Continuación del capítulo 4 : Primer día en la casa de la selva

1360 Words
— Sí, Carlos. – Murmuró ella en tono de somnolencia. —¡Qué maravilla, eres sonámbula! —se burló— Ok! dos kilómetros al suroeste hay algunos yacimientos. Pocos garimpeiros lo trabajan. El oro está oculto, como tú lo dijiste: “donde menos lo esperas”, te estoy haciendo la réplica de un mapa. Te prestaré algunos cuchillos, un arma, algunas provisiones, una linterna de exploración, entre otras cosas. Será mejor que partas a las cuatro de la mañana, está bastante retirado de aquí. Te recomiendo sujetes lo más que puedas tu cabello y lo ocultes bajo este gorro. Lo dejaré sobre la mesa. También te prestaré un traje de los míos, será mejor que no uses prendas, corta tus uñas y mantén sucio tu rostro. Ella murmuró trémula, mientras subía y bajaba su rostro, luego lograr sentarse sobre la bolsa para dormir —¿Por qué tanto protocolo? —Porque eres mujer —Enfatizó sin desviar esta vez la mirada de sus propios ojos. Quedo, la observaba, analítico, voraz. Su lapicero daba giros entre sus dedos como un malabarista entre las cuerdas. Parecía escudriñar la mirada como quien desea saber sus pensamientos. Ella parpadeó desconcertada. —… Aquí en este lugar es mejor que te olvides de tu feminidad, hay muchos hombres más salvajes y sedientos que yo— Añadió irónico. —Le pido entonces, me despierte a esa hora, yo sabré cuidarme. — Dio vuelta y cerró sus ojos para dormir. Carlos meditó sin quitarle la mirada de encima. No hacía otra cosa más que preguntarse así mismo quién era en realidad esa arriesgada y valiente joven, así que por un momento no estuvo seguro de muchas cosas. No conocía su familia, ni su pasado, desconocía sus intenciones, pero estaba claro de su locura. Ella se acunó como un bebé en su bolsa para dormir y quiso imaginarla en una habitación dentro de un hogar con bata de algodón y pantuflas de minnie mouse. También la imaginó con traje formal cargando un portafolio rumbo a alguna empresa o institución en donde prestase servicios. Nada de lo que imaginaba podía comprobarse en ese instante, pero su nivel de cordura sí; y ese nivel de cordura le dictaba: “El no dejarla marchar sola. No la iba a dejar salir en esa loca aventura de buscar fortuna en esas inhóspitas tierras”. Retomó su postura para seguir escribiendo, pero era inútil, no hacía otra cosa más que hacer bailar el lápiz entre sus dedos, mientras recordaba plácidamente el momento en que acarició con su mano el delicado rostro para terminar descubriendo el candor de sus labios. El sabor de esa boca que le resultó tan deliciosa. —¡Qué chica! —murmuró—¡Sus venas son torrentes de rebeldía y pureza! «¡Maldita sea! es absurda la manera en que esta amazona, con ojos de niña ha venido a invadir mis pensamientos. ¿Ella? una mujer que tan solo se ha dirigido a mí en calidad de desprecio, fisgoneando el barro de las botas, pero no las medias que llevas dentro, alguien para quien solo soy un montuno…quizás si le dijera quien soy en realidad… Si me conociera un poquito no me consideraría tan insignificante y a lo mejor podría aprender muchas cosas a mi lado». Se puso de pie, se despojó de su camisa y se sumergió en otra bolsa para dormir. Al otro día se levantó e inmediatamente se dispuso a realizar sus labores de investigación de geología para su postgrado en Madrid y las de su sustento natural, a eso de las seis de la mañana el desayuno estuvo servido sobre la mesa, acompañado de algunas frutas y una totuma de agua. Un descuido suyo con las pesadas cacerolas hizo que Diana despertara sobresaltada. —¿Amaneció? ¡Cónchale, señor Carlos, necesitaba partir temprano! ¿Por qué no me despertó? ¡Ande, desee prisa, páseme el atuendo y las provisiones que me va a prestar, pronto por favor! —Gritó exaltada al darse cuenta que su anfitrión iba y venía de un lado a otro del rancho poniendo los platos sobre la mesa e ignorándola por completo. Al terminar de recoger las cacerolas caídas y el desorden de papeles sobre el taburete junto a la mesa, se dio vuelta hacia ella y le dijo en tono de reproche: — “En primer lugar se dan los buenos días, luego las personas civilizadas se levantan, lavan su rostro y toman asiento para comer”. Ella se sonrojó, avergonzada llevó su mano derecha hacia sus labios cubriéndolos como si se hubiese dado cuenta de su abuso y desconsideración para con él, quien no estaba obligado a hacer algo por ella. Apenada, pero también molesta bajó su mirada, ajustó el botón superior de su camisa y levantándose salió hasta los alrededores del rancho en donde encontraría algunos recipientes de agua. Lavó su rostro y dejó libre su cabellera por un momento, mientras tanto Carlos la observaba, de repente murmuró: — Oh, God! — Suspiró— Debí dejar que marchase. Esa mujer tiene algo que me enloquece y cerca de mí su pureza peligra. — Respiró profundo al verla de regreso —Dijo que me levantaría temprano, ¿Por qué no lo hizo? —Me di cuenta que no la detesto tanto como para mandarla a morir. —¡Qué absurdo! en lo último en que pensaría sería en morirme. —No importa lo que usted piense, ahora usted está bajo mi responsabilidad, así que está decidido: No deja este lugar y punto. —¿Qué dice? —Lo que escuchó señorita. No irá en busca de oro. —¡Ja!, ¡Fin de mundo!, lo que me faltaba. He viajado sola desde hace muchos años, crucé el país casi de polo a polo para venir hasta acá y ahora viene usted un súper hombre a decirme que es lo que tengo que hacer, prohibiéndome, a mí, —enfatizó señalándose a sí misma— continuar con esta odisea, entonces, dígame, ¿para qué decidió ayudarme a venir hasta acá? —¿A qué llama usted aventuras, señorita? - —¿Qué le interesa? ¡Al diablo con usted y sus consejos baratos! ¡Yo vengo a lo que vengo y listo! —Diana dio vuelta y se encaminó hasta la salida, así que Carlos molesto por su actitud la sujetó de un brazo, la haló hacia él, la detuvo en su frente y llevó su mano derecha hasta su rostro terso presionando sus mejillas sin candor alguno. Diana, medrosa lo miró a los ojos, mientras la presión de su rígida mano sobre sus mejillas hacía que sus labios se empinaran en forma de pico, silenciando su voz. —¡Al Diablo con usted señorita! Si quiere ir y perderse en la selva, hágalo, si quiere toparse con bestias de verdad que la obliguen a hacer cosas que luego le causen más vergüenza que un simple beso, hágalo, y tiene razón: ¿Qué me puede interesar usted? Lentamente liberó su rostro sin retirar aún la mirada de la de ella, se alejó y se dispuso a buscar y llevar consigo una escopeta que él mismo había fabricado en sus noches de escasa somnolencia y que solía usar para ir de cacería y defenderse de las fieras silvestres. Diana lo vio marcharse luego de azotar la ruidosa y destartalada puerta de madera, apenas se reponía del anterior enfrentamiento con quien ahora se convertía en una especie de raptor, y que no podía escapar por desconocer por completo las sendas silvestres que las condujeran a un lugar seguro, pero todo lo que estaba viviendo le resultó tan desconcertante y extraño, no terminaba de entender por qué su cuerpo temblaba al estar cerca de él, no entendía si era una especie de pánico o peor aún de impotencia al sentirse indefensa e ignorante en cuanto a vivencias en la selva, sin embargo, esas extrañas sensaciones de frío y calor que en ocasiones la hacía cometer errores o realizar movimientos absurdos, como cuando cayó de la hamaca en casa de Ifigenia, no la iba a doblegar ante un montuno como Carlos.
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