Capítulo 5: El profesor Ramírez
El profesor Ramírez era conocido por su exigencia. Pocos lograban obtener las máximas notas en sus exámenes, y su mirada seria intimidaba a más de uno. Sin embargo, detrás de esa fachada rígida había un hombre que valoraba algo más que los números: la vocación y la integridad.
Desde el primer semestre, Ramírez había observado a Brisa. Veía cómo llegaba temprano, cómo tomaba apuntes con dedicación y cómo ayudaba a otros compañeros sin esperar nada a cambio. También había notado las burlas que recibía, especialmente de Sergio y su grupo. Y aunque muchas veces prefería mantenerse al margen de los conflictos, comprendía que había momentos en los que un maestro debía intervenir más allá de lo académico.
Una tarde, después de clase, pidió a Brisa que se quedara. Ella, sorprendida, se acercó al escritorio con timidez.
—Señorita Brisa —dijo él, ajustándose los lentes—, he visto su desempeño y quiero felicitarla. No solo por las notas, sino por su manera de afrontar las dificultades.
Brisa se sonrojó. No estaba acostumbrada a recibir elogios directos.
—Gracias, profesor… trato de dar lo mejor de mí.
Ramírez la miró fijamente, como si quisiera asegurarse de que sus palabras quedaran grabadas en ella.
—Sé que no siempre es fácil. Algunos de sus compañeros no comprenden que la verdadera fortaleza está en la humildad y el esfuerzo. Pero créame, señorita, eso la llevará más lejos de lo que usted misma imagina.
Brisa sintió un nudo en la garganta. Era como si alguien hubiera escuchado sus pensamientos más profundos.
—A veces… me cuesta seguir adelante —confesó en voz baja.
El profesor sonrió con amabilidad.
—Es normal. Hasta los más grandes han dudado de sí mismos. Pero recuerde esto: el conocimiento que usted cultiva es un tesoro que nadie podrá arrebatarle. Y su carácter, señorita Brisa, es aún más valioso que cualquier título.
En ese instante, algo cambió dentro de ella. No era solo una estudiante esforzada; era alguien en quien incluso un maestro tan respetado veía un futuro brillante.
Al salir del aula, Brisa se sintió más ligera. Sabía que los comentarios de Sergio seguirían, que las risas no desaparecerían de un día para otro. Pero ahora tenía una certeza nueva: no estaba sola en su camino.
Lo que ninguno de los dos sabía —ni Brisa ni Sergio— era que esa confianza sembrada por el profesor Ramírez sería la chispa que, más adelante, desataría una de las competencias más intensas entre ellos.