Ya entrada la noche, la joven despertó. Su mente, como un avispero agitado, se llenaba de preguntas punzantes, cada una más aterradora que la anterior. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué va a pasarme? Su garganta estaba seca. Intentó tragar, pero el sabor a cinta y a su propia sangre seca la hizo jadear. – No… no… —susurró, pero la cinta ahogó el sonido, convirtiéndolo en un gemido gutural.
Miraba a su alrededor, tratando de identificar algo familiar, algo que le diera una pista sobre dónde se encontraba. Reconoció el lujo decadente de la casa, un lujo que olía a polvo y abandono, un lujo que no encajaba con el hedor. Era el olor de una tumba. Pero también sintió una atmósfera opresiva, como si las paredes mismas respiraran un aire de peligro inminente. Esto está mal, muy mal. Siento que algo terrible va a suceder. Comprendió, al fin, con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, que la retenía en un lúgubre sótano polvoriento.
El pánico la hizo forcejear, movimientos espasmódico que solo sirvieron para apretar sus ataduras. Las sogas se clavaron en la piel de sus muñecas y tobillos. Eran gruesas, ásperas. Le quemaban. El metal de la cadena que rodeaba su cintura estaba helado, y podía sentir cada eslabón individual contra la tela delgada de su blusa.
El sótano era un antro de humedad y sombras, un lugar donde el tiempo parecía haberse detenido y la esperanza se había marchitado. El aire, denso y frío como el aliento de un espectro, se aferraba a su piel como una mortaja, impregnado de un hedor rancio a tierra húmeda, moho y algo más, algo indefinible pero profundamente perturbador, como el eco de horrores olvidados.
Puedo oler la muerte aquí. Es un olor dulce y nauseabundo, como flores podridas. El sonido del agua goteando en algún lugar lejano era la única música. Drip. Drip. Drip. Como un reloj maldito contando los segundos que le quedaban.
Las paredes, de piedra toscamente labrada, rezumaban humedad, cubiertas de manchas verdosas de moho que se extendían como una enfermedad silenciosa, devorando la piedra y la luz. Las paredes parecen estar vivas, respirando y observándome.
Una única bombilla, amarillenta y parpadeante como un ojo enfermo, pendía del techo con un cable raído, arrojando sombras danzantes y grotescas que distorsionaban la realidad, convirtiendo objetos inofensivos en monstruos amenazantes. La luz apenas alcanzaba a iluminar las esquinas más alejadas, donde la oscuridad reinaba en su totalidad, ocultando quién sabe qué secretos macabros.
Telarañas gruesas y pegajosas como sudarios colgaban del techo y las paredes, atrapando motas de polvo, pequeños insectos muertos y sueños rotos, un testimonio de la negligencia, el abandono y el paso implacable del tiempo. Sintió las telarañas en su cara, como si arañas invisibles le estuvieran tejiendo en su red.
En un rincón, un montón de muebles rotos y desvencijados yacían apilados al azar como los restos de un naufragio: una silla con el tapizado desgarrado mostrando el relleno amarillento, una mesa coja con una pata rota, un espejo astillado que reflejaba fragmentos distorsionados de la habitación y de su propio rostro aterrorizado. Todo cubierto por una gruesa capa de polvo que apagaba cualquier vestigio de color, convirtiéndolos en fantasmas de lo que alguna vez fueron. Como si esos muebles hubieran presenciado horrores inimaginables y ahora estuvieran condenados a permanecer ahí, como testigos silenciosos de su sufrimiento.
El suelo, de cemento agrietado y frío como una lápida, estaba cubierto de manchas oscuras y pegajosas de origen incierto, que parecían absorber la luz y emanar un aura de maldad. En algunos puntos, el cemento se había desmoronado, revelando la tierra húmeda y oscura que yacía debajo. Un olor a humedad y descomposición emanaba de estas grietas, insinuando la presencia de algo putrefacto enterrado bajo el suelo, algo que se negaba a descansar en paz.
En el centro de la habitación, destacando por su inmaculada blancura en medio de la decadencia, se alzaba una mesa cubierta con una sábana. Era el único objeto limpio y ordenado en todo el sótano, un contraste inquietante con la suciedad y el abandono que lo rodeaban. La mesa parecía un altar, un lugar sagrado dedicado a un propósito oscuro y perverso. Esa mesa… es para mí. Ese es el lugar donde voy a morir.
Sentada en el piso frío y duro, con sogas ásperas apretando sus tobillos y muñecas como grilletes, una cinta sellando su boca impidiéndole gritar y una gruesa cadena de hierro en su cintura que la mantenía unida a la columna del sótano como un animal salvaje, no le quedó más que echarse a llorar desconsolada. No podía moverse. Estaba atrapada. Nadie podía oírle. Sus lágrimas corrían por su rostro, mezclándose con el sudor frío del miedo y la suciedad que le manchaba la piel. Sus sollozos resonaban en el silencio opresivo del sótano, ecos de su desesperación que se perdían en la oscuridad.
Sus lágrimas se detuvieron de golpe, al igual que su respiración. Oyó pasos. Lentos, medidos, bajando por una escalera de madera que crujía. Joshua entró a la habitación, bajando lentamente los escalones con una calma escalofriante. Su figura se recortaba contra la luz tenue del pasillo, creando sombras grotescas que danzaban en las paredes, transformándolo en una criatura demoníaca que tiene la muerte en los ojos.
—¡Buenos días! O más bien: ¡Buenas noches! —Su voz era una caricia. Se detuvo al pie de la escalera—. Dormiste mucho, tuve que esperar arriba a que pasaras la siesta. Ahora sí. Vamos a empezar… —dijo con una voz suave y melosa, pero que helaba la sangre hasta la médula, como una caricia envenenada.
Se acercó y se acuclilló frente a ella. Un aroma denso a perfume de cerezas con chocolate emanó de él, envolviéndola en una dulzura asfixiante que no lograba ocultar el olor a hierro viejo del sótano. —Shhh, shhh. No llores todavía. Aún no hemos llegado a la parte triste. ¿O sí? Para mí, esta es la parte emocionante. La anticipación. Ver cómo la comprensión se asienta en tus ojos.
Las lágrimas de Emili regresaron, silenciosas y calientes. El terror, como una ola gigante, la paralizaba, impidiéndole gritar o moverse. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en piedra, incapaz de responder a las señales de su cerebro. No puedo respirar. Mi corazón va a explotar. Tengo tanto miedo. Pensó.
—Te quitaré la cinta, pero si gritas te cortaré la lengua, ¿quedó claro? —preguntó Joshua, acercándose a ella con una sonrisa inquietante que revelaba una hilera de dientes blancos y afilados como los de un depredador. Su mano se cernió sobre su rostro. Su sonrisa… es la máscara de la locura.
Ella asintió frenéticamente, con movimientos cortos y espasmódicos, bajando la mirada. No podía soportar ver sus ojos, esos pozos oscuros y vacíos que reflejaban la depravación que habitaba en su interior. No debo provocarlo. Debo mantener la calma. Debo sobrevivir. Su mente trataba de darle consejos que quizá ingenuamente creyó que le servirían.
Con un tirón rápido y doloroso, arrancó la cinta. Emili jadeó, aspirando el aire viciado del sótano. El primer sonido que salió de ella fue un sollozo ahogado, un estertor animal.
—Por… por favor… —logró decir, su voz rota—. ¿Qué quieres? ¿Dinero? Mi madre… mi madre tiene dinero. Te dará lo que quieras. ¡Lo juro! ¡Te dará todo!–
Joshua rio. Una risa corta, sin alegría, que rebotó en las paredes de piedra. —Dinero. Siempre es el dinero. Qué aburrido. —Joshua se puso de pie bruscamente. Llevó su mano a la nuca y tiró de su cabello n***o con un tirón seco, cerrando los ojos con fuerza mientras soltaba un suspiro pesado.—. ¿Crees que esto —dijo, señalando el sótano, la mesa, a ella— es por algo tan sucio como el dinero? Oh, no. Tengo mucho dinero. Más del que podrías contar. Esto… esto es por algo mucho más… puro.
—ahora, por ambos, ¡cállate! Y solo habla si se te hace alguna pregunta lindura, ¿Entiendes?– dijo en un tono severo.
A lo que Emili solo asintió.
—¡Eso es! ¡Qué buena niña! ¿Cómo te llamas? —Su voz cálida y una sonrisa encantadora daban escalofríos. Era como si dos personas diferentes habitaran el mismo cuerpo: un monstruo y un ángel, luchando por el control de su alma.
—E-Emili —susurró, apenas audible. Su voz temblaba como una hoja en el viento, delatando su terror.
—¡¿Emili?! Qué lindo nombre… —Saboreó la palabra, pasándola por su lengua como si fuera un vino caro—. Suena a pureza. A inocencia. Justo lo que necesito. Yo me llamo Joshua. No suelo hacer esto, pero en serio eres linda.
—¿Qué… qué vas a hacerme? —preguntó Emili, las palabras apenas formándose.
—Shhh. Paciencia, Emili. La paciencia es una virtud. Y tú estás a punto de volverte muy virtuosa. Primero, las ataduras. ¿Te gustaría que afloje tus sogas? No me gusta cuando están tan tensas. Estropea la piel.– La pregunta la descolocó. ¿Una oferta de amabilidad en medio de esta pesadilla? Era una trampa. Tenía que serlo.
—S-Sí, por favor, eso sería muy lindo —su sentido de supervivencia hablaba por ella con una suave sumisión ajena. Haría cualquier cosa, se rebajaría hasta lo más profundo, con tal de evitar el sufrimiento y aferrarse a la esperanza, aunque fuera una ilusión. Lo que sea… con tal de vivir un día más.
Joshua se movió detrás de ella. Emili se tensó violentamente, cerrando los ojos, esperando un golpe, un cuchillo en su espalda. Pero él solo manipuló el nudo de sus muñecas. Sintió que la soga se aflojaba ligeramente, solo unos centímetros, lo suficiente para que la sangre volviera a circular con un hormigueo doloroso.