A Silvia Lenfevre pudieron destrozarla hace casi cinco años tres miserables, pero una mujer no va a venir a pisotearla. Tras darle la cachetada la tomo del brazo y saco de mi casa porque no quiero pelearme dentro de esta con esa mujer, más si mis hijos están en el otro espacio, aunque Elvita los mantiene ocupados sé que el oído de ellos es muy fino. No quiero que escuchen palabras groseras o extrañas que puedan confundirlos. —Eso ve a decirle a tu marido, porque no soy yo la que busca estar cerca de él, menos entrar en su vida. Es él que quiere estar en nuestras vidas —me voy acercando a ella, mientras lo hago va reculándome—. Y no vengas a chingarme, menos a insultar a mis hijos, porque la próxima vez que lo hagas no solo sentirás el peso de mi mano, conocerás de lo que soy capaz cuando

