninguno de los dos sabía el porqué en primer lugar, ni les importaba realmente. Lo único que importaba era que estaban juntos, que habían encontrado en el otro lo que buscaban sin saberlo.
Tirados, desnudos sobre el suelo de madera fría y manchada, exhaustos pero eufóricos, aquel inusual vínculo comenzó a echar raíces, a crecer como una enredadera venenosa alrededor de sus corazones, envolviéndolos en un abrazo que no podrían romper ni siquiera si quisieran. Emili apoyó su cabeza en el pecho de Joshua, escuchando cómo su corazón latía con fuerza, en sincronía con el suyo.
—Joshua... —dijo Emili con su voz entrecortada, ronca por el esfuerzo y la pasión, mientras dibujaba círculos en su pecho con el dedo, dejando rastros de sangre en su piel.
—No lo digas... Ya me di cuenta de que es intenso —interrumpió Joshua con su voz igual de agitada, su cuerpo temblaba ligeramente por la descarga de adrenalina que aún recorría sus venas. Se cerró los ojos por un instante, intentando recuperar el aliento— Solo quedan algunos días, dos o tres. El ritual está cerca de su fin. Cuando termine...
No pudo terminar la frase, no quería pensar en lo que vendría después. Sabía que el pacto exigía más que solo las ofrendas parciales que había estado dando —exigía todo, y él no estaba seguro de estar dispuesto a pagar ese precio ahora que tenía a Emili.
—Si no muero, me quedaré —dijo Emili segura, levantándose ligeramente hasta poder mirarlo a los ojos, su mirada fija en los suyos, desafiante y vulnerable al mismo tiempo. En sus ojos brillaba una determinación que Joshua no había visto antes— No me iré a ninguna parte. Contigo es donde pertenezco.
Al oír esas palabras, Joshua sintió un vuelco en el estómago, una mezcla de miedo y excitación que lo hizo temblar. Sabía que no podía permitirlo, que el ritual no lo permitiría, pero una parte de él —una parte que creía haber muerto hace mucho tiempo— se alegró con la promesa. Se levantó del suelo con movimientos torpes, sintiendo cómo los músculos le dolían, y comenzó a vestirse con prisa, tratando de ocultar su confusión, su debilidad.
—Traeré más agua para limpiar todo esto —dijo Joshua, evitando el contacto visual, agarrando su camisa rasgada del suelo. Necesitaba escapar de esa intimidad, de esa conexión que lo estaba consumiendo por completo, que lo estaba alejando de todo lo que había creído durante años.
Antes de salir de la habitación, se detuvo en la puerta, con la mano en el pasamanos de la escalera, y habló sin mirar atrás, con una voz que apenas recuperaba compostura: —No necesito que me entregues tu corazón, porque yo mismo te lo arrancaré.
Su voz antes cálida y seductora fue reemplazada por una ronca y firme que erizó la piel de Emili, un presagio de la tormenta que se avecinaba tanto en el exterior como en el interior de ambos. Joshua subió las escaleras con paso rápido, dejándola sola en el sótano, pero ambos sabían que ya no estarían nunca más solos.