La noche...
La noche era tormentosa, un reflejo vivo del caos que reinaba en el alma de Joshua. La lluvia azotaba con gran fuerza contra los cristales de la casa, golpeando las ventanas con una furia implacable que parecía querer destrozar todo lo que se interpusiera en su camino. Cada gota era un golpe en su conciencia, cada ráfaga de viento un susurro que le recordaba lo que había hecho, lo que había sentido. No podía calmar ese ritmo fiero de la tormenta exterior ni el que rugía en su interior, y la verdad era que tampoco tenía muchas ganas de hacerlo realmente. Aquella lluvia incesante combinaba a la perfección con los fuertes truenos que rugían haciendo eco por toda la casa, sacudiendo los cimientos con su poderío como si quisieran desenterrar los secretos enterrados bajo los suelos de madera.
Los rayos alumbraban las paredes con destellos intermitentes, iluminando por instantes los cuadros descolocados y los muebles cubiertos de un polvo fino, proyectando sombras siniestras que parecían cobrar vida propia. Eran como demonios reflejados en las sombras, abrigados en su lúgubre y fría oscuridad, moviéndose con gracia inquietante cada vez que la luz azotaba la habitación. Joshua sintió cómo la piel de su cuello se erizaba, no por el frío —la casa estaba cálida a pesar de la tormenta— sino por la sensación de estar siendo observado, de que aquellos seres de sombra conocían cada uno de sus pensamientos más oscuros.
Y entre esa misma oscuridad, tumbado sobre su cama sin poder conciliar el sueño, se encontraba Joshua. Su cuerpo estaba apoyado sobre los codos, las manos entrelazadas bajo la cabeza, mientras miraba fijamente el techo. La sábana húmeda de sudor se pegaba a su espalda, y cada vez que un trueno sacudía la casa, su cuerpo temblaba ligeramente, como si el sonido pudiera llegar hasta sus huesos y sacudir los demonios que allí habitaban. Estaba luchando contra sus propios demonios internos, una batalla silenciosa que se libraba en su mente y en su corazón, sin posibilidad de tregua.
—¿Qué acaba de pasar? —murmuró en voz baja, tan bajo que apenas se escuchó a sí mismo. Su voz salió ronca, como si no hubiera hablado en días— ¿Por qué así?—se preguntaba sin esperar una respuesta, su mente dando vueltas en un torbellino de confusión que no dejaba espacio para nada más. Se sentó en la cama, apoyando las manos en las piernas y presionando los dedos hasta que los nudillos se pusieron blancos— No es la primera vez que pasa, ha pasado con todos los sacrificios, pero jamás así... jamás se sintió tan... real. Jamás se sintió tan bien.
Se levantó del borde de la cama y comenzó a dar vueltas por la habitación, moviendo los pies con cuidado para no hacer ruido sobre el suelo de madera. Las sombras bailaban a su alrededor, siguiendo sus movimientos como si fueran sus sombras personales, sus acompañantes en la locura.
—¿Qué tiene ella que no tienen los demás? —preguntó al vacío, y su voz resonó en la habitación con un eco extraño— ¿Por qué me siento así? ¿Por qué cuando la miro no veo solo un sacrificio, sino... algo más?
Se detuvo frente al espejo que colgaba de la pared, y su reflejo lo miró con los ojos llenos de confusión y una tristeza que no reconocía. El rostro estaba pálido, las ojeras profundas, y el rastro de sangre que Emili le había pintado aún permanecía en su mejilla, como una marca de lo que habían compartido. Se pasó la mano por el lugar, sintiendo la costra seca bajo sus dedos, y cerró los ojos con fuerza.
Se levantó de la cama con un movimiento brusco, sintiendo la necesidad imperiosa de hacer algo, de romper con la inmovilidad que lo estaba consumiendo, de escapar de sus propios pensamientos antes de que lo ahogaran completamente. Se dirigió a la cocina, moviéndose en silencio por los pasillos, con extremo cuidado al pisar cada peldaño de la escalera, como si fuera un intruso en su propia casa, temeroso de despertar a los fantasmas que lo atormentaban, a los recuerdos que se escondían en cada rincón.
La cocina estaba sumida en la oscuridad, solo iluminada por el resplandor azulado de la tormenta exterior. Joshua abrió el cajón del mostrador con sigilo, y los cubiertos chocaron entre sí con un sonido seco que hizo que su corazón saltara. Tomó el cuchillo más grande y afilado que esta podía ofrecerle —un cuchillo de cocina con hoja de acero inoxidable y mango de madera oscura que había pertenecido a su madre— y sintió el peso familiar del metal en su mano. Era un peso que conocía bien, que le había acompañado en todos sus rituales, pero esta vez se sentía diferente: más pesado, más cargado de significados que no quería entender.
A paso sigiloso, llegó al sótano, su corazón latiendo con fuerza en su pecho, tan fuerte que creyó que podría escucharse incluso encima del ruido de la lluvia y los truenos. La puerta de madera maciza se alzaba frente a él, tan imponente como siempre, con su cerrojo de hierro que parecía un símbolo de todo lo que lo mantenía atrapado en su destino. De pie, frente a la puerta del sótano, con la perilla fría en una mano y el cuchillo en la otra, se debatía si entrar o no, si ceder a sus impulsos oscuros o resistir la tentación que lo consumía.
"Vamos, solo hazlo..." —la voz resonó en su mente con la voz de la mujer que le había enseñado todo sobre los rituales, sobre los demonios que esperaban en la oscuridad— "...mátala, ya lo has hecho muchas veces antes, acaba con esto y consigue otro sacrificio. No lo pienses y hazlo. Es lo que debes hacer, es tu deber. No puedes permitir que tus sentimientos te dominen, Joshua. Eso sería una debilidad, y los demonios no perdonan la debilidad."
La voz era firme, autoritaria, y por un instante sintió cómo la tentación lo invadía. Podría hacerlo, podría terminar con todo en cuestión de segundos, volver a ser el hombre que había sido antes de conocer a Emili —frío, calculador, seguro de sí mismo. Pero entonces, otra voz se hizo oír en su interior, una voz más suave, más débil pero persistente, que parecía llevar el aroma de almendras y la calidez del cuerpo de Emili.
"No puedes hacerlo." —susurró la voz, y reconoció el tono de Emili, aunque no había dicho esas palabras en voz alta nunca— "Ella es diferente. Ella te entiende de verdad, no como los demás. Ella ve lo que hay dentro de ti, la oscuridad y la luz que aún queda, y no te juzga por ello. No puedes matarla. No quieres matarla."
Joshua cerró los ojos, presionando los dedos contra las pestañas hasta ver puntos blancos. La batalla entre las dos voces se intensificó en su mente, y sintió cómo la cabeza comenzaba a dolerle con fuerza. La perilla de la puerta giraba lentamente bajo su mano, sin que él se diera cuenta, y el eco del crujido de la cerradura resonó en el pasillo como un veredicto.