Capítulo 8: El rumor cruel
Los pasillos de la universidad eran como un río: todo lo que entraba en él se esparcía rápido, sin detenerse. Y esa mañana, un murmullo comenzó a recorrerlos. Primero fue un susurro, luego una risa cómplice, hasta transformarse en un comentario repetido en cada esquina.
—Dicen que Brisa consiguió sus notas porque tiene “favoritismo” de los profesores… —comentó una chica en voz baja.
—Sí, que el profesor Ramírez le da ventajas —añadió otro, riendo—. ¿O creen que una becada de barrio pobre llega tan lejos sola?
Brisa, al escucharlo, sintió como si le hubieran arrancado el aire. Caminó más rápido, con los libros apretados contra el pecho. No necesitaba preguntar quién estaba detrás de ese rumor. Solo alguien como Sergio podía inventar algo así.
Lo enfrentó esa misma tarde. Lo encontró en el patio, rodeado de sus amigos, riendo como siempre.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó con voz temblorosa pero firme.
Sergio levantó una ceja, fingiendo inocencia.
—¿Hacer qué?
—Sabes de qué hablo. Ese rumor. Dijiste que mis logros no son míos, que dependo de otros.
Por un instante, Sergio dudó. Había sido él quien lanzó la mentira, movido por una mezcla de rabia y orgullo herido. Pero no esperaba que Brisa lo enfrentara delante de todos.
—Bueno… —sonrió con sarcasmo—, ¿no es raro que siempre seas la favorita? Digo, tanta perfección no existe, ¿no?
Algunos rieron. Otros bajaron la mirada, incómodos.
Brisa tragó saliva, conteniendo las lágrimas. Miró a Sergio directo a los ojos.
—La perfección no existe, tienes razón. Pero ¿sabes qué sí existe? El esfuerzo. Y ese nunca me lo podrás quitar, por mucho que inventes.
Dicho esto, se dio media vuelta y se alejó, con el corazón hecho pedazos.
Esa noche, en su cuarto, lloró en silencio. No porque dudara de sí misma, sino porque dolía que alguien intentara destruir lo que había construido con tanto sacrificio. Sin embargo, entre sollozos, se juró que ese rumor no sería su final.
Lo que Brisa no imaginaba era que, con el tiempo, esas palabras también volverían contra Sergio. Porque la mentira puede viajar rápido, pero la verdad siempre encuentra el camino para salir a la luz.