Madison parpadeó un par de veces, asimilando el video que tenía al frente de ella. La voz de su madre era dulce, algo baja y melodiosa. Amanda estaba sentada en una silla, justo en la misma habitación donde estaba la niña. Se veía realmente joven -quizás de unos 17 o 18 años- y tenía su cabello corto hasta sus hombros. Tenía un bonito vestido floreado celeste pastel y su panza había crecido -a comparación de cómo la tenía en la foto-
—«Encontré esta vieja cámara y los VHS en mi habitación, así que estaré grabándote algunas cosas y te los enseñaré cuando seas más grande» —Amanda volvió a hablar, esta vez observando y acariciando su panza —«Hoy por fin supe que voy a tener una niña» —murmuró. —«Aún debo pensar en un nombre» —acotó con una amplia sonrisa. Luego, calló un momento.
—«Tu padre no está muy contento, pero no importa, yo estaré contenta por los dos y te amaré con todo mi corazón; lo prometo» —expresó con otra sonrisa y nuevamente miró a la cámara.
—«Espero que cuando estés viendo esto no haya roto mi promesa. Porque no importa lo que haya sucedido, siempre voy a amarte, mi bebé»
Madison volvió a sentir un nudo en su garganta y sus ojos se llenaron de lágrimas. Había tanto amor en los ojos de Amanda, que le dolió mucho que no estuviera con ella. Dolió saber que se había ido para siempre.
Le dolió tanto que Robert le hubiera quitado la oportunidad de ser amada por su madre.
El sonido de la puerta cerrarse sobresaltó a Madison. La menor velozmente apagó el televisor y lo cubrió con la sábana. Con rapidez agarró la libreta y salió de aquella habitación, dirigiéndose a la que era suya. Su cuerpo tembló ligeramente mientras guardaba ese mediano objeto con anotaciones en su mochila.
—¡Madison! —la voz potente de Robert retumbó por todo el lugar, nuevamente sobresaltando a la niña ¿La había visto? —No me hagas ir por ti —advirtió el hombre. Madi rápidamente se levantó de su lugar y caminó hacia el pasillo para asomarse por el barandal.
—¿Sí? —susurró observando hacia el individuo. Lucía serio y quizás algo enojado. Ya no estaba con Charlotte y aquello la alivió un poco —Ve a poner la mesa para la cena —Y con eso comenzó a caminar hacia su oficina.
Madison soltó un suspiro y empezó a bajar las escaleras. Esperaba que nadie entrara a ese cuarto y observara que había un VHS puesto en el reproductor, aunque lo dudaba, parecía que ese lugar no había sido limpiado en años.
Al día siguiente, la niña despertó con el bichito de la curiosidad picando su anatomía. No había dormido mucho el día ayer, simplemente se dedicaba a pensar en Amanda y en su melodiosa voz.
"Hayley, mi madre me amó"
La menor se levantó de la cama y se estiró. Domingo era su último día ahí, así que debía aprovecharlo al máximo, debía ser astuta y escabullirse nuevamente al cuarto para poder ver más del video y las demás grabaciones. Todo sería más sencillo si pudiera llevarlos a su casa. Ya pensaría en un plan.
Se dio una relajante ducha, se cambió y luego decidió salir a desayunar. Aún era muy temprano, así que esperaba no cruzarse con Robert y que ya se hubiese ido a trabajar.
Exitosamente logró servirse su desayuno y comerlo sin interrupciones, la casa estaba en completo silencio y aquello lograba relajarla. Mil veces prefería estar a solas que con Robert merodeando por ahí.
La niña lavó el plato y vaso que había utilizado, y guardó los ingredientes sobrantes que había usado para su desayuno. Rápidamente subió al segundo piso y fue a cepillarse los dientes, preparándose mentalmente para entrar otra vez al dormitorio de Amanda.
Pero sus planes se vieron interrumpidos.
Frunció el ceño cuando a lo lejos escuchó un gruñido. La casa estaba en total silencio, así que podía escuchar los quejidos de aquella persona
"¿Robert?", pensó al percatarse que la voz gruesa le pertenecía a un hombre.
La niña siguió la voz con algo de curiosidad y preocupación ¿Qué estaba sucediendo? La menor siguió caminando hasta que se paralizó en su lugar al ver en dónde se encontraba: el pasillo que Robert le había prohibido entrar.
Madison se tensó al escuchar un alarido de dolor. Algo había amortiguado el grito, pero aun así podía saber claramente que alguien se había lastimado. La niña comenzó a caminar, pensando que podía ser su progenitor. De hecho, Robert le importaba muy poco, pero tampoco podía dejarlo morir. Y si era él quien estaba gruñendo y quejándose de ese modo, algo grave estaba sucediendo. ¿Acaso debía llamar a la policía?
La niña comenzó a caminar hasta el final del pasillo, encontrándose con una puerta un poco más grande que las demás. La menor se armó de valor y, con mucho cuidado y sigilo, comenzó a girar el picaporte de aquel lugar.
Entreabrió ligeramente la puerta, sólo para ver lo que ocurría y si debía pedir ayuda o algo así. Sin embargo, lo que sus ojos le mostraron, casi le hizo gritar de la impresión y miedo; pero se cubrió la boca con su mano para evitar hacer cualquier ruido.
No, ese definitivamente no era Robert.
—¿Vas a hablar o, aquí mi buen amigo Saúl, debe seguir? —la voz de su progenitor salió más gruesa de lo normal.
Madison se quedó quieta en su lugar, frente a ella aquella horrorosa escena que la había dejado paralizada.
Robert y un desconocido -que debía ser a quien había llamado Saúl- de quizás de la misma edad de su progenitor, estaban de pie frente a otro desconocido más joven de piel oscura, que estaba sentado en una silla con sus muñecas y tobillos atados a esta.
El rostro del más joven era casi irreconocible, estaba tan golpeado que su ojo derecho estaba completamente cerrado por lo hinchado y morado que se encontraba. Sangre salía de sus pómulos, nariz, cejas. Tenía cortes y sangre en sus desnudos brazos y parecía que no estaba del todo consciente. Madison también observó que en cada uno de sus muslos había dos cuchillos clavados, traspasando su pantalón.
¿Por qué lo estaban haciendo aquello? La niña entendía que lo estaban torturando, y un nerviosismo y temor recorrió su pequeña figura. Sabía que debía largarse de ahí, pero sus extremidades no respondían, estaba completamente conmocionada.
Aquel tal Saúl se movió un poco y agarró algo de la mesa cuadrada con rueditas, Madison observó que ahí había varias herramientas: destornilladores, alicates, tijeras, cuchillos, y otros objetos más que la niña no conocía el nombre, pero sabía que causarían mucho dolor. El hombre agarró una especie anillos pegados, justo para los cuadros dedos sin incluir el pulgar, se lo colocó y volvió a posicionarse frente al chico.
—¿Prosigo, jefe? —escuchó aquella gruesa voz de Saúl. Lo que más le aterró a la niña fue la sonrisa que se asomó en el rostro de ese alto y robusto desconocido cuando el más joven lo observó con terror al percatarse de aquel objeto entre sus dedos.
—Claro, Saúl. Estamos aquí para divertirnos —La siniestra voz de Robert se escuchó por todo el lugar.
—Perfecto, jefe; pero tenemos compañía —Madison sintió la sangre irse de su cuerpo, sintió sus músculos tensarse de sobremanera, sintió terror puro cuando Robert clavó su oscura mirada en ella.
La niña ni siquiera pudo retroceder a tiempo, pues Robert ya había abierto completamente la puerta y estaba de cuclillas frente a ella agarrando sus muñecas con brusquedad. A pesar de lo furioso que sus ojos se mostraban, tenía una sonrisa en su rostro.
—Querida. —Madison sentía que colapsaría en cualquier momento. Sus piernas estaban temblando del miedo que sentía y su estómago estaba hecho un nudo. —¿Viniste a unírtenos?
Su pregunta la desconcertó y la hizo reaccionar ligeramente.
—Yo...Yo...—intentó explicarse.
—Entra, podrás ver el espectáculo en primera fila.
—No —negó con la cabeza —Quiero irme —susurró.
—No fue una sugerencia —El hombre se colocó de pie y la tomó de su brazo, casi arrastrándola hacia el centro de aquella mediana sala. Era de color gris, sombría, con una luz amarilla iluminando el sitio. No había decoración, sólo estaba la mesa, unas sillas de metal y unos estantes donde había herramientas y armas.
—¿A quién tenemos por aquí? —Saúl volteó a su dirección y la observó, había una escalofriante sonrisa en su rostro.
—Quiero irme, Robert, esto no me gusta —Madison trató de sonar firme, pero sus palabras salieron en un susurro cargado de temor.
—¿Cómo me llamaste? —Sus ojos se oscurecieron aún más y su agarre en su abrazo fue más fuerte.
—Quiero irme, padre, esto no me gusta —repitió, corrigiendo su aparente error.
—Mi querida hija, tú sola llegaste hasta aquí, incluso cuando te prohibí la entrada a este pasillo; ahora verás lo que Saúl hará con mi amigo Jonathan. —Su voz sonaba calmada, pero aquello aterrorizó más a la niña, porque sabía que no estaba para nada tranquilo.
—¿Por qué...Por qué lo estás lastimando?
—Por no querer responder a mis simples preguntas. Siempre hacen todo más complicado.
—No sé nada —La voz débil de Jonathan se escuchó por primera vez, Madison apenas logrando escucharlo.
—Claro que sí sabes. Sólo debes decirme una simple contraseña y te dejaré libre. No es difícil, chico —Esta vez la voz de Robert salió irritada y con molestia.
Entonces, le hizo un ademán a Saúl, y el primer golpe resonó por todo el lugar. Madison pudo jurar que escuchó algún hueso de su rostro romperse mientras sangre salpicaba por todos lados.
El grito de la niña se mezcló con el alarido del muchacho de piel oscura.
La pequeña quiso salir de ese lugar cuanto antes, pero Robert la sostenía fuertemente del brazo.
—Me quiero ir. Me quiero ir —la ojiverde susurró como pudo, luego de unos minutos de ver las atrocidades que Saúl cometía.
No podía seguir viendo como lo golpeaban de esa forma. Quería dejar de escuchar los gritos lastimeros de aquel chico. Había tanta sangre, había tanta violencia que estaba segura de que tendría pesadillas.
—Si no coopera, termínalo Saúl. No nos sirve —expresó Robert y decidió que era momento de irse.
Madison quiso mover sus extremidades para avanzar junto a su progenitor, pero se había dado cuenta que estas no le respondían. Estaba paralizada con los ojos abiertos, sintiendo su respiración tornarse ligeramente irregular. La conmoción era tanta que no había podido seguirle el paso, incluso si lo que más quería era correr muy lejos de esa espantosa escena.
Escuchó el suspiro algo irritado de Robert y rápidamente sintió ser alzada por debajo de sus brazos. Madison quiso protestar, pero de su garganta no salió palabra alguna y, la verdad, estaba segura de que no daría ni un solo paso por su cuenta sin colapsar contra el suelo.
El hombre simplemente comenzó a caminar con ella en brazos y la niña apoyó su frente en el hombro de aquel individuo. Imaginaría que era Barry, imaginaría que era el castaño quien la estaba consolando.
La menor no pudo evitar liberar un casi silencioso sollozo por aquella atroz escena que ese individuo la había obligado a presenciar. Nunca había visto algo parecido, ni siquiera los golpes que Flash recibía se comparaba con los que recibió aquel chico. Eran tan brutales, se veían tan dolorosos y sus alaridos era algo que recordaría vívidamente por un tiempo. Además, no pudo creer que no vio ningún tipo de compasión ni remordimiento en aquel ser llamado Saúl o en Robert; para él era más importante cualquier información que ese tal Jonathan debía darle.
Su pequeña cabeza estaba hecha un lío.