Capítulo 7: Máscaras y verdades
El proyecto avanzaba, aunque no sin tropiezos. Brisa ponía el esfuerzo constante, mientras que Sergio parecía moverse entre la apatía y la molestia. Sin embargo, poco a poco, algo estaba cambiando.
Una tarde lluviosa, se quedaron solos en el aula vacía, revisando la presentación. Brisa había hecho casi todo, y el cansancio comenzaba a pesarle.
—Mira, Sergio —dijo ella con tono sereno, aunque firme—. Si no vas a aportar nada, dímelo de frente. Yo puedo terminar esto sola.
Sergio levantó la vista de su celular. La forma en que lo había dicho, sin enojo pero con determinación, lo descolocó. Nadie le hablaba así. Todos solían complacerlo o callar.
—No es que no me importe —respondió, algo más bajo de lo habitual—. Es que… bueno, supongo que no soy como tú.
Brisa lo observó. Esa fue la primera vez que notó un matiz distinto en su voz, como si detrás de la arrogancia hubiera algo más.
—¿Y cómo soy yo, según tú? —preguntó con calma.
Sergio se encogió de hombros.
—La chica perfecta. La que todos los profesores alaban. La que nunca se equivoca.
Brisa sonrió con tristeza.
—Te equivocas. Yo también me equivoco, Sergio. Solo que aprendí a no rendirme cuando pasa.
Él bajó la mirada, sin saber qué responder. Por un instante, la máscara de seguridad se agrietó, dejando ver algo más humano.
El silencio se alargó, roto solo por el golpeteo de la lluvia en las ventanas. Entonces Brisa, sin pensarlo demasiado, añadió:
—No entiendo por qué me odias tanto. Yo nunca te he hecho nada.
Sergio se removió incómodo. Su orgullo quería responder con sarcasmo, pero sus palabras salieron más sinceras de lo que esperaba:
—No es odio… Es envidia.
Brisa lo miró sorprendida. Él, al darse cuenta de lo que había dicho, apretó los labios, como si quisiera tragarse la confesión.
Pero ya era tarde. Por primera vez, Sergio había dejado caer parte de la armadura que lo protegía.
Brisa no dijo nada más. Guardó sus papeles en silencio, pero en su interior entendió algo: detrás de la soberbia de Sergio había un vacío que él no sabía cómo llenar.
Y, aunque aún no lo perdonaba, comenzó a mirarlo de otra manera.