Capítulo 4

1107 Words
El camino parecía eterno, mientras más avanzaban, mucho más rebelde era la vegetación y a ella se aunaba la rebeldía femenina de Diana quien ahora rechazaba y evitaba el más mínimo de los contactos. Esta actitud hizo recapacitar a Tigre, quien se arrepentía completamente de haberle robado aquel beso, porque con eso estaría corroborando las ideas equivocadas que la jovencita se habría hecho de él. Su buen concepto como hombre no existía en lo absoluto para Diana y eso parecía importarle mucho a Carlos, quien recapacitaba meditabundo durante el resto del camino. De seguro Diana lo estaría viendo como un animal salvaje capaz de satisfacer sus bajos instintos sin recato alguno y sin darle importancia a las sensaciones y sentimientos que ella albergase. Pronto, la noche cayó y la oscuridad sibilina mantenía en zozobra a Diana, quien sigilosa seguía los pasos firmes de aquel hombre impertinente y atrevido. En una de sus manos llevaba una linterna de baterías que le permitía visualizar la senda que Carlos abría a su paso con ayuda del cuchillo en mano, mientras ella no podía evitar sumergirse en una ardiente contienda con los insectos que planeaban hasta a aterrizar sobre su piel. —Nunca me había dejado atrapar por la noche. Todo esto ha sido por usted— Reprochó él. —¿Quiere dejar de culparme por sus idioteces?... ¡Nunca entenderé por qué usted se ha atravesado en mi camino!, pero ya verá, mañana al amanecer yo tomaré mi propio sendero. El oro debe estar en cualquier parte, pero usted con intenciones que desconozco, no ha deseado decirme nada al respecto. — No obstante, Carlos seguía adelante, sin detener el paso, mientras sonreía burlesco al escucharla. Minutos más tardes llegaron a un claro bordeado por una cerca de madera y en su interior había una casa hecha de cañabrava y palmas, de aspecto más deprimente que el de la casa de Efigenia. Él sonrió al instante en que se habría paso en el interior del claro iluminando el sendero rupestre con la tenue luz de la linterna. —Hemos culminado el viaje. Bienvenida a mi morada. —Dijo sin emoción alguna. —¿Qué? ¿Este basurero es su morada? —¿Basurero? ¿Dijo usted basurero, señorita? —puso la mano en la oreja y sacudió el pabellón un par de veces en un gracioso ademán de no poder escuchar.  Ajustó su vaina y se adentró en su rancho azotando a su vez la puerta de madera. Afuera el canto de los grillos, el croar de los anfibios; la noche espesa y el crujir de las ramas ante los pasos de cualquier felino al acecho, la idea de estar completamente sola causó en ella una sensación de zozobra inédita. Contempló el espacio, contempló lo que su capacidad visual a la sombra y penumbra le permitió. Salivó sin darse cuenta y el paso trago por su garganta la insta a un leve toser ante la sensación de ahogo ¿Tenía miedo? …¡Mucho! —Oiga, Carlos. No pensará dejarme acá afuera, ¿verdad? – Indagó dubitativa sin desistir de alumbrar hacia el corazón de la selva en donde solo distinguía sombras gigantescas de vegetación — Carlos, después de pensarlo un poco, no está tan mal su morada— trató de retractarse—Tiene un aspecto bastante pintoresco… Carlos, por favor —empezaba a suplicar entre susurros cuando de repente el calor abrasador de una mano con gran aprehensión la haló hacia el interior del rancho. —Hablas demasiado. Ten, úntate esto. Es un repelente para los insectos. Toma esta sábana y usa la bolsa de dormir que está junto a aquel baúl. Puedes acomodarte por ahí. Donde quepas—Dijo indicándole con el dedo índice los alrededores en donde podía acomodarse. Por unos minutos Carlos se alejó de la vista de Diana, más tarde regresó con el cabello mojado y el rostro escurrían e inundaba. Se había cambiado de atuendo y su aspecto era cada vez más seductor. Le arrojó una toalla a Diana y le dijo que atrás había agua para que se diera un baño y se cambiara de ropa. Diana aceptó, porque realmente no toleraba la idea de meterse en una bolsa de dormir olorosa a agua de pantano. Al cambiarse de atuendo regresó para meterse cuidadosamente en la bolsa de dormir luego que Carlos, le advirtiese que la revisara porque en ocasiones las serpientes buscaban las bolsas de dormir para pasar sus noches.   Carlos acomodó algunas cosas de las que traía del pueblo y finalmente se acercó a una mesa de cedro que de seguro habría hecho él mismo, tomó algunos cerillos que estaban sobre la mesa y encendió unos viejos candelabros que erguían tres velas deformadas por la cera derretida sobre ellas. Sus sombras se desparramaban sobre las paredes de cañabrava y palmas, mientras el amarillo de la vela, ahogada en el calor de su propia llama se agitaba al vaivén del viento que se filtraba de una pequeña claraboya que reposaba en la parte alta de una de las deprimentes paredes. Diana, no terminaba de entender qué estaba pasando con ella y por qué su mirada deseaba perderse en los pectorales y en los brazos de aquel montuno quien se había atrevido a robar uno de sus besos. Lo miraba desde el rabillo de su ojo, temerosa de ser capturada en su contemplación; de solo imaginar que él la sorprendiera observándolo con tal deleite, ella se ruborizaría. Pensó largo rato sobre las ideas de cambiar de ritmo de vida y sobre lo mucho que ansiaba lograr fortuna en otros lugares distantes a los suyos, recordaba lo convencido que estaba su padre —antes de emprender tan extenuante e incoherente viaje, al decir que no se era profeta en su propia tierra, justificando quizá sus incontables viajes sin progreso, suspiró mientras parpadeaba, hasta que definitivamente decidió sumergirse en la bolsa para dormir. Anidó junto a un costado del baúl que momentos antes Carlos, había abierto dejándolo luego caer por su propio peso, pero sin cerradura. Se dio vuelta e intentó descansar mientras se sumergía en la noctámbula contemplación de las paredes vacías y del techo de palmas. Mientras tanto Carlos tomó asiento en un viejo taburete al pie de la mesa, buscó una pieza de papel entre algunas carpetas, tomó un lápiz y una especie de mapa que momentos antes había sacado del baúl. —¿Estás dormida? —Quiso saber, sin dejar de dibujar lo que estaba haciendo sobre la pieza de papel. No levantó la mirada ni siquiera para satisfacer el deseo viril de verla dormir dentro de su bolsa de excursiones.
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