PRIMER ENCUENTRO CON SERGIO

402 Words
Capítulo 2: Las burlas de Sergio El aula estaba llena de murmullos. Era día de exposición y cada grupo debía presentar su trabajo de investigación frente a toda la clase. Brisa, como siempre, había preparado cada detalle con dedicación: gráficos claros, datos precisos y un discurso que transmitía pasión. Cuando llegó su turno, avanzó hacia el frente con pasos firmes. Aunque por dentro sentía ese cosquilleo nervioso en el estómago, sabía que había hecho su mejor esfuerzo. —Buenos días, profesores, compañeros… —comenzó con voz suave pero segura. En el fondo del aula, Sergio se reclinó en su silla con una sonrisa ladeada. Tenía planeado su momento. Mientras Brisa explicaba con claridad el funcionamiento del proyecto, él susurraba comentarios a los de su alrededor, lo bastante alto como para que ella los escuchara. —Miren cómo se luce la becada —se burló, aludiendo al hecho de que Brisa estudiaba gracias a una beca de excelencia. —Seguro ensayó frente al espejo toda la noche —añadió, provocando risas cómplices de algunos. Las palabras resonaron en los oídos de Brisa como pequeños golpes. Por un instante, su voz titubeó, pero respiró hondo y retomó con firmeza. No iba a darle el gusto de verla derrumbarse. El profesor Ramírez, sentado en primera fila, notó lo que ocurría. Su mirada seria recorrió el aula y se detuvo en Sergio, que bajó los ojos apenas un segundo, aunque volvió a sonreír con arrogancia. Cuando Brisa terminó, el silencio fue absoluto. Luego, un aplauso sincero estalló, encabezado por los profesores. El suyo había sido, sin duda, el mejor trabajo. Sergio, mordido por la rabia, murmuró con sarcasmo: —Claro, como si fuera la única inteligente aquí. Brisa giró apenas la cabeza hacia él, y por primera vez lo miró directo a los ojos. No con enojo, sino con algo mucho más fuerte: dignidad. —La inteligencia no se mide con notas, Sergio. Se mide con lo que haces con lo que sabes —dijo, sin alzar la voz, pero con firmeza. La clase entera quedó en silencio. Nadie se rió esta vez. Sergio no respondió; se limitó a cruzar los brazos, como si aquella frase hubiera dado justo en la herida que trataba de ocultar. Brisa volvió a su asiento con el corazón acelerado, sabiendo que esa batalla no sería la última. Pero también entendiendo algo nuevo: no siempre el silencio era la mejor respuesta.
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