Capítulo 4: Refugio en los libros
La biblioteca de la universidad era el lugar favorito de Brisa. Entre estantes silenciosos y olor a papel viejo, encontraba la paz que el bullicio de los pasillos le negaba. Allí, nadie se burlaba de su manera de vestir, ni de su beca, ni de su dedicación. Allí, solo existían los libros, los sueños y el eco de su propia voz interior.
Ese día, después de otro episodio incómodo con Sergio y su grupo, se refugió entre las mesas del fondo. Extendió sus apuntes, abrió un cuaderno y comenzó a escribir. No solo fórmulas y teorías: escribía frases que le recordaban por qué estaba allí.
"El esfuerzo siempre da frutos."
"Lo que soy no lo define lo que tengo, sino lo que hago."
Cada palabra era un escudo, un recordatorio de que debía seguir adelante.
Los libros se convirtieron en sus mejores aliados. No eran simples textos para aprobar exámenes: eran puertas abiertas a otros mundos, espejos que le devolvían el reflejo de la mujer que quería ser. En cada página encontraba compañía, fuerza, e incluso respuestas a preguntas que no se atrevía a hacer en voz alta.
Mientras leía sobre grandes pensadores que habían sido rechazados en su tiempo, sintió un alivio. Ellos también fueron incomprendidos, y aun así dejaron huella. Quizá la clave no estaba en encajar, sino en mantenerse fiel a sí misma.
En ese silencio protector, Brisa se permitió sonreír. Allí, entre letras y notas, no importaba la voz cruel de Sergio ni las miradas que la juzgaban. Solo importaba su meta: terminar la carrera, convertirse en la profesional que soñaba ser y, sobre todo, honrar el sacrificio de su familia.
Lo que no sabía era que, desde la puerta de la biblioteca, Sergio la había visto. La observó inclinada sobre los libros, con esa expresión serena que él jamás había tenido. Y, aunque no lo admitiría ni ante sí mismo, algo en su interior se removió.
Porque mientras él vivía rodeado de lujos y ruido, Brisa encontraba fuerza en el silencio. Y esa diferencia lo desconcertaba más que cualquier calificación.