—¿Ves? Soy un caballero —dijo, regresando a su vista—. No quiero que estés incómoda. Quiero que estés presente. Totalmente presente.
Se dirigió a la mesa en el centro de la habitación. —Esto es un poco incómodo, Emili —dijo Joshua, tomando una esquina de la sábana blanca con un gesto teatral. La retiró con un movimiento fluido.
Bajo la tela, brillaba una colección de instrumentos afilados, meticulosamente ordenados sobre un paño de terciopelo n***o. La luz amarillenta de la bombilla se reflejó en el acero pulido. No eran herramientas de ferretería. Eran instrumentos quirúrgicos, precisos, limpios.
—Sé que tienes miles de preguntas —continuó, su voz ahora era la de un profesor dando una cátedra—. ¿Por qué yo? ¿Qué te hice? La respuesta es… nada. No hiciste nada. Ese es el punto. Eres un lienzo en blanco.
—No… no entiendo… —gimió Emili, sacudiendo la cabeza.
—¡Claro que no! —exclamó él, visiblemente divertido—. ¿Cómo podrías? Vives en la superficie, entre las cosas mundanas. El trabajo, los amigos, el amor. Yo… yo trabajo en la oscuridad. Yo veo el mecanismo debajo de todo. Verás, Emili, el mundo está lleno de… ruido. De dolor. De recuerdos... —sus ojos se nublaron por un segundo, perdiéndose en un infierno privado—… es un grito constante. Un eco interminable. Pero descubrí algo. Descubrí cómo silenciarlo, aunque sea por un rato.–
Señaló a la mesa a su costado. —Mira esto. Esto no es un asesinato. Es un arte. Es una transferencia.–
—¿Transferencia? —repitió ella, su mente incapaz de procesar la locura.
—Tú tienes algo que yo perdí hace mucho tiempo. Esperanza. Luz. Mírate. Incluso ahora, aterrada, paralizada, una parte de ti, en lo más profundo, cree que saldrá de aquí. Debo sobrevivir, piensas. —Su imitación de su pensamiento interno la heló hasta los huesos—. Yo voy a tomar esa luz, será un valioso alimento. Y para hacerlo… tengo que desarmarte. Pieza por pieza. Con mucho cuidado. No te preocupes, no es personal. Es… necesario. Para el equilibrio.–
En la mesa brillaba el filo de diferentes cuchillos, tanto de tamaño como de forma. Cada uno parecía tener su propio propósito macabro, como herramientas de un cirujano del infierno. Un cuchillo de sierra con dientes afilados como los de un tiburón, un bisturí delgado y brillante como una aguja, un mazo pesado con una cabeza de metal reluciente, y otros y otros instrumentos que Emili no alcanzaba a identificar, pero que le helaban la sangre con solo verlos: pinzas, tenazas, agujas e hilos.
Joshua tomó un cuchillo pelador con una hoja curva y afilada como una garra. Lo sopesó en su mano.
—Este es especial —murmuró, casi con reverencia—. Su curvatura es perfecta para sacar los ojos completos. Limpiamente. ¿Sabes lo difícil que es sacar el nervio óptico intacto? Requiere una mano firme, un pulso perfecto. Es un trabajo delicado.
Acercó el metal frío lentamente a su rostro. Emili cerró los ojos con fuerza, su cuerpo temblando tan violentamente que la cadena traqueteaba. –¡No! ¡Aléjate de mí! ¡Por favor, no me hagas esto!–
Emili vomitó. Una arcada seca y amarga que le quemó la garganta y salpicó el suelo de cemento. El terror se había vuelto físico, insoportable.
—¡Oh, Emili! ¡Qué asco! —dijo Joshua, con genuina decepción en su voz—. Justo en el suelo limpio. Bueno, relativamente limpio. Arruinas la atmósfera.–
Ella empezó a gritar. No era un grito humano, era un alarido animal, un sonido desgarrador que salió desde lo más profundo de su ser, un chillido que rebotó en las paredes de piedra, amplificado por la acústica de la tumba.
—¡Te lo advertí! —El tono suave desapareció en un instante, reemplazado por una furia helada y cortante. Su rostro se transfiguró –¡Odio los gritos! ¡Arruinan la concentración! ¡Son parte del ruido que intento callar!–
Los gritos de Emili, ahogados en su garganta, no se hicieron esperar. El terror había superado su capacidad de razonar, convirtiéndola en un animal atrapado en una jaula.
—¡No! ¡Por favor, no! ¡No! ¡Haré lo que quieras! ¡CALLARÉ! ¡LO PROMETO! ¡POR FAVOR, NO MÁS CINTA, NO… ¡–
Pero era tarde. —Por favor, no grites o tendré que coserte la boca —dijo él, su voz era ahora una amenaza seseante y letal.
Volvió a colocar cinta en la boca Emili con una fuerza brutal, una mano tapando su nariz momentáneamente mientras la otra sellaba sus labios con una violencia que le partió el labio inferior. Silenció sus súplicas y aprisionó su terror.
No soportaba lo molesto de los gritos en sus sacrificios. Su paciencia era limitada, y el tiempo apremiaba.
Emili se ahogaba con sus propios sollozos detrás de la cinta adhesiva. El dolor agudo en su mejilla, donde él la había golpeado al poner la cinta, era intenso, pero nada comparado con el terror absoluto que la consumía.
Joshua suspiró, alisando su camisa, recomponiendo su calma. —Bien. Mucho mejor. Silencio. El silencio es sagrado. —Volvió a tomar el cuchillo curvo—. Ahora… ¿por dónde íbamos? Ah, sí. Los ojos. Como te decía, Emili, la clave es el ángulo de entrada, justo por debajo del lagrimal…
El pequeño pero afilado cuchillo no tardó en entrar por el lagrimal, abriéndose paso a través de la carne blanda y sensible con una facilidad escalofriante. Emili sintió un dolor agudo e insoportable, como si un hierro candente le estuviera quemando el cerebro. El terror había superado su capacidad de sentir, sumiéndola en un estado de shock catatónico. El ojo resbalaba lentamente hacia afuera, colgando de un hilo de nervios y vasos sanguíneos. Su sangre comenzó a salir a borbotones, como una cascada carmesí que brillaba con la luz, salpicando el rostro de Joshua, quien, aún sin acabar el trabajo, bajó el cuchillo, Tomó con su pulgar una de las gotas salpicadas en su rostro y la llevó a la punta de su lengua. El sabor metálico se mezcló con el rastro de cerezas y chocolate que aún flotaba en su labio superior. Cerró los ojos, extasiado. No era lujuria común saboreó con deleite aquello que tanto caos provocaba en su ser. Era un monstruo… un demonio… un ser desprovisto de toda humanidad.
En un acto veloz y espontáneo, tomó el ojo de Emili y tiró de él con fuerza, desgarrando los últimos ligamentos que lo unían a su cráneo. La sangre brotaba a raudales, inundando su rostro y su ropa. La emoción se reflejaba en su rostro, una mezcla de placer, excitación y locura. Para él, aquello era el más bello arte que podía presenciar, una obra maestra de dolor y sufrimiento. Una corriente eléctrica invadió su cuerpo, erizándole la piel y viajando desde sus entrañas hasta su entrepierna. Estaba loco…completamente loco. Disfrutaba con su dolor. Sin poder contenerse, se acercó a ella y procedió a lamer lentamente la cavidad vacía donde apenas unos minutos estuvo su ojo, saboreando la sangre y la carne desgarrada.
Se alejó con la respiración algo agitada y besó sus labios por encima de la cinta, saboreando su terror y su desesperación, solo para darse cuenta de que su otro ojo estaba cerrado, ya que Emili se había desmayado, buscando refugio en la inconsciencia.
Decepcionado, se levantó. Su frustración era palpable. Había perdido la oportunidad de saborear plenamente su sufrimiento, de deleitarse con su agonía. Más era comprensivo ante la situación, después de todo, era su primera vez. había arruinado su juego. Le habia quitado el placer.
—Eres muy valiente, gracias. Espero que no mueras pronto o que ellos no te maten… —murmuró, con una mezcla de admiración y resignación.
Tomó el ojo ensangrentado del piso y se dirigió a una pequeña puerta en el piso que daba a la habitación más oscura de la casa; ni un solo foco o lámpara, solo la penumbra. Arrojó el m*****o mutilado sin expresión alguna.
—Tengan… Es su primera vez, así que no sean exigentes —dijo a las sombras, como si estuviera hablando con autoridad y sumisión mezcladas.
Así como entró, salió, no soportaba estar ahí más de lo necesario. El sótano era su infierno personal, pero ese espacio era un lugar de tormento y depravación donde sus demonios se desataban y su verdadera naturaleza se revelaba. Y ahora lo compartiría con Emili.
Subió a su habitación buscando un respiro. Antes de entrar a la ducha, se agarró con desesperación el cabello de la nuca, tirando de él hasta que sus nudillos se pusieron blancos, tratando de arrancar de su mente el sonido del nervio óptico rompiéndose.
Tomó un baño, como si el agua pudiera lavar no solo la sangre de Emili, sino también su alma. Comenzó a colocar una toalla en el espejo, un ritual necesario para evitar su propio reflejo, la imagen de un monstruo que lo perseguía sin tregua. Solo así pudo comenzar a desvestirse, deshaciéndose de la ropa manchada como si fueran la propia culpa. El agua caliente comenzó a recorrer su cuerpo, llevando consigo la sangre ajena y el dolor, pero también dejando una sensación de vacío, de soledad.
Su propia piel fue tallada con brusquedad, con la esponja áspera como si fuera un castigo, un intento desesperado de borrar el tacto de la víctima, la sensación de su vida escapándose entre sus dedos. ¿Era digno siquiera sentir el agua limpia sobre su piel? ¿Cómo podia siquiera pretender ser humano después de lo que había hecho? Quizá era una forma de repulsión ante el acto que acababa de cometer, aquel que ya había hecho tantas veces que no podría recordar cada una, y tampoco quería realmente.
Cada rostro se funde en uno solo, una acusación silenciosa que me perseguirá hasta el fin de mis días.
Se puso su pijama, buscando la comodidad que ya no existía, la inocencia perdida para siempre. Soltó un “buenas noches” al aire, una formalidad vacía sin destinatario, sin esperar respuesta. Antes de conciliar el sueño, una lágrima resbaló por su mejilla, un testimonio silencioso de su dolor, de su arrepentimiento, de su desesperación. Finalmente, se quedó dormido, pero incluso en sueños, los gritos de Emili lo atormentaban.
En la oscuridad, los monstruos de Joshua festejaban, alimentándose de su culpa, de su sufrimiento. La casa permanecía en silencio, pero el eco de los gritos de Emili resonaría por siempre en las paredes, un recordatorio constante de su pecado. Emili sería la siguiente de una larga lista, de sacrificios y el alma de Joshua estaba condenada a vagar en la oscuridad por toda la eternidad una vez más. en ese momento un último pensamiento cruzó su mente. Lo hago por ellos. Lo hago por el bien mayor. Aunque mi alma se queme en el infierno, los protegeré.