Capitulo VII
La marca de Osiris.
Y en el ala Éste, los sicarios ya orbitaban la ubicación de la ratonera que andaban buscando, aunque el Mustang rojo era muy elegante, era muy común ver autos deportivos y nuevos en aquella industrializada ciudad, ya que su frontera con Estados Unidos, hacia un hecho común que sus habitantes pudieran adquirir autos semi nuevos y lujosos a bajo costo, por el convenio de ciudades vecinas y las leyes especiales para las ciudades fronterizas en México, por lo que era muy fácil que pasaran inadvertidos.
- ¡Por el tridente de Neptuno! –dice el Gato. –Creo que nuestro romano es un maestro de esta escuela, porque no creo que sea un petrolero.
-Tranquilo minino, nuestros heraldos ya lo ubicaron en este punto y a esta hora, trae un Camáro azul, no es un maestro, pero si viene a dejar a sus romanitos.
- ¿Cómo que ya entraron todos los niños, no crees? Ya mero va a ser la hora del recreo.
Dice el Gato mientras vigilaban debajo de unos árboles el solitario estacionamiento y la puerta de entrada a la escuela, hasta que vieron a un Chevrolet Camáro azul, que daba la vuelta en el retorno de la avenida, para dirigirse a la escuela.
-Ya sabes que los heraldos del cártel de Osiris son tan exactos como los mensajeros de los mismos dioses, dejemos que se bajen los romanitos y le dejamos la marca de Osiris.
Dice el mataperros y en cuanto los niños bajaron del Camáro, los sicarios arrancaron pasando a un lado del lujoso auto deportivo, como asegurándose de ser vistos por el conductor, dieron la vuelta en el retorno y antes de que diera la vuelta hacia otra calle, aceleraron para rebasarlo y darle el cerrón, el conductor del Camáro al ver que estaba siendo interceptado, trató de usar su celular pero sin lograrlo, ya que el sonido seco del cristal de su ventana fragmentándose y la pistola del mataperros apuntándole a la cabeza, le quitaron toda la intención de hacer la llamada.
- ¡Apurémonos porque me parece que uno de los halcones (4) del cártel de Anzaldúas ya nos ubicó!
Dice el Gato al ver a un muchachito que con todo el aspecto de que no era un estudiante, sino uno de los mensajeros del cártel enemigo, corrió, al verlos interceptar intempestivamente al Camáro.
- ¡Este encargo será rápido, este es un mensaje de Osiris, estúpido romano! O pagas el sacrificio al Olimpo, o te mandamos al inframundo; ¡El Lunes te visitaran las Nereidas! ¿Eres zurdo o derecho? –dice Sergio amenazadoramente.
-Derecho. –dice el conductor del Camáro, nervioso y asustado.
- ¡Estás marcado! Y si no pagas el tributo, la próxima marca te la haré en la frente de uno de tus romanitos.
Dice Sergio sosteniéndole con fuerza la mano izquierda, contra el borde de la puerta, asestándole un certero disparo a quemarropa en el antebrazo que casi no se escuchó, ya que su propia piel sirvió de silenciador, y así, aquel par de sicarios salieron a toda velocidad, recorriendo rápidamente calles y avenidas, hasta que cruzaron la calle Río Purificación, la frontera de narco territorios, una calle tan angosta que apenas tenía un par de carriles en la mayoría de su trayectoria, pero tan larga que cruzaba por más de 8 colonias en aquella industrializada y violenta ciudad fronteriza.