Capítulo 5

4456 Words
A Madison no le cabía en la cabeza cómo Robert y el otro hombre habían podido ser tan crueles y despiadados con ese muchacho. Dos chasquidos fuertes a unos centímetros de su rostro le hicieron perder el hilo de sus alocados pensamientos. Se dio cuenta de que Robert la había colocado en el piso y ahora estaba frente a ella, de pie. Su intimidadora altura y mirada la hicieron estremecerse. —Madison ¿me estás escuchando? —demandó saber el hombre, cruzándose de brazos. La niña pareció salir completamente del transe y observó a su alrededor, dándose cuenta de que estaban en la oficina de aquel individuo. La menor se alarmó, no sucedían buenas cosas cuando estaba en ese lugar. —Lo siento yo... —Él negó levemente con la cabeza. —No pienses que esto quedará así. —advirtió —Si en esta casa rompes una regla y, sobre todo una de esa magnitud, serás disciplinada. —¿Vas a hacerme lo mismo que a él? —preguntó en un susurro, derramando las lágrimas acumuladas en sus ojos. Su progenitor soltó un suspiro y se colocó de cuclillas frente a ella. —¿Acaso piensas que soy un monstruo? ¿Cómo crees que voy a hacerle algo como eso a mi querida pequeña hija? —Robert agarró su muñeca y la acercó más hacia él —Eres una Hartford, claro que no puedo hacerte algo como eso. No soy un sádico —El sujeto había sonado calmado, incluso había una pequeña sonrisa ladina en su rostro. Entonces, Madison sintió que su progenitor limpiaba las lágrimas de sus mejillas con su pulgar y sólo pudo sentir repulsión. »Pero no creas que alguno de esos amiguitos tuyos están a salvo —continuó, alarmando de sobremanera a la niña —Si ellos o tú me dan un motivo, tenlo por seguro que estarán en la misma posición que mi amigo Jonathan —el hombre advirtió, esta vez con un semblante totalmente serio, sosteniendo su barbilla firmemente —¿Entendido? ¿Sería capaz de hacerle eso a Barry, a Caitlin, a Cisco, a…cualquiera de su familia? Algo dentro de ella le decía que sí. —Entendido, señor —susurró con mucho terror. —Bien, ahora que hemos aclarado ese tema, debemos hablar de tu castigo —Su progenitor le dio dos leves palmaditas en su mejilla, más como si de dos toques se trataran, y se levantó. —No lo volveré hacer, por favor —intentó a que la dejara en paz. —Claro que no lo volverás hacer, me aseguraré de eso, querida —Robert se apoyó en su escritorio y cruzó sus piernas estiradas una sobre la otra. —Moreau me comentó cómo solía disciplinarte y... —¿Conoces a Moreau? —La niña se quedó quieta en su lugar, procesando lo que acababa de decir. —¿Qué te dije de interrumpirme? —Lo lamento, es solo que me sorprendió —murmuró y agachó la vista ligeramente. Escuchó un suspiro algo irritado por parte de ese ser, pero él prosiguió: —Sí, fue ella la que me contactó y me explicó tu caso, Madison. —La niña elevó su cabeza para encararlo, algo sorprendida por la nueva información, y apretó sus puños con fuerza. Esa mujer siempre tenía que arruinar su vida, incluso estando encerrada en una cárcel de máxima seguridad. —Por eso sabes de mis poderes —Madison pensó en voz alta. —La mujer no se guardó ningún detalle. Déjame decirte que está tan furiosa contigo que, si te tuviera al frente, no dudaría en matarte —acotó, encogiéndose ligeramente de hombros. Esta vez Robert pudo ver el miedo reflejados en los ojos de su hija. »Pero descuida, para eso estoy yo, tu padre, no dejaré que te toque ni un cabello. Eres muy valiosa —la última parte lo dijo en un tono de voz más bajo. »En fin, como te estaba diciendo, ella me explicó de los castigos que te daba. Pero pienso que algunos fueron algo descuidados. Así que tendré que usar los de tu abuelo. —informó. La asustada niña retrocedió cuando Robert avanzó hacia ella. El hombre rodó los ojos, pero no se le hizo para nada difícil agarrar a Madison del brazo, voltearla, rodear su pequeña cintura y cargarla. Cuando los brazos y piernas de la niña quedaron en el aire, la pequeña comenzó a removerse del agarre de Robert. —¿Qué haces? Suéltame —La menor golpeó con sus palmas el brazo del individuo que la tenía sujeta. —¡Ya basta! —gritó un furioso hombre. De inmediato, la niña dejó de moverse por la ferocidad de la voz de aquel ser. —Aumentaré tu castigo por aquel berrinche e irrespetuosidad —informó y siguió caminando hasta aquella puerta que Madison vio la primera vez que había entrado a su oficina, pero que Robert no se molestó en explicarle que había detrás. Ahora, lo descubriría, pero hubiese querido con todas sus fuerzas no haberlo hecho. El individuo giró el picaporte aún con ella en brazos y Madison comenzó a removerse. Era un mediano cuarto, quizás sólo un poco más grande del cuarto de castigos que había en el sótano del orfanato, donde solían dejarla golpeada y sin comida. —No, no Robert. Por favor —la niña susurró al examinar el lugar. No había absolutamente ningún adorno, ninguna decoración, ningún mueble. Las paredes eran de color negras y solo había un pequeño foco en el techo que iluminaba el lugar, porque tampoco había ventanas. Sólo había un pequeño orificio rectangular con una r*****a en lo alto de la pared por donde pasa la ventilación. Y, más abajo, había una rectangular repisa pegada a la pared. Madison se horrorizó al ver lo que había sobre aquella repisa. Un cinturón grueso de cuero de color n***o perfectamente doblado, una vara larga muy delgada de madera y otra más pequeña. »¿Qué vas a hacerme? Me portaré bien, por favor. El hombre la dejó en el piso y se colocó nuevamente de cuclillas frente a ella, sosteniendo sus hombros. —Respira —murmuró Robert con una tranquila y casi relajante voz —Cálmate —indicó en el mismo tono. La niña tomó una profunda respiración y lo observó con ojos llorosos. Ya no había furia en los ojos de su progenitor. Quizás la había perdonado, quizás simplemente la había llevado a ese lugar para asustarla. »Bien, ahora solo harás lo que te ordene. —Pero... —Tú te lo buscaste —respondió el hombre. La niña se impacientó y su cuerpo se tensó —Yo solo voy a corregirte, porque debo asegurarme de que obedezcas todas mis reglas en un futuro. —Sólo entré porque pensé que...que estaba ocurriendo algo malo. Lo juro —explicó la niña con rapidez, esperando que la perdonara. —No quiero más excusas —el hombre replicó, colocándose de pie. —No es... —Arrodíllate —ordenó Robert, señalando el piso en el medio de esa habitación. —Por favor, no hagas esto —suplicó la menor. —No me hagas repetirlo, porque no quieres que yo lo haga por ti Madison tembló en su lugar, pero al final le hizo caso. No había escapatoria. »Siéntate sobre tus talones. —La niña obedeció. —Ahora, coloca las palmas de tus manos contra el suelo, a cada lado de tu cuerpo —ordenó mientras desabrochaba el cinturón que rodeaba su caro pantalón de vestir. Madison abrió los ojos al darse cuenta de lo que haría con aquel objeto. Moreau solía usar su cinturón contra ella. Sí, no la hacía arrodillarse en el suelo, pero aquello sólo eran detalles, el propósito era el mismo: hacer su piel arder y doler, hacer que su piel quedara marcada. —No, no, por favor, seré buena niña —La menor se movió, intentando alejarse de aquel ser. —¡Regresa a tu posición! —Madison negó levemente con la cabeza. Robert agarró el castaño cabello de la niña en un puño y la colocó en la posición que le había ordenado hace unos segundos atrás. »Muévete otra vez y no te gustará lo que te haré —amenazó y soltó su cabello con brusquedad. La ojiverde comenzó a llorar en casi silencio, implorando a que alguien la salvara, implorando a que el hombre no usara aquel objeto contra ella como lo hacían en el orfanato. Estaba aterrorizada y no podía dejar de revivir los recuerdos de los golpes que recibía en ese sitio. Robert le haría daño como ellas. »Agradece que usaré mi cinturón que es mucho más liviano que el de la repisa. Es tu primer castigo severo, así que seré cuidadoso. —No lo hagas. Te lo pido. —Querida, terminaré lo antes posible —expresó ignorando las súplicas de su hija, doblando el cinturón en dos —Créeme, me duele más a mí que a ti; pero aquí no harás lo que tú quieras. El hombre no la dejó responder, porque enseguida sintió el primer golpe del cinturón en su espalda baja. La niña soltó un sollozo cuando el segundo cayó. Agachó su cabeza e imploró a que su tormento terminara, a que la perdonara. »Iba a darte seis, pero serán ocho por hacerme un berrinche hace un rato —indicó —No te muevas o aumentaré la cantidad, Madison —advirtió, volviéndola a azotar en el medio de su espalda. Esta vez la pequeña soltó un alarido. La niña sabía que Robert no estaba usando toda su fuerza, pero eso no quería decir que no doliera, eso no quería decir que no sintiera cada uno de los golpes que le estaba propinando. —Ya no más —susurró entre llantos —Duele. —Quiero que cuentes estos tres últimos seguido de un «lo siento» La menor hizo lo que aquel horrible ser le ordenó, sintiendo aquellos duros golpes en su pequeña espalda. Tenía puesto solo un polo de manga corta, pero, aun así, sabía que su piel estaría roja y, quizás, quedarían algunas marcas. —Ocho. Lo siento —susurró la niña cuando el último golpe llegó. El hombre se volvió a colocar el cinturón y se arrodilló frente a su hija, que seguía llorando fuertemente; su cabeza estaba aún más gacha mientras sentía su espalda arder. —Oh, querida, ya pasó. Shh —Robert la sostuvo por debajo de sus brazos y la trajo hacia él, envolviéndola en un abrazo. Madison sintió mucha rabia por aquel acto, pero no se opuso a sus aparentes amables caricias -nuevamente imaginando que era Barry que le estaba acariciando el cabello- El hombre la sostuvo contra él hasta que la menor dejó de llorar con tanta fuerza, hasta que sólo lágrimas silenciosas cayeron por su rostro. »¿Aprendiste la lección? —preguntó, separándola ligeramente, esta vez su seria voz hizo estremecer a Madison. —Sí, señor —susurró luego de un momento, sin saber qué hacer, sin saber cómo escapar de sus garras. —Quiero unas disculpas —demandó. La niña se mordió el labio inferior, debatiendo consigo misma un momento. ¿Por qué debía disculparse? Había sido él, quien la había lastimado, herido. La severa mirada que le dio el hombre le hizo tragarse su orgullo y desprecio, y moduló aquello que él quería escuchar: —Lo siento. —Lo siento ¿qué? —Señor. —Trata otra vez —Su agarre se endureció y Madison casi sisea por el nuevo dolor. —Lo siento, padre. Odiaba que la obligara llamarlo de ese modo, odiaba esa palabra. —Eso es, hija mía. Bien, ponte de pie. Madison lo observó un momento, no sabía si podía hacerlo, sus piernas estaban como si de gelatina se tratasen. Sólo quería que su espalda dejara de doler y de arder, pero sabía que aquello no sucedería hasta después de unas largas horas. »Ahora —ordenó con voz muy seria. La niña detestaba aquellos cambios bruscos de humor. Un minuto estaba bien y al otro no. Era muy confuso para ella, era irritante y sus emociones se entreveraban. La castaña obedeció, apenas y sosteniéndose con sus propias piernas. Como Robert seguía sentado sobre sus talones, la niña ahora era más alta que él por unos pocos centímetros, así que agachó su cabeza para observarlo. »Te dejaré aquí unos minutos para que pienses en lo que hiciste y en lo que sucederá si lo haces de nuevo —informó y la menor abrió ligeramente los ojos. —Ya me castigaste, no me dejes aquí, por favor —pidió —No me gustan los espacios pequeños. —Si te gustaran los castigos, no aprenderías nunca —Colocó un mechón de cabello detrás de su oreja —Sé buena niña y quédate quieta —El hombre se levantó del suelo y comenzó a caminar hacia la salida. —No, no, por favor —Madison avanzó hacia su dirección, pero el sujeto ya había cerrado la puerta tras de él. »No, Robert, déjame salir —La menor trató de abrir el picaporte, pero este ya estaba con llave. —Robert, te lo pido —golpeó la puerta con sus puños, desesperada por salir. Aborrecía estar encerrada en un espacio como ese. —¡Padre! —gritó, esperando que, por usar ese término, la perdonara y la dejara salir; pero no hubo respuesta alguna. La niña comenzó a llorar sintiendo que se asfixiaba. Rodeó todo el lugar tratando de distraerse, comenzó a contar los pasos que daba y, cada vez que llegaba a una esquina, tomaba una respiración profunda. Su espalda no dejó de doler en ningún momento y aquello la impacientaba aún más. "Te necesito, Barr" La niña cayó sobre sus rodillas y comenzó a sollozar con más fuerza cuando la media hora transcurrió y no había rastros de Robert ¿Cuánto más la dejaría ahí? ¿Sería como en el orfanato? La puerta fue abierta desprevenidamente, haciendo sobresaltar a la ojiverde que estaba hecha un desastre en el piso. La niña quiso retroceder al saber que Robert se acercaba hacia ella, pero no le quedaban las fuerzas necesarias para realizar aquella acción; además que su espalda comenzaba a doler aún más. El roce de su ropa contra la piel irritada era una pesadilla. —¿Aprendiste la lección? —volvió a preguntar, Madison seguía con la cabeza gacha sin tener la energía para alzar la vista y encararlo. —Sí, señor —moduló bajo, esperando que la haya escuchado. Robert frunció el ceño y de inmediato se colocó de cuclillas frente a ella. —Mírame cuando te hablo —demandó, agarrando la barbilla de su hija, obligándola a verlo. —Lo siento, señor —La menor comenzó a llorar con más fuerza sin poder evitarlo. Quería ir a la habitación que le había dado y alejarse lo más posible de Robert. Escuchó un suspiro irritado por parte del hombre, pero, para su sorpresa, él la sostuvo por debajo de sus brazos y la cargó. »No, déjame ir, por favor —susurró entre sollozos, removiéndose para tratar de que la bajara ¿Qué iba hacerle ahora? —Quieta —Intencionalmente, Robert, pasó con brusquedad la palma de su mano por la espalda de su hija, lastimándola en el proceso. Aquello hizo que la niña dejara de removerse y se quedara inmóvil en sus brazos. Con aparente delicadeza, su progenitor hizo que Madison recostara su cabeza en su hombro. La menor no protestó, sólo siguió sollozando, por suerte él ya no estaba tocando su adolorida espalda. »Cálmate, Madison —murmuró el hombre —Mira cómo estás —Robert acotó, esta vez moviéndose de lado a lado, un momento —Tu castigo ya terminó, así que todo está bien. —acarició su nuca mientras caminaba fuera de ese cuarto y subía las escaleras al segundo piso —No me hagas volver hacerte esto, mi querida hija —El hombre la había sentado al borde de su cama y él estaba de cuclillas frente a ella, limpiando sus lágrimas con delicadeza. Luego de un momento, prosiguió a desamarrar las zapatillas de los pies colgantes de Madison y se las sacó, dejándolas a un lado. Su acción asombró a la pequeña, pero no iba a protestar por temor a que su estado de humor cambiara y le hiciera daño otra vez. »Para la próxima debes ser buena niña, así no debo corregirte. Se que no te gustan mis castigos, pero toda niña desobediente merece un poco de dureza —expresó —A mí tampoco me gusta castigarte, pero tú te lo buscaste, querida —aquel hombre murmuró aquellas manipuladoras palabras confundiendo ligeramente a la niña. Su progenitor besó su frente y la castaña lo observó un momento. Cuando Robert decía esa clase de cosas en ese amable tono, lograba hacerla dudar un poco ¿Acaso ella en verdad se lo merecía? "Bueno... si no hubieses entrado a ese lugar..." "No, Barry dijo que nadie podía golpearme" "¿Segura que decía la verdad? »Es más, he sido blando contigo, porque eres mi bella y pequeña hija —El individuo negó levemente con la cabeza —Tu abuelo te hubiera hecho sangrar, ese hombre no tenía piedad. —Pero me duele —susurró Madison sin poder contenerse —Robert, duele mucho. —¿Qué? —Él alzó una ceja y Madison supo su error, enmendándolo con rapidez. —Padre, duele mucho —dijo otra vez, haciendo un puchero y sus ojos llenándose nuevamente de lágrimas. Otro suspiro por parte de su progenitor y luego se levantó su posición. —Recuéstate boca abajo. —No...No más, por favor —La niña lo miró asustada. —Shh, tranquila. Sólo recuéstate. —Per... —Ahora, Madison —Nuevamente su tono severo apareció y la menor no le quedó de otra que recostarse boca abajo, apoyando su mejilla en el doblez de su brazo y liberando otro sollozo. La niña limpió sus lágrimas que nublaban su visión y frunció ligeramente el ceño al ver al hombre salir con un pote circular mediano en su mano derecha, y nuevamente se colocaba de cuclillas frente a ella. —¿Qué es eso? —preguntó con temor y voz pequeña. —Como cumpliste con todo tu castigo, te recompensaré —acotó —Cuando mi madre estaba viva, solía ayudarme con las heridas que yo había hecho que mi padre me diera —contó, aunque más para él que para ella. —¿Tu madre? —la niña se atrevió a preguntar. Robert se encogió de hombros. —Sí, aunque luego, la muy perr... la muy no inocente mujer, se largó y nos dejó a mí y a tu abuelo. Y sólo tenía 16 años —comentó, negando levemente con la cabeza. Madison intuía que su progenitor no había tenido una buena infancia, pero con ello no podía excusarse de las cosas que le estaba haciendo, porque Barry tampoco había tenido una muy grata niñez y nunca le había levantado una mano o amenazado. »Bien, dejemos de hablar de mí. Ahora, voy a subirte el polo para poder colocarte esta pomada. —Pero pudo hacerlo sol... —No fue una pregunta —habló seriamente. La niña sólo pudo dar un pequeño asentimiento con la cabeza y el hombre prosiguió a realizar su acción. Robert subió su polo hasta un poco más arriba de la mitad de su espalda. Las marcas del cinturón se notaban con claridad, había rayas del ancho de aquel objeto de color rojas y se veían irritadas; quizás quedaría una marca morada en la parte baja de su espalda. Aunque su progenitor no se inmutó por lo que vio. Madison se movió un poco cuando sintió la fría pomada contra su piel. Era algo cremosa y transparente. En segundos soltó un quejido porque comenzó a arder, pero, conforme Robert frotaba el medicamento, comenzó a sentirse bien. Sorprendentemente el hombre estaba siendo cuidadoso y amable al frotar la pomada. —No —Madison habló con rapidez cuando su progenitor intentó bajar su polo. —Déjalo así, por favor —agregó lo último velozmente cuando otra severa mirada estaba clavada en ella. Al parecer al hombre no le gustaba que le dieran ordenes, por más minúsculas que fueran. —Bien —susurró, cerró el pote de la pomada y lo dejó en la mesa de noche. —Puedes tomar una siesta —indicó de repente, sorprendiendo ligeramente a la niña. La menor lo observó un momento e hizo un pequeño asentimiento. Estaba exhausta. La castaña volteó su cabeza para dejar de observar a Robert y cerró los ojos. En ese momento quería más que nunca su peluche de conejo, pero no lo había llevado, así que sólo abrazó la almohada. Madison se tensó cuando sintió que Robert comenzaba a pasar sus dedos por las hebras de sus cabellos, pero poco a poco no pudo evitar relajarse. Nuevamente se encontró imaginando a Barry acariciando su cabellera. Entonces, no perdió el tiempo en dejarse arrastrar a la inconsciencia. ------------ ­—Madison —escuchó a lo lejos aquella irritada voz. —Despierta —exigió, esta vez moviéndola del hombro. La menor abrió los ojos de golpe cuando se dio cuenta que no estaba en su habitación en la casa de Joe. —¿Qué pas...? —intentó preguntar cuando sintió el dolor en su espalda —Auh —se quejó sentándose sobre la cama. —¿Te duele? —preguntó de repente Robert, colocándose de cuclillas frente a ella. Madison, ahora, estaba unos centímetros más alta que él, así que agachó ligeramente la cabeza y lo miró frunciendo el ceño. —Sí —susurró su respuesta ¿Acaso se arrepentía? —Bien, así recordarás lo que sucede cuando rompes una regla —concluyó, y Madison se golpeó mentalmente por tener una diminuta esperanza de que él se sintiera mal por lo que le había hecho. »En fin, ten —Robert le entregó su celular —En cinco minutos ese chico viene a recogerte —La menor observó el reloj. Wow, ya casi eran las seis ¿tanto había dormido? Ni siquiera había almorzado y se sorprendió de que Robert no la hubiera despertado. De igual modo no le importó, tampoco hubiese tenido apetito para almorzar. »No debo recordarte de que debes mantener la boca cerrada sobre las cosas que suceden acá ¿verdad? No quiero gente hablando de mí ni de mis métodos para corregir a mi hija. —No diré nada —susurró. —Claro que no dirás nada —Robert le mostró una pequeña sonrisa y prosiguió a sacarle el brazalete—, o ya sabes lo que puede suceder —advirtió, esta vez con una expresión dura —Ahora, rápido, alístate y espéralo en la sala de estar —Con esas últimas palabras, Robert salió de la habitación y la niña lo perdió de vista. Madison soltó un suspiro, bajó de la cama y se colocó sus zapatillas. Su espalda seguía doliendo, pero era mucho menos a comparación de hace unas horas. Con cuidado se colocó su casaca y se preparó mentalmente para ver a Barry. Aunque tenía muchas ansias de verlo, no podía dejar de pensar que nuevamente debía mentirle y ocultarle qué era lo que aquel hombre le había hecho. Debía simular que todo andaba bien cuando en realidad, poco a poco, se estaba hundiendo. No se molestó en colocarse la mochila, simplemente la agarró del aza y comenzó a bajar las escaleras intentando no moverse mucho, pero de igual modo tuvo que obligarse a acostumbrarse al dolor, tal y como lo hacía en el orfanato. El timbre sonó al minuto y Madison fue corriendo hacia la puerta principal. Robert no estaba por ningún lado, así que fue ella la que abrió. Siempre era así, su progenitor no salía a recibir a Barry por algún motivo que a ella no le importaba; pero para Madison era mejor de ese modo, así no había encuentros incómodos entre ambos. —Bar... —Madison calló de inmediato y toda su felicidad por ver al chico se esfumó —¿Joe? —pronunció al verlo de pie frente a ella. Él nunca iba a recogerla, quien siempre lo hacía era el ojiverde —¿Dónde está Barry? —Madison no quiso que él notara la decepción en su voz, pero no supo si había hecho un buen trabajo. El hombre hizo una mueca, dándose cuenta de la expresión de la niña. —Quería hablar con Cisco, así que fue a buscarlo a su departamento —explicó —Pero descuida, nos dará el alcance en la casa. —La menor soltó un débil suspiro sintiendo ligero enojo. Se suponía que recogerla era algo entre ella y Barry, ahora el castaño lo había arruinado. —Oh, bueno, no importa —La niña se encogió de hombros, tratando de mostrar indiferencia. Salió de la casa y cerró la puerta tras de ella, traspasando a Joe y comenzando a bajar las escaleras del pórtico de aquella mansión. El hombre negó levemente con la cabeza, haciendo una nota mental en decirle a Barry que nunca más perdiera el momento de recoger a la niña. Ella había tratado de esconder su rostro cargado de tristeza, pero Joe no se había dejado engañar. —¿Robert no está? —preguntó al darse cuenta de que no había salido a despedir a su hija biológica. Madison se tensó ligeramente ante la mención de su progenitor. —Sí está —murmuró mientras seguía caminando —Solo que está trabajando en su oficina. Siempre se despide de mí antes de que vengan a buscarme, porque está ocupado haciendo unas llamadas del trabajo —La menor se encogió de hombros, implorando a que el hombre le creyera. Aunque no había mucho problema con Joe. Si ella ponía una buena actuación, él no indagaría. Ahí el problema podía ser Barry, pero en ese momento no le importó, porque solo pudo pensar que se perdió su hora para recogerla por ir hablar con Cisco. Sí, sabía que estaban en malos términos, sabía que estaban peleados, sabía que Barry estaba haciendo todo lo posible para enmendar las cosas; pero ambos eran un poco tercos. Sobre todo, Cisco. Desgraciadamente el velocista no podía viajar al pasado y salvar al hermano del pelinegro, Dante, y ninguno parecía poder llegar a algún acuerdo. Pero Barry pudo haber escogido otra hora, otro día. Madison subió al auto de Joe y mordió su mejilla interna con fuerza para no soltar un quejido de dolor cuando su espalda chocó con el respaldar. Joe no hizo otro comentario más, sólo encendió el auto y comenzó a manejar por las calles de Central City.
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