Capitulo 1: Tormento

1451 Words
La noche se desplomaba sobre el paisaje árido como una bestia hambrienta. Entre el caos desatado, una tormenta se erigía como el rey indiscutible. Rayos danzaban en el cielo, cayendo sin un patrón discernible, iluminando fugazmente un mundo de sombras en movimiento. Estas sombras se reflejaban entre las rocas escarpadas y los árboles retorcidos, testigos silenciosos de una tragedia que se desarrollaba. Los truenos, cual rugidos de un león herido, resonaban con una ferocidad ensordecedora, ahogando los gritos de dolor de un joven atormentado. Este joven era Joshua. Su rostro, demacrado y bañado en sudor, reflejaba la agonía que lo consumía por dentro. Lloraba, gritaba y cavaba con desesperación en la tierra recién bañada por la lluvia presente. Cada golpe de la pala era un eco de su tormento interno, cada grito, una súplica al cielo implacable. Al terminar la fosa, con manos temblorosas y la mirada perdida, se dirigió a su vieja camioneta verde olivo, un vehículo que, bajo la oscuridad implacable, parecía teñido de n***o. De la parte trasera, sacó un cuerpo envuelto en una sábana blanca, ahora manchada de tierra y sangre, testimonio silencioso de una vida arrebatada. El peso del cuerpo era casi insoportable, pero el peso en su conciencia era aún mayor. Con un esfuerzo sobrehumano, impulsado por la adrenalina y la desesperación, arrojó el cadáver a la fosa recién excavada. El sonido sordo del cuerpo al caer resonó en la quietud de la noche, un eco de su propia caída en desgracia. Mientras la tierra comenzaba a ocultar la evidencia de su acto, cubriendo lentamente el rostro pálido y las manos inertes, no podía dejar de gritar. Su voz, desgarrada por el dolor y el remordimiento, se elevaba hacia el cielo nocturno, una súplica desesperada de perdón. —¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —repetía una y otra vez, como un mantra desesperado, una confesión inútil al viento, al cielo, a las estrellas que observaban impasibles su sufrimiento. Cada palabra era un puñal que se clavaba en su corazón, recordándole la magnitud de su error. El olor penetrante de la muerte se mezclaba con el aroma terroso de la tierra mojada por la lluvia, una mezcla nauseabunda que le revolvía el estómago. La sensación de agotamiento físico era insignificante comparada con la tortura emocional que lo atenazaba, una garra invisible que le apretaba el pecho, dificultándole la respiración. Cada latido de su corazón era un recordatorio de la vida que había quitado. La lluvia helada, implacable, erizaba su piel y se fundía con su sudor, creando una capa de frialdad que penetraba hasta los huesos. El frío no era solo físico, sino también un reflejo del vacío que sentía en su interior. Se sentía solo, abandonado por Dios y por los hombres, condenado a vivir con el peso de su culpa por el resto de sus días. La noche parecía eterna, y cada segundo era una eternidad de sufrimiento. Anhelaba el amanecer, pero sabía que la luz del sol no traería consuelo, solo la cruda realidad de lo que había hecho. Una vez terminado el macabro trabajo, con la tierra aún húmeda bajo sus uñas y el olor a muerte impregnado en su ropa, subió a su camioneta. Secó sus lágrimas con el dorso de la mano, pero la mirada seria y sombría permanecía inalterable, reflejo de la tormenta que rugía en su interior. Condujo a través de la noche oscura, el camino familiar ahora un laberinto de culpa y miedo, cada curva un recordatorio de su desvío moral. Los faros de la camioneta apenas lograban penetrar la negrura, como si la propia noche conspirara para ocultar su crimen. Llegó a su hogar, una casa solitaria en las afueras del pueblo, un lugar que antes era su santuario, pero que ahora ya no ofrecía consuelo ni seguridad. Las paredes parecían estrecharse a su alrededor, acusándolo en silencio. El silencio era ensordecedor, roto solo por el latido frenético de su corazón. Arrojando todo a su paso, la ropa sucia, las llaves, la cartera, como si buscara deshacerse de la contaminación de sus actos, llegó al sótano. Cada objeto que tocaba parecía quemarle las manos, recordándole su complicidad. Allí, en el suelo de cemento, frío y húmedo, abrió una puerta oculta, un portal a su propio infierno personal. Una vez abajo, en la oscuridad húmeda y fría, donde el aire olía a tierra y olvido, gritó entre llantos, su voz resonando en las paredes de piedra, un eco distorsionado de su desesperación. —¡Están felices! ¡Era lo que querían! ¡La enterré, la enterré y no volverá! ¡Los odio! ¡Los odio! —Sus palabras eran puñales dirigidos a fantasmas, a fuerzas invisibles que lo habían arrastrado a este abismo. Y de la oscuridad más profunda de la habitación, resonó un fuerte gruñido, un sonido gutural y amenazante que lo hizo exaltarse, un escalofrío recorriéndole la espina dorsal. No estaba solo en su infierno personal. Algo más habitaba en esa oscuridad, algo que se alimentaba de su culpa y su locura. Esa noche marcaría el inicio del verdadero infierno de Joshua, el comienzo de una nueva vida marcada por la culpa y la locura, y el nacimiento de un monstruo que acecharía en las sombras de su alma, un monstruo alimentado por el remordimiento y la desesperación. Muchos años después. Joshua era un hombre consumido por su pasado. Tenía treinta años, pero parecía mucho mayor. Las líneas de su rostro contaban historias de noches sin dormir, de pesadillas recurrentes y de una soledad implacable. Sus ojos, hundidos y apagados, reflejaban la ausencia total de esperanza. Conducía por una autopista desolada en la frontera de México, huyendo de sus demonios, el paisaje árido reflejando la aridez de su corazón. El sol implacable castigaba la tierra, pero no lograba calentar el frío que lo habitaba. Era un fantasma en vida, condenado a vagar sin rumbo, perseguido por el eco de sus propios gritos. Luego de kilómetros de tierra desértica, llegó a su hogar: una casa grande y lujosa, demasiado grande para una sola persona. Era una jaula dorada, un símbolo de su éxito aparente, pero también un recordatorio constante de su vacío interior. Se estacionó frente a la casa y fue a la cajuela de su auto. El clic hidráulico al abrirse fue suave, casi silencioso. —Llegamos, mi amor. Al parecer te ganó el sueño —dijo, con una alegría forzada. Al abrir la cajuela, el hedor a sudor y pánico de la joven chocó de frente con el rastro que Joshua dejaba a su paso: un aroma denso y empalagoso a cerezas con chocolate. Era un olor de repostería, casi infantil, que volvía la situación mucho más enferma. —Vaya, sigues aquí. Pensé que habrías intentado escapar. Bajó a una joven de veinte años. Una chica llena de vida y sueños, ahora reducida a un objeto inerte en sus brazos. Estaba amordazada, atada de pies y manos, con golpes recientes en la cara. Su belleza juvenil estaba marchitada por el miedo y la incertidumbre. —Entremos, cariño. Vamos a casa —murmuró, su voz cargada de una mezcla de arrepentimiento y excitación. La acomodó en sus brazos, como un novio llevando a su esposa por el umbral—. Te va a encantar el lugar. Es… permanente. He estado preparando tu habitación. La joven fue cargada, inconsciente, hasta la sala de la inmensa vivienda. Dejó su cuerpo inerte en el sofá, como si fuera una muñeca rota. La noche avanzaba, lenta y pesada. Joshua se sirvió un whisky solo, con hielo. Se sentó en el sillón de cuero frente a ella. El silencio de la casa grande empezaba a pesarle. Llevó su mano diestra a la nuca y tiró de los mechones de su cabello n***o lacio con una fuerza que habría hecho gritar a cualquiera, pero él ni parpadeó; necesitaba ese dolor agudo para acallar el ruido que subía desde el sótano. Sus ojos azul intenso, eléctricos bajo la luz tenue, no se apartaban de la joven. —Pronto —le dijo al silencio—. Pronto empezará la purificación. Pero primero, tengo que preparar el lienzo. No te preocupes. Esta vez, lo haré perfecto. Esta vez, no habrá errores. —Bebió un sorbo largo, el líquido ámbar quemándole la garganta, pero no tanto como los recuerdos. Se levantó y se movió por la casa como un fantasma. Antes de bajar al sótano, se detuvo frente al ventanal que daba al jardín trasero. A la luz del atardecer, las amapolas se mecían como un mar de sangre oscura. —Ya casi es hora —susurró hacia la joven inconsciente —. Pronto, tú y yo vamos a cantarle a las amapolas.
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