La perilla de la puerta del sótano resbaló bajo sus dedos sudorosos, fría como el acero del cuchillo que sostenía en la otra mano. Joshua la giró con una lentitud deliberada, como si quisiera prolongar la agonía de la indecisión, como si cada milímetro de movimiento pudiera darle tiempo suficiente para encontrar una respuesta a los interrogantes que lo consumían. El crujido metálico de las bisagras resonó en el pasillo vacío, un eco tenue que se perdió entre los truenos que seguían sacudiendo la casa.
El aire del sótano le recibió con su habitual carga de humedad y tierra húmeda, pero ahora parecía más denso, casi palpable, como si el propio espacio esperara con tensión su próxima acción. Bajó cada escalón lentamente, poniendo cada pie con cuidado para evitar que la madera crujiera y despertara a quien yacía en la penumbra. La luz de la linterna que llevaba colgada del cinturón proyectaba sombras largas y distorsionadas sobre las paredes de piedra, creando formas que parecían moverse al compás de sus pasos.
A medida que descendía, su vista se fijó en la figura acurrucada en el rincón: Emili dormía sobre el colchón delgado que él le había puesto en el suelo, envuelta en una manta gruesa que aún conservaba el aroma del jabón de almendras. Cobijada como una niña pequeña, su rostro estaba sereno, relajado, ajeno a la tormenta que se desataba en el exterior y en el interior de Joshua. Sus labios estaban entreabiertos en una leve sonrisa, como si estuviera soñando con algo agradable, y un mechón de pelo claro caía sobre su frente, suavizando los rasgos que habían sido marcados por el dolor y la adversidad.
Joshua se detuvo a su lado, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza en su garganta, tanto que creía que el sonido podría despertarla. Se arrodilló en el piso de madera fría y manchada, sentando las rodillas con cuidado para no hacer ruido. El cuchillo de cocina, grande y afilado, pesaba como una piedra en su mano derecha, y el filo brillaba con un resplandor helado bajo la luz de la linterna.
Se inclinó lentamente hacia adelante, acercando el borde del cuchillo a la piel de Emili. La acarició con él, tan suave que no dejó ni siquiera un rasguño en su mejilla, a pesar de haberle pasado el filo con precisión. Podía sentir la temperatura cálida de su piel a través del metal, una sensación que contrastaba con el frío del acero y que le provocó un escalofrío que recorrió su cuerpo de la cabeza a los pies.
—Es hermosa,—pensó Joshua, cerrando los ojos por un instante mientras su pulgar seguía trazando líneas invisibles sobre su rostro con el mango del cuchillo. Sintió una oleada de ternura que lo sorprendió, tan intensa que le quemó los ojos y le hizo temblar la mano. —¿Cómo pude haber pensado en matarla? ¿Cómo pude considerar que su vida valía menos que un deber que ni siquiera entiendo completamente?—
La voz interior que antes le había instado a actuar con crueldad ahora se hacía cada vez más débil, más distante, como un eco que se pierde en la oscuridad. Abrió los ojos y vio cómo el reflejo de la linterna se quebraba entre tanta oscuridad, contemplando su rostro con afinidad, aquella cuenca vacía casi sanada, su ojo cerrado y ese tenue brillo de la lámpara creando pequeños puntos de luz que parecían estrellas atrapadas en su piel.
—No puedo... —susurró en voz baja, y bajó el cuchillo hasta que el filo reposara sobre el suelo, sintiendo el peso de la derrota sobre sus hombros como una carga insoportable. Se pasó la mano por el rostro, limpiándose el sudor que le caía por las mejillas, y su voz se volvió más firme, cargada de una rabia que no era para nadie más que para sí mismo— ¿Cómo es que caí en esto? ¿Cómo caí ante ti? Qué patético. Eras solo un sacrificio, un eslabón más en la cadena de rituales que me mantienen atado a este infierno. Pero te volviste algo más, algo tan estúpido como lo es el amor. Podría arrancar cualquier parte de ti con mis propios dientes sin remordimiento alguno... he hecho cosas peores, he roto huesos y cortado carne sin sentir nada más que un vacío. Pero no puedo matarte, maldición, Emili. No puedo tocarte de esa manera.– protestó con susurrosos que perdían en la oscuridad.
Emili movió la cabeza ligeramente en su sueño, emitió un pequeño suspiro y ajustó la manta alrededor de su cuerpo. Joshua la observó durante unos segundos más, sintiendo cómo la furia en su interior se desvanecía y era reemplazada por una tristeza profunda, una sensación de pérdida que no comprendía del todo.
Lentamente, se inclinó hacia ella y besó su frente con suavidad, sus labios fríos contra su piel cálida. Fue un gesto de arrepentimiento y desesperación, un reconocimiento silencioso de que su mundo ya no era el mismo, de que las reglas que había seguido durante años habían dejado de tener sentido. Se levantó con movimientos torpes y rígidos, sintiéndose más perdido que nunca, como un náufrago en medio de un océano oscuro sin saber hacia dónde navegar.
Antes de salir del sótano, se detuvo en la última peldaño de la escalera y volvió la vista hacia donde yacía Emili, ahora envuelta en la penumbra del lugar. Pronunció apenas audible, como una confesión que solo el sótano podía escuchar: —Eres la flor más bella del Nilo.
Subió las escaleras lentamente, dejando el cuchillo sobre la mesa de la cocina antes de dirigirse a su habitación. La lluvia seguía azotando las ventanas con la misma furia, y los truenos rugían como si el cielo mismo estuviera desgarrándose en dos. Para Joshua, había perdido no solo la batalla contra su deber, contra los oscuros poderes que lo controlaban desde que era un niño pequeño y le habían impuesto la carga de los rituales. Había perdido también la batalla contra su propio corazón, contra esa parte de él que creía haber extinguido hace mucho tiempo.
Aquella humanidad restante, aquella capacidad de sentir algo más que indiferencia y crueldad, decidió aferrarse a Joshua como una garrapata, como un molesto parásito del que no puede liberarse. Se quitó la ropa manchada de sudor y se acostó en la cama, envuelto en las sábanas frías que no lograban calmar el escalofrío que aún recorría su cuerpo. Así que, resignado y con su duda aclarada, cerró los ojos esperando que el amanecer trajera consigo algo de claridad.
Quizá las cosas no mejoren al amanecer... Quizá la lluvia aún esté ahí, golpeando las ventanas con la misma furia, y quizá los demonios que aguardan en la oscuridad sigan esperando por su ofrenda. Pero él sabía que la lluvia se detendría tarde o temprano, siempre lo hace, y esta vez no será la excepción. La esperanza, por tenue que fuera, aún brillaba en su interior como una pequeña llama en medio de la oscuridad, una promesa de que quizás, solo quizás, había un camino hacia adelante que no pasara por el dolor y la destrucción.