Capítulo 11: El premio soñado
El auditorio estaba lleno de estudiantes y profesores. Esa mañana se anunciaría quién representaría a la universidad en el Concurso Nacional de Innovación Académica, un evento donde solo participaban los mejores de todo el país.
Brisa estaba sentada en la tercera fila, nerviosa pero tranquila. Nunca había soñado con ser elegida; bastaba con ella poder estudiar y dar lo mejor de sí. Sin embargo, su trabajo, su constancia y sus valores habían dejado huella en todos los docentes.
El rector tomó el micrófono y, con solemnidad, anunció:
—Este año, la estudiante seleccionada para representar a nuestra universidad es… Brisa Fernández.
Un murmullo de sorpresa recorrió el lugar. Algunos aplaudieron con entusiasmo, otros guardaron silencio incómodo. Brisa, en shock, tardó unos segundos en reaccionar.
Se levantó con el corazón latiendo a mil, mientras todos los ojos se posaban en ella. Subió al escenario y recibió el diploma con manos temblorosas.
—Gracias… —dijo con voz suave—. Prometo dar lo mejor de mí, no solo por mí, sino por la universidad y por quienes creen en el esfuerzo y los valores.
Los aplausos resonaron fuerte.
Entre la multitud, Sergio la observaba con el ceño fruncido. No podía negar lo evidente: Brisa lo había logrado. La misma muchacha a la que había ridiculizado tantas veces estaba allí arriba, brillando más que nadie.
Pero en su interior, la envidia volvió a arder. ¿Por qué ella? se preguntaba. ¿Qué tiene que yo no tenga?
Al mismo tiempo, una pequeña voz lo inquietaba: Quizá lo que ella tiene es justamente lo que a ti te falta.
Esa dualidad lo consumía: admiración y rabia, respeto y celos.
Brisa, sin saberlo, estaba a punto de enfrentar la etapa más desafiante de su vida: no solo demostrar su talento ante todo el país, sino también resistir la presión, la envidia y las trampas que surgirían en el camino.
Porque un premio tan grande no solo atraía reconocimiento… también despertaba sombras.