Capítulo 3: Una voz que duele
El pasillo de la facultad estaba lleno de risas y charlas. Brisa caminaba con sus apuntes contra el pecho, buscando un rincón tranquilo para repasar antes del examen de la tarde. No le gustaba llamar la atención, pero su sola presencia, con esa mezcla de belleza natural y serenidad, parecía incomodar a algunos.
Ese día, Sergio no perdió la oportunidad. Lo esperaba apoyado contra una columna, rodeado de dos amigos que celebraban cada una de sus bromas.
—Ahí viene la enciclopedia con patas —dijo en voz alta, asegurándose de que Brisa lo escuchara.
—¿Por qué no nos firmas un autógrafo, cerebrito? —añadió otro, provocando carcajadas.
Brisa apretó los labios. Pasó de largo, sin detenerse, aunque sintió cómo un calor incómodo le subía al rostro.
—¿Qué pasa? —insistió Sergio, dando un paso al frente—. ¿No hablas con la gente común? O es que los de tu nivel solo saben hablar con los profesores.
Los demás rieron. Para Brisa, esas palabras fueron como un golpe seco. No por lo que decían, sino porque revelaban lo que él pensaba realmente de ella: alguien que no pertenecía, alguien “menos”.
Siguió caminando sin responder, pero cuando dobló la esquina y encontró un banco vacío, se dejó caer. Cerró los ojos con fuerza. ¿Por qué? se preguntaba. ¿Por qué tanta crueldad?
Ella nunca había hecho daño a nadie. Estudiaba, se esforzaba, respetaba. Y sin embargo, las burlas lograban perforar esa armadura de calma que intentaba sostener.
Por un instante, una duda se instaló en su mente: ¿Y si tienen razón? ¿Y si nunca voy a encajar aquí?
Una lágrima amenazó con deslizarse, pero la contuvo. Recordó la voz de su padre, que solía repetirle: “El verdadero valor no está en que no te derriben, hija, sino en que siempre te vuelvas a levantar.”
Brisa respiró hondo. Guardó los apuntes en su mochila y se obligó a sonreír, aunque le doliera. Sabía que si permitía que esa voz cruel definiera quién era, entonces perdería lo único que la mantenía en pie: su confianza en sí misma.
Mientras se levantaba para volver al aula, se juró en silencio que ningún insulto, por más doloroso que fuera, la haría abandonar sus sueños.
Lo que Brisa no sabía era que esa fortaleza silenciosa, esa manera de resistir aun cuando le dolía, sería lo que con el tiempo empezaría a cambiar algo en Sergio… aunque él aún no lo entendiera.