Fin del capítulo 3

1459 Words
Diana levantó los brazos para así, elevar un poco más su morral; presionaba su dentadura por el asco que le producía el color y la apariencia de esas aguas, logró desplazarse lo suficiente en el pantano, la humedad tocaba su pecho, y su silueta se veía decorada por la adhesión de su atuendo a las curvas femenina. A parte de pirañas era cierto que habitaban miles de especies extrañas que se deslizaban o planeaban entre las apacibles aguas, como serpientes, anguilas, sanguijuelas entre muchas especies más, sin embargo, Carlos no tuvo la gentileza de informar a la jovencita, así que ignoraba por completo lo que podría encontrarse en su recorrido.   Minutos más tarde cuando apenas había alcanzado la mitad de su recorrido un grito estruendoso se escuchó en el espacio y se disipó en la distancia como un aterrador eco. Algo caluroso se había adherido a su cintura y la quemaba enloquecedoramente, daba vueltas sobre sí misma, intentando ver lo que la lastimaba, por un instante perdió el equilibrio y cayó al fondo, el bolso la dominó y no podía salir del agua a pesar de la poca profundidad, había creado suficientes ondas en el agua para que cualquier depredador se percatara de la presencia de más alimento. Carlos, se dio cuenta de ello. —Otra vez ¡Oh, my God!, ¿Qué te hice hoy, para que me mandes tanto castigo? —Dio vuelta y regresó a paso presuroso a sacar del agua a su acompañante, sumergió su mano y sujetando su morral, la elevó hasta la superficie, ella apenas respiraba, estaba completamente mojada, él la tomó por su cintura y su espalda, se inclinó hacia ella y con el cuchillo que traía arrancó de su piel una cosa pegajosa que había aprovechado la salida de su camisa del borde del pantalón. La piel le había quedado irritada, Carlos sacó un frasco pequeño de la correa de su pantalón, lo destapó llevándolo a su boca y le dejó caer un líquido amarillo parduzco que la hizo gritar de dolor. Lo tapó de nuevo y lo regresó a su sitio. La chica, ahora llorosa, se reponía, pero no era el momento para pensar que todo había pasado. El zig-zag sigiloso de una larga especie verdusca se acercaba presurosa. Carlos miró a su entorno y las aguas se movían hacia ellos en dos direcciones. Apenas maldijo, dio la vuelta, miró hacia arriba en donde había algunos ramales, tomó a Diana de la cintura, la levantó sobre sus hombros y la obligó a colgarse de aquellas ramas. —¡Sostente! —ordenó, mientras tomando con braveza su cuchillo se sumergió en el agua. Desde las alturas Diana podía ver lo que pasaba, pero el miedo le impedía abrir sus ojos por largo rato. Parpadeaba y sus murmullos parecían plegarias. Carlos no podía tardar mucho en acabar con los caimanes porque si no sencillamente ellos acabarían con él y con su compañera de viaje, así que presuroso sujetó la larga mandíbula del primer caimán en acercarse y sin piedad alguna enterró y empujó su arma por completo en su blanquecino cuerpo y mientras presionaba sus dientes la deslizó en su interior desgarrando sus entrañas, al verlo sin vida lo arrojó a un costado y se dio vuelta para recibir el ataque del segundo caimán. Éste venía hacía él con gran velocidad y cuando estuvo cerca abrió su larga mandíbula deseoso de comérselo de un solo bocado. Carlos se zambulló bajo las aguas y llegó por debajo del animal desde donde lo tomó de la cola y lo arrastró bajo las aguas, no obstante, él buscaba desesperado su alimento, Carlos sujetó con más fuerza el cuchillo y también lo hundió en el cuerpo blanquecino de aquel triste caimán y al igual que el otro lo arrastró hasta desgarrar a su paso sus entrañas…   Un largo silencio amedrentó a Diana quien no se atrevía a abrir los ojos y mirar. La rama de donde guindaba traqueó con intenciones de resquebrajarse. Ella, sollozando, la presionaba aún más hasta que no pudo evitarlo. Debía llamarlo. —Carlos, no te escucho, ¿Dónde estás? ¡No me hagas esto!, ¡Por Dios Santo, no te mueras! De repente… —¡Oye, tú! ¿Te piensas quedar todo el día colgada como los murciélagos? Claro, sería mejor si te colgaras al revés. —sonrió.   Diana se soltó de la rama de donde colgaba y cayó al agua, en donde Carlos la sujetó para que no se sumergiera nuevamente, al hacerlo, ella se balanceó hacia él y le rodeó con sus brazos femeninos la cintura, repleta de municiones y frascos medicinales. Solloza, dejó sus lágrimas sobre el pecho del Tigre, quien sorprendido separó sus brazos, reacio a recibir así aquel extraño abrazo, producto quizás del desespero y el pánico de sentirse cadáver. —… No me odias lo suficiente por lo que veo. Diana le sonrió, separándose un poco de él. Habían estado tan cerca uno del otro, que Carlos no pudo evitar retenerla y fijar su mirada en ella, directamente a sus ojos verdes, él sujetó su carrillera y anidó con ambas manos su rostro, mientras secaba su humedad con el dedo pulgar de una mano. —¡Dios Santo! ¡Me encantan tus labios! — Acarició su cutis con su pulgar, luego el contorno de sus labios que le hizo sentir un estremecimiento inmensurable que desde hacía mucho tiempo no sentía. Diana también sintió un sobresalto interno que la hizo doblegarse ante él, y esto la atemorizó. No se había sentido así, antes. Su corazón latió muy aprisa y en respuesta a ello se alejó de él presurosa. Realmente temía de lo que estaba pasando con aquel montuno quien hasta hace pocos minutos le habría salvado la vida. Aceleró tanto su paso que muy pronto estaría cerca de la orilla. Carlos le seguía muy de cerca. Al pisar tierra firme libre de caimanes Diana se liberó de su morral e intento desvanecerse de rodillas en la tierra, pero antes de que eso ocurriera Carlos la sujetó de un brazo, la presionó contra su pecho y sostuvo su cuerpo sin candor alguno. Sin darse cuenta cuándo, su boca masculina había invadido la suya, besando sus labios y carcomiendo apasionado su paladar. Diana, no podía escapar de todas aquellas sensaciones de frío y de calor que estaba sintiendo con aquel beso, que parecía eterno. Carcomiendo el interior de su boca, delineó sus labios sobre los de ella y propagó sus besos apasionados por su mejilla y luego por su mentón. Su cuerpo viril se erizó y tal cambio atemorizó a Diana. La sensación de niña asustada le impresionó tanto que desistió de sus caricias en la cintura y la liberó por un instante. Apenas podía contemplar su rostro lacrimoso y contorsionado por los pucheros, mientras palpaba sus propios labios masculinos, sedientos de poseerla. —¡Dios Santo!, Jamás creí que existieran labios virginales. —Expresó sorprendido.     Diana, se ruborizaba, molesta por su irrespeto tomó su morral  del suelo y se alejó de él hasta apoyarse en un árbol de los alrededores, necesitaba reponerse,  pensar en lo que haría de ahora en adelante. Las hojas secas le alertaron que Carlos se estaba acercando a ella. —¡No se me acerque! —ordenó ella. —¿No te habían besado antes, ¿verdad? —¡Imbécil! —Murmuró ella, mientras mordía su puño derecho, como si evitara gritar. Carlos continuó sus pasos hacia ella haciéndola sentir impotente. Exhausta se aferró al madero del árbol y a su morral. —¿Qué quiere ahora? ¿comprobar que sí lo soy? ¡Canalla! Carlos la sujetó de los codos y la llevó hacia su cuerpo, cuidadoso intentó limpiar la humedad de su rostro, pero ella se opuso por completo. Logró zafarse y con pasos atrás lo amenazó. —¡Esto le va a salir bien caro, se lo juro, Carlos! —No importa. Por alguien como tú, pagaría con todo mi oro— Expresó con mirada prepotente.         Diana se encolerizó e intentó abofetearlo, pero Carlos detuvo su mano en el aire y la presionó con tal fuerza que la lastimó. —No, muchachita, nada de eso. No más bofetadas. Es mejor que guarde sus energías para el resto del camino. —Ahora entiendo su juego, “señor Carlos”, se está aprovechando porque sabe que estamos alejados del pueblo y porque solo usted conoce el camino. —Se equivoca, señorita. Usted es quien se ha aprovechado de mí, además ya se lo he advertido antes. En una ocasión le dije: que no tentara tanto al Tigre, porque le podía dar su zarpazo. —Usted me lo acaba de dar. —Murmuró con la mirada triste mientras se deshizo de una lágrima.    
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