Ya era jueves por la noche y Madison ya tenía un plan. Estaba echada boca arriba en su cama viendo el techo con las luces apagadas. Por suerte, los golpes que le había propinado Robert, poco a poco se habían ido desvaneciendo durante esos días. Se las había arreglado para no demostrar dolor cada vez que estaba cerca de su familia, además de evitarlos lo más que podía. Sólo quedaba un moretón verdoso en la parte baja de su espalda, pero las marcas rojizas ya no estaban.
Era su hora de dormir, pero no podía hacerlo por estar pensando en un sinfín de cosas. En toda la semana también había pensado en cómo podía terminar de ver las grabaciones que su madre había dejado en esos VHS y, al final, decidió que debía verlos en su laptop cuando nadie estuviera cerca.
Había buscado en internet si era posible convertir los VHS a formatos de video más actuales, y había cantado victoria cuando supo que sí se podía; pero se había desanimado un poco al saber que una persona experta en el tema debía hacerlo. Sabía que Cisco podía lograrlo, pero no quería contarle a nadie sobre los videos hasta verlos uno por uno, hasta saber lo que contenía. Además, sentía que era como un secreto entre Amanda y ella.
Entre su madre y ella.
El plan de la pequeña era algo riesgoso y simplemente debía esperar hasta el sábado para poder ejecutarlo. No había podido hacerlo durante la semana, porque no quería que Barry o alguien más se enterara, así que aprovecharía la ausencia de Robert en las mañanas para realizarlo.
Soltó un suspiro y se echó de costado. Tenía fuertemente sujeto su peluche contra su pecho mientras trataba de pensar en otra cosa que no sea ese pobre sujeto de nombre Jonathan -el tipo que Robert y Saúl habían torturado- Había sido una semana difícil, honestamente. Los recuerdos de lo ocurrido en casa de Robert no dejaban de atormentarla. Había tenido pesadillas dos días seguidos, pero siempre que Barry iba a despertarla y a consolarla, la niña simplemente le decía que no recordaba lo que había soñado.
La menor cerró sus ojos y comenzó a tararear una de las canciones que tenía en su celular con la intención de distraerse y poder dormir. Hasta que, en algún punto de la noche, consiguió conciliar el sueño.
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Era viernes por la tarde y Madison estaba frente a la mansión junto con Barry a su lado. Cuando el chico se había enterado de que debía dejarla un día antes de los días acordados con el juez, se enfureció; pero el Trabajador Social le había explicado que no podía hacer nada, ya que era algo que Robert había pedido encarecidamente.
—Allen, gusto en verte —Madison escuchó la voz de Robert luego de que abriera la puerta.
—Vendré por ella el domingo a las cuatro —indicó un aparente calmado Barry.
—¿Y a qué se debe ese horario?
—Tú estás quitándome la oportunidad de estar con ella toda una tarde —informó.
—Bueno, bueno, está bien —El hombre alzó las manos en son de paz —Pero que no se te haga costumbre, joven Allen —Madison pudo percatarse de la mirada oscura que Robert le dedicó a Barry por encima de esa pequeña estúpida sonrisa que tenía en su rostro.
La niña podía cortar la tensión del ambiente con tijeras si lo quisiera. Unos segundos en silencio más y Barry se agachó hasta la altura de Madi, dejando un casto beso en su frente.
—Nos vemos, cariño —La niña simplemente asintió y vio cómo el muchacho caminaba hacia la salida.
—Entra —ordenó su progenitor cuando la menor no hizo ningún ademán para entrar a la mansión. Realmente no quería entrar, no quería estar casi tres días viviendo junto a Robert; pero no pudo hacer otra cosa que hacerle caso. No podía negarse, no tenía opción.
»Bien —expresó su progenitor cuando cerró la puerta principal de la casa —Ve a tu habitación, deja tu mochila y espera a Charlotte ahí.
—¿Charlotte? —cuestionó la niña con duda mientras estiraba su muñeca para que Robert le colocara aquel brazalete que bloqueaba sus poderes.
—Celular —El individuo estiró su mano en su dirección y la menor tuvo que contenerse en rodar los ojos. No quería que el hombre la lastimara, así que, sacó el celular del bolsillo de su overol que tenía puesto, y se lo entregó. —Charlotte irá a decirte qué te pondrás.
—¿Qué tiene de malo lo que tengo puesto?
—Madison, ve —La seriedad en su voz la hizo tensarse. Sin decir otra cosa más, la ojiverde comenzó a subir las escaleras.
"Maldito, idiota", pensó apretando los puños. Estaba harta de la forma en cómo la trataba, en cómo le ordenaba cosas como si fuera un animalito, estaba harta de sus estúpidas reglas.
La niña dejó su mochila sobre la silla del escritorio y se tiró boca arriba en la cama, soltando un suspiro cargado de frustración. No sabía quiénes vendrían a la cena, pero si eran socios o compañeros de Robert estaba segura de que no serían las mejores personas.
Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando Charlotte irrumpió en la habitación. Madison se sentó de inmediato y la observó frunciendo el ceño. La mujer tenía un vestido pegado de cuello V, la prenda le llegaba hasta unos pocos centímetros más abajo de la rodilla y era color hueso; una sofisticada correa negra gruesa rodeaba su delgada cintura. Su cabello rubio esta vez tenía hondas. Dos aretes de aro, que seguramente valía fortunas, colgaban de sus orejas y tenía unos tacos altos de aguja de color n***o.
Madison estaba segura de que su vestimenta costaba mucho dinero. No se veía para nada mal, pero la niña no se veía usando algo como eso ¿Tacos? Pensaba que nunca los utilizaría, incluso por muy baja que fuese.
La mujer la observó de forma aburrida y se adentró aún más a la habitación, dirigiéndose al enorme armario.
"¿No te enseñaron modales, tonta mujer?
—No uso vestidos —la niña habló por primera vez cuando la mayor, luego de unos minutos de buscar entre aquellas costosas prendas, sacó un vestido.
Era de color verde oscuro, de cuello ovalado y con finos estampados de pequeñas flores en la parte de adelante. Era de manga larga, algo entallado en la cintura, pero de abajo caía suelto, probablemente le llegaría a unos pocos centímetros más arriba de la rodilla.
—Aquí no importa lo que quieras usar. Robert me aseguró que te pondrías lo que te diera, así que no quiero escuchar tus objeciones —la mujer habló seriamente, caminando hacía donde estaba sentada la menor y dejó el vestido sobre el colchón.
Charlotte siguió rebuscando el armario y encontró unas balerinas negras con un delgado listón en la parte de arriba, las agarró y las colocó al pie de la cama de la niña.
»Vístete, volveré en diez minutos para peinarte —Madison no tuvo tiempo ni de protestar, ya que la mujer salió del cuarto, cerrando la puerta tras de ella. Nuevamente se hizo silencio hasta que la pequeña soltó un bufido y se cruzó de brazos.
No se pondría un estúpido vestido, estaba bien como estaba.
—Estúpida mujer —insultó muy bajo y no hizo el ademán de moverse.
Diez minutos exactos transcurrieron y Madison seguía en la misma posición. De pronto, se sobresaltó ligeramente cuando la mujer volvió a entrar sin tocar la puerta.
—¿Por qué no estás cambiada?
—Ya te dije, no me gustan los vestidos —habló y se encogió de hombros —Puedes escogerme un pantalón o no sé, tú eres la que sabe de moda —expresó calmadamente.
—¡Robert! —Su voz chillona retumbó por todo el lugar. Madison cubrió sus oídos unos segundos, por la fuerte voz de la mujer. ¿Qué demonîos? —¡Robert! —repitió luego de un momento sin obtener respuesta por parte de su novio.
—¿Por qué estás llamando a Rob...? —Madison no terminó de hablar, porque el hombre ya se encontraba bajo el marco de su puerta.
—Char ¿Qué sucede? ¿Por qué gritas así? —había irritación en su tono de voz.
—Amor, no quiere ponerse lo que le di —acusó, señalando a Madison y haciendo un extraño puchero.
"¿Es en serio?" "Es una adulta y se está comportando como una berrinchuda niña", pensó Madison mientras rodaba los ojos mentalmente.
—Le dije que no me gusta usar vestidos, puede elegir y darme otra cosa —la menor aseguró y trató de mantener la calma, pero su cuerpo se tensó cuando Robert clavó su vista en ella. Ahora lucía algo enojado.
—¿Vas a dejar que haga lo que ella quiera? —Escuchó nuevamente la voz chillona de la mujer ¿Acaso Charlotte la odiaba?
—Pero puedo us...
—Char, déjanos un momento a solas —masculló su progenitor y el cuerpo de la niña se tensó aún más.
Una petulante sonrisa se formó en el rostro de la nombrada y, besando los labios de su novio, salió de la habitación.
—Robert, en verdad no es para tan...
—Ven aquí —demandó con seria voz señalando un punto inexistente en el piso, a solo centímetros delante de él.
—Pero...
—¡Ahora!
Madison sintió un escalofrío recorrer su anatomía y el temor fue creciendo sin poder evitarlo. No tuvo otra opción que bajar de la cama y hacerle caso. La pequeña se posicionó donde le indicó y colocó una mano sobre la otra delante de ella, no atreviéndose a subir la mirada para encararlo.
»¿Qué te dije de llamarme así? —masculló con irritada voz.
—Perdón —susurró la niña, jugueteando con sus dedos. Escuchó que su progenitor soltaba un suspiro y luego respiraba profundamente.
—Querida ¿por qué no quieres obedecer? —Su voz no había salido tan dura, pero ella no podía confiarse, los estados de humor de él eran demasiado cambiantes.
El hombre se colocó de cuclillas frente a su biológica hija y agarró con algo de fuerza su pequeña barbilla para obligarla a que lo observara.
—No es eso, simplemente que...que no uso vestidos —Se armó de valor para responder aquello. La mirada furiosa del hombre clavada en la suya le hacía querer encogerse en su sitio hasta desaparecer.
—No estás entendiendo, Madison —El individuo pasó sus dedos por las hebras del castaño cabello de la niña —Acá haces lo que te ordenamos. No me importa si no te gusta, simplemente obedeces y ya.
—No quiero usar un vestido —El agarre de Robert se intensificó ante esas palabras.
—Vas a ponértelo, Madison.
—Me haces doler —se quejó en un susurro cuando el hombre jaló con más fuerza su cabello. La expresión de su progenitor se endureció y la menor quiso más que nunca alejarse de él.
—¿O quieres que te lo ponga yo? No tengo ningún problema en hacerlo, pequeña hija —expresó con seriedad zarandeando ligeramente el cuerpo de la niña —¿Huh? ¿Qué eliges, entonces? Porque de una u otra forma llevarás puesto ese vestido. —Madison colocó una mano sobre la de Robert que estaba en su nuca, intentando que la soltara.
La estaba lastimando, tirando fuertemente de su cabello.
—Me lo pondré yo —murmuró al borde de las lágrimas —Por favor, suéltame —susurró. Robert la observó un momento y la soltó. Madison sobó la zona afectada y miró hacia el piso.
—No me gustan las niñas caprichosas, hija mía —El hombre habló en un tono más suave —Quiero que te cambies rápido, mandaré a Charlotte en cinco minutos y de ahí te espero en mi oficina ¿Entendido?
—Sí, señor.
—¡Mírame cuando me respondas! —demandó el mayor, sobresaltando a la ojiberde por la fuerte voz. Madison alzó la vista y tembló en su lugar. —Sé una buena niña y no tardes. Discutiremos este comportamiento, luego.
Robert no dijo nada más, se enderezó y comenzó a caminar hacia la puerta, cerrándola tras de él. La menor limpió unas cuantas lágrimas acumuladas en sus ojos y se apresuró a cambiarse. Madison quería gritar de la frustración que sentía. Odiaba sentirse tan débil, odiaba que el hombre la manejara como a una marioneta, odiaba temerle, odiaba tener que obedecerle.
Tomó una respiración profunda y trató de tranquilizarse, trató de dispersar aquellas emociones. Entonces, comenzó a colocarse aquella prenda.
Madison caminó hasta el enorme espejo donde podía ver su cuerpo completo y contempló su reflejo. Sentía que era otra persona con el vestido puesto. Se sentía incómoda con esa prenda, la verdad no le gustaba para nada tener que usar algo como eso, entonces, velozmente fue hacia el armario y buscó algún short; encontró lo que quería y se lo colocó, era más corto que el vestido así que no se notaba que tenía puesto algo debajo.
La puerta fue abierta cuando terminó de colocarse los zapatos, y observó a la mujer entrar. Sus tacones resonaban contra el piso mientras la observaba con la misma expresión de antes. ¿Por qué hacía todo eso si parecía no gustarle estar junto a la niña? ¿Acaso Robert le había pedido a su novia que se acercara a ella? ¿Quería impresionarlo?
—Ven aquí —la mujer demandó, estaba de pie frente a la cómoda donde había unos pequeños cajones y un espejo.
La niña caminó hasta el lugar y Charlotte la sostuvo del brazo, colocándola frente a ella, Madison dándole la espalda. Gracias al espejo la niña podía ver el reflejo de ambas, la mujer estaba detrás de ella; le sacaba casi una cabeza y media, así que podía observarla a la perfección.
—¿Qué vas a hac...? —la menor no terminó de preguntar, ya que Charlotte sacó un peine de los cajones y comenzó a pasarlo por su cabello.
—Quédate quieta —exigió. El cabello de Madi estaba un poco enredado, pero a la mujer no le importó usar la fuerza para deshacer esos nudos.
—Auh —se quejó la castaña cuando la rubia le jaló el cabello con el peine. Charlotte no se inmutó por el quejido de dolor de la menor y siguió peinándola. Luego de un momento, le hizo una media cola y le colocó un listón del mismo color que el vestido.
La mujer la sostuvo de los hombros y la giró para ver lo que había hecho. —Ahora sí, estás presentable, como una niña de verdad —acotó y Madison frunció el ceño.
La pequeña se sentía como una niña de verdad, incluso si no tuviera puesto vestidos o faldas ¿Qué demonîos le sucedía a la mujer? Charlotte la juzgaba con estereotipos que imponía la sociedad. Madi se juró a ella misma que nunca sería como esa mujer.
»Robert te espera en su oficina, así que ve —ordenó, señalando la puerta de la habitación. La mayor sonó irritada, así que la niña no le quedó de otra que comenzar a caminar hacia la oficina de aquel ser.
¿Qué quería de ella?