Continuación del capítulo 3

1086 Words
Con el rostro gacho se dispuso a sacudirse algo que se guindó de su camisa, un insecto que hizo a un lado con un chasquido de sus dedos sobre la tela. Su frente brillante delataba lo exhausta que se encontraba y de no haber sido porque llevaba sus provisiones a cuesta se habría detenido a secarla con uno de sus impolutos pañuelos blanco. Tras un parpadeo volvió en sí y arremetió con el machete que empuñaba contra parte del matorral del camino. El roce con una roca llamó la atención de ambos y el sol surcando la vegetación hizo resplandecer el filo plateado de su cuchilla. Por un momento, el tigre, como conocía Diana a Carlos, se abrió camino a una distancia considerable, dejando tras suyo a una joven que intentaba sacudirse, mosquitos y vegetación de encima. Él iba adelante abriendo camino para ambos con el cuchillo, unificando sus ruidos con los propios de la selva. El viento sopla sigiloso hasta lucir ausente y crea en la piel un sudor pegajoso, los cuerpos apenas se sienten al transpirar. Diana, llevaba largo rato tras de él, estaba tan expuesto a su vista que fue inevitable detallar el contorno de sus brazos y piernas. Lucía atlético y al verlo se le vino a la mente aquellos jóvenes a quienes cada tarde iban a observar en el gimnasio de la universidad. Como si de hermosos maniquíes varoniles y con movimiento se tratase. Ella era la más discreta de sus amigas. La de fin de siglo. Así le llamaba Sonia su mejor amiga. Tiempo después dejaron de invitarla a sus tardes de distracción y de ojaleteo. Se reía al recordar por qué le llamaban tarde de Ojaleteo. «fácil amiga, O-j-a-l-e-t-e-o- —enfatizó para a continuación explicar— Ojalá tuviera ese vestido. Ojalá tuviera esa cartera. Ojalá pudiera viajar a Europa. Ojalá ese chico fuera mi novio… ¡ojalá! — era la expresión de manifestación de ansias y deseos por lo que se consideraba inalcanzable. Ese hombre con quien estaba adentrándose en plena Selva lucía corpulento. Su piel blanca parecía de la realeza porque en ocasiones cuando se fijaba en él, podía ver a trasluz el color verduzco de sus venas. Pero su voz interna la sacudía de inmediato. «¿Qué realeza, ni que ocho cuartos? Este montuno y salvaje debe ser el hijo abandonado de algún extranjero busca fortuna. Seguro, por extranjero no pudo vivir en el Callao así que se tuvo que quedar a vivir entre los monos y los reptiles y he aquí su resultado: El Tigre » . Su estatura excedía la suya en algunos centímetros, sus brazos fuertes podrían levantar dos veces su peso, lo podía intuir por sus bíceps marcadas sobre su franela. Era absurdo, pero no entendía por qué lo contemplaba y se ruborizaba al hacerlo. Pronto cruzaron un gran sendero rodeado de árboles gigantescos y en donde el monte era de menor volumen, Diana permaneció absorta en el camino de piedra en el momento que algo frío, escamoso y largo cayó sobre sus hombros. Desesperada gritó. Un alarido sacudió las entrañas de la selva, las aves escaparon en busca de cielo abierto mientras la víbora se enrollaba en su cuello. Una lengua serpenteante bifurcada, la hizo estremecerse y la palidez de su rostro acompañó el roce frío sobre sus mejillas. Gritó despavorida aferrándose a la cabeza del reptil en busca de retirarla de sí misma. —¡Quítemela! ¡Quítenmela, por favor!, ¡Quítemela! —suplicó al verse en las pupilas ámbar de aquel hombre. —¡Tranquila, no te muevas! Es sólo una tragavenado, cálmate. Cuidadosamente él la tomó entre sus manos, se apoderó de ella sujetándola estratégicamente, de la forma en que tantas veces lo habría hecho antes en el serpentario de la Universidad o en el centro Botánico o en la Selva. Dio algunos pasos con ella hasta una de las ramas distantes del camino, en donde la dejó libre. —¡Eso es lo malo de salir con mujeres!, además de flojas y cobardes, gritonas. ¡Cálmate! —La tomó de los hombros e intentó atrapar su mirada— era una simple serpiente tragavenados. Es inofensiva. Cálmate mujer ¡En la ciudad hay especies más peligrosas! —¡Es usted un insensato! —protestó y él se desboronó al ver como se vitrificaban sus ojos. Su cara se llenó de pucheros —¡Eso es una anaconda y todavía tiene la voluntad de dejarla libre! —reclamó mientras señalaba en dirección en donde la había dejado en libertad. —Por favor, señorita de las mil cabezas. Compréndame, Soy devoto de la ecología. ¿quiere usted que yo las masacre por salir a pasear en su hábitat cuando usted y yo somos los invasores? —Respiró hondo con una mano en el cinto y la otra frotando su cabellera. Pronto hizo ademán de hacer una plegaria al cielo para volver en sí. La sujetó de los hombros y con la yema de sus dedos la instó a levantar la mirada hasta poder verse en ellos. — ¿quieres reponerte? Cálmate, por favor. Necesitamos llegar pronto… Ella comprendió la petición en un tono de voz tan poco audible. Tuvo que exhalar aire. Respirar profundo un par de veces hasta reponerse. Resignada se dispuso a reordenar su cabellera y se las ató con un moño aún más alto para evitar que sus hebras quedaran sueltas. —¿No puede ir un poco más despacio? No se da cuenta de que no puedo seguirle el paso. Me duelen los tobillos, las piernas, todo. ¿Qué pretende usted? ¿Hacerme morir de cansancio? Ella iba a decir algo más, pero el arrebato de enojo de su guía de exploración al detuvo al instante. Su rostro contorsionado dejo ver las marcada líneas rectas de su mandíbula mientras sus ojos se encendían en un resplandor tenue. El machete con el que habría paso sesgo el aire hasta clavarse de forma transversal en un tronco.  —Pretendo no pasar la noche aquí, junto a serpientes venenosas y pirañas. ¡Sí, así como lo oye!, pirañas que aparecen en el pantano después de caída la tarde, así que si lo desea puede tardarse todo el tiempo que quiera y al anochecer te zambulles en las aguas, así las pirañas me harían un delicioso favor. —Anunció al señalar una mansedumbre única a pocos metros de ellos. —¡Maldito! —Murmuró, al adentrarse al camino que la conduciría al pantano. —¡Te estoy oyendo, muchachita!  
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