Capítulo 7

3740 Words
Los nervios de la castaña estaban por los cielos. No sabía muy bien por qué Robert la quería en su oficina, pero nada bueno salía cuando iba a esta. Se armó de valor y le dio dos toques a la puerta. Cuando su voz desde adentro le dijo que pasara, Madison dio una respiración profunda y se obligó a entrar. Robert le dedicó una mirada desde donde estaba sentado, cerrando su laptop y alzando ligeramente una ceja. —¿Ves? Charlotte tiene buen gusto —La ojiverde se quedó de pie en medio de la oficina, esperando alguna clase de indicación, porque no sabía qué exactamente hacer. —Es incómodo —Madison susurró para ella, observando el vestido que tenía puesto. —¿Qué dijiste? —la niña se golpeó mentalmente por abrir su boca. ¿Por qué tenía que haberlo dicho en voz alta? "Estúpida" —Nada —murmuró. —Ven aquí —el individuo ordenó, haciendo una señal con su dedo índice mientras retrocedía unos centímetros su silla del escritorio y giraba a su derecha. La niña sintió un nudo en su estómago y los nervios se intensificaron, pero no le quedó de otra que comenzar a caminar hacia él. Madison se posicionó unos centímetros delante de Robert y lo observó con cautela unos segundos. El sujeto, que seguía sentado en su silla, se cruzó de brazos y clavó su intensa mirada en ella. »No me está gustando tu actitud —indicó, su dura voz resonando por todo el lugar. —No entiendo por qué me estás obligando a usar este vestido —Madison respondió sin poder contenerse. Mordió unos segundos su labio inferior y no se atrevió a encararlo. —Es una cena importante. Las niñas usan vestidos, así que tú vas a usar uno —expresó sosteniéndola de la muñeca y obligándola a que adelantara unos pasos, ahora estaba de pie casi entre las piernas Robert —No sé por qué estoy explicándome. Ya te dije que eres mi hija y harás todo lo que te ordene. Así de simple. —Agh —gruñó con exasperación —Eres... Eres malvado —comentó en un susurro. "¡Maldición ¿puedes callarte?!" —Hoy te levantaste con ganas de responderme ¿eh? —La voz de Robert se endureció —¿Pero sabes qué, hija mía? Tengo el método necesario para corregir esa actitud. Madison se alarmó ante las palabras de su progenitor ¿Por qué tuvo que responderle aquello? Pero había sentido tanta frustración por las palabras de él. ¿Por qué se empeñaba en controlarla de esa forma? ¿Por qué no la dejaba decidir? ¿Por qué no podían tener una conversación decente sin que él perdiera los estribos? El hombre abrió un cajón y comenzó a rebuscar algo, encontrándolo luego de unos segundos. Madison retrocedió unos pasos. —Robert, lo siento. Me portaré bien —Toda la valentía que había tenido hace un momento, se había esfumado y, ahora, sólo quedaba aquel sentimiento de temor cuando vio lo que el sujeto tenía entre sus manos. —¿Qué te he dicho de usar mi nombre? —masculló. —Padre, me portaré bien —dijo nuevamente —En serio, lo prometo —habló con urgencia, implorando a que Robert la perdonara. —Acércate —ordenó y la niña negó con la cabeza. Aquello pareció enfurecer más a su progenitor —No me hagas ir por ti, Madison —advirtió y la pequeña tuvo que obedecer. Cuando estaba lo suficientemente cerca, Robert la agarró de la muñeca y la posicionó delante de sus rodillas mientras que, con su otra mano, sostuvo aquella vara delgada y de madera de no más de 25 cm de largo. »No me gustó que desobedecieras a Charlotte y que hicieras un berrinche por este bonito vestido. No me gustó el tono que usaste para hablarme hace un rato. No me gustó tu actitud de hace un momento —Robert listó aquello que la niña había hecho aparentemente mal —¿No crees que mereces un castigo? —No lo haré más —susurró, suplicándole con los ojos a que no le hiciera nada. —Yo creo que sí. Creo que mereces uno —Ignoró las palabras de la menor y respondió a su propia pregunta. El hombre giró a Madison de costado y la niña comenzó a impacientarse ¿Qué le iba hacer? »Te daré cinco con esta vara —informó —A ver si, así, aprendes algo, mocosa. El primer golpe cayó justo en la parte de atrás de sus rodillas; era una parte sensible del cuerpo y como el vestido no llegaba a cubrir esa zona, su piel de inmediato se tornó rojiza. La niña no pudo evitar soltar un grito, doblar una pierna a la vez y caminar un poco hacia adelante. —Ahí duele mucho. Por favor, no más —expresó con desesperación. El hombre la ignoró y soltó su brazo para de inmediato rodearla por la cintura y evitar que la niña se moviera, luego la volvió a colocar en la misma posición de hace unos segundos. Tres golpes rápidos y fuertes cayeron en la misma zona y la pequeña volvió a soltar un débil grito. Trató de escapar de aquel agarre, pero el último golpe cayó sin demora, doliendo mucho más que los otros y haciendo que soltara un alarido de dolor. Robert le había dado con tanta fuerza que Madison estaba segura de que quedaría un moretón. La niña casi cayó de rodillas al suelo, si no fuera porque su progenitor la seguía sosteniendo. —¿Qué tienes para decir? —Lo siento. Lo siento —respondió, pero un golpe sin tanta fuerza cayó nuevamente en esa misma zona y Madison se corrigió rápidamente—: Lo siento, señor —dijo soltando un débil sollozo. Escuchó un suspiro por parte de Robert y luego vio que guardaba el objeto que había usado para dañarla. —Te perdono, Madison —expresó al fin, sobando delicadamente la piel lastimada de su hija biológica. Aquella acción la tomó totalmente desprevenida, pero no tuvo otra opción que aceptarla, porque sabía que Robert no la dejaría alejarse de él. El ardor y el escozor disminuyó un poco, pero sabía que el dolor no se iría hasta dentro de muchas horas o quizás días. Le había golpeado fuerte. »Pero no quiero que vuelvas a comportarte de ese modo, otra vez ¿Me entendiste? —El hombre la tomó de la cintura y la sentó en su regazo. Madison agachó la cabeza. —Sí, señor —susurró llorando con algo más de fuerza. —Shh, ya pasó, ya no llores —Robert la atrajo hacia él y la obligó a que se recostara en su pecho. —¿Por qué tienes que golpearme? —Madi preguntó entre sollozos con voz pequeña. —Oh, hija mía, no lo llames golpes, es disciplina —respondió acariciando su cabello. La menor negó débilmente con la cabeza. Seguían siendo golpes ¿Verdad? Seguía lastimándola cuando podía usar otros métodos. "Pero desobedeciste, quizás te los merecías" "Fue tu castigo" "Mira, ahora, ya no te está haciendo daño" "Te está dando caricias" "No, no" Madison regañó a su subconsciente. No podía estar pensando de ese modo. Aunque, conforme pasaba más tiempo con Robert, no podía evitar poner en duda lo que estaba bien o mal. »Las niñas malas tienen castigos, Madison. Yo te disciplino cuando tú decides portarte mal —culpó —Pero ya está, querida, ya acabó —Acarició su cabello y besó la cima de cabeza —Ahora quiero darte algunas reglas que debes seguir para la hora de la cena —su voz se hizo más seria y dura. Madison se tensó ligeramente cuando Robert la sostuvo de los brazos y la separó un poco de él, clavando su vista en ella. »No son muchas, pero si no las cumples habrá duras consecuencias ¿Estoy siendo claro, pequeña hija? —Sí, señ... —Madison calló cuando el hombre le alzó una ceja. Ella sabía lo que él quería, así que no demoró mucho en decirlo —Sí, padre. —Muy bien —Robert expresó y le dio dos pequeños toques en su mejilla —Deberás dirigirte a mí como «padre» en todo momento —indicó —Comenzaran rumores sobre mí, si me llamas por mi nombre. Y no queremos eso, ¿verdad? La menor sólo pudo asentir con la cabeza, aunque, honestamente, le importaba muy poco si comenzaban a hablar mal de aquel individuo; pero claramente no podía decirle eso, no quería ganarse otra paliza. »Quiero que te dirijas a ellos con modales: señor, señora —indicó —Y no hables mucho, al menos de que te hagan alguna pregunta o te indiquen algo. »Comerás como una niña decente. Y harás caso a todo lo que te diga —terminó de decir las reglas —¿Entendido? —Entendido —murmuró. El hombre observó su reloj de muñeca y colocó a la niña en el piso. —Ve a lavarte el rostro y bajas de inmediato. Los invitados llegarán en cinco minutos —ordenó. Madison asintió y comenzó a caminar con rapidez fuera de la oficina de ese ser. Al llegar a la habitación que le había dado Robert, la menor se dirigió al baño y buscó aquello que aliviaría el dolor de su piel lastimada. La niña se subió a la encimera del gigantesco lavamanos y abrió la puerta del estante que estaba en lo alto pegado a la pared. Encontró el pote circular que Robert había sacado la anterior vez. Luego se ayudó con sus brazos para bajar y formó una mueca de dolor por el movimiento brusco que hizo, pero se obligó a no hacer ningún ruido. Debía ser fuerte y aguantar el dolor. La niña agarró la pomada, se dirigió hacia el espejo donde podía ver su cuerpo completo y se volteó para ver el daño que había ocasionado su progenitor. En la parte de atrás de sus rodillas había líneas rojizas, que, si le hubiera golpeado más fuerte, probablemente le hubiera sacado sangre; y también había una marca morada. La menor hizo un pequeño puchero, pero respiró hondo para obligar a mantener sus lágrimas a raya. Abrió el pote y comenzó a aplicar la pomada transparente. En un inicio ardió y mordió su labio inferior para no soltar algún ruido, pero poco a poco la cremosa sustancia hizo su efecto y se relajó ligeramente. Seguía doliendo, sí, pero había disminuido considerablemente. Por lo menos la ayudaría a cenar sin quejarse o hasta que el efecto de aquella medicina se desvaneciera. Aplicó un poco más y luego decidió colocar la pomada en su sitio y lavar su rostro que estaba algo rojo y ligeramente hinchado por tanto llorar. Peinó un poco su cabello y decidió bajar las escaleras. Todo marchaba relativamente bien, había obedecido las órdenes de Robert, había saludado respetuosamente y sólo había hablado cuando le preguntaban algo, y la verdad que era mejor así. El foco de atención había estado en ella por 15 minutos desde que Robert la presentó como su hija, donde los señores y sus esposas comenzaron a hacerle cortas preguntas sin importancia -más que todo por cortesía- y la niña había respondido con concisas palabras. Eran tres señores y dos mujeres entre 40 y 60 años, todos mayores que Robert. Estaban sentados a la amplia mesa, Robert estaba a su costado y Charlotte al lado de él. En la cabecera del otro extremo estaba el señor que había venido solo -parecía alguien importante para Robert, era el mayor de todos e intimidaba a la niña con aquella dura postura- Y en los asientos de enfrente, estaban las dos parejas. Madison seguía comiendo la porción de comida que había servido el cocinero hace un momento. Ciertamente aquel alimento estaba delicioso, pero no tenía ni idea de lo que era, parecía un plato caro y con un nombre raro. La niña comía en silencio mientras los demás conversaban entre ellos. Ella hacía como que no les estaba prestando atención, pero mientras más hablaban de sus negocios, a Madison se le hacía todo muy sospechoso. Platicaron de los hoteles que tenían, de los clubes de noche que poseían y de los casinos. Hasta ahí todo estaba relativamente bien, pero luego empezaron hablar de embarcaciones que debían de llegar, de pedidos que sus hombres tenían que recoger, de alianzas con nuevas familias, incluso había escuchado algo de armas y metahumanos; pero no estaba segura, porque lo habían dicho en un tono bajo y Madison sabía que era para que ella no oyera. Todo era extraño ¿Qué clase de negocio necesitaba tanta seguridad o planeación para recoger mercancía? ¿Por qué hablaban de alianzas? ¿Por qué tanto secretismo en algunas partes de la conversación? ¿Por qué hablaban de tanto dinero? Madison sabía que Robert tenía mucho dinero, pero las cantidades que decían tenían tantos dígitos que podían alimentar a Central City entero. La niña fue la primera en terminar su porción de comida y los presentes comenzaron a conversar de cosas más triviales. Algunos reían por los comentarios sexistas y misóginos que los señores hacían, así que Madison se obligó a dejar de escucharlos; en su lugar se puso a jugar con uno de los tenedores limpios que le sobró. No sabía por qué había tantos cubiertos, sólo necesitaba un tenedor y un cuchillo, ¿por qué habían puesto otros de diferentes tamaños y estilos? Le parecía completamente ilógico. La menor hacía trazos con aquel utensilio en la servilleta limpia, dibujando patrones sin mucho sentido, pero estaba totalmente aburrida y necesitaba distraerse de algún modo. —Madison... —escuchó la advertencia de Robert en un murmuro. Al parecer no le gustaba que estuviera jugando, pero hizo como si no le hubiera oído; era culpa de él de que estuviera en esa aburrida cena. El cubierto hizo un ruido algo fuerte al caer de la mesa, llamando la atención de todos. La menor se quedó inmóvil en su lugar y solo atinó a murmurar un «perdón» cuando la atención recayó en ella. Los presentes hicieron una mueca y unos comentaron entre ellos, pero, a los pocos segundos, retomaron su conversación y nuevamente pudo escuchar sus risas de vez en cuando. Madison estiró su brazo hacia el piso para recoger lo que había botado, pero no llegaba al suelo. Robert rápidamente se agachó, recogió lo que su hija había tirado y lo colocó en la mesa. Con su mano derecha agarró la muñeca de la niña con brusquedad y la posicionó a un lado de la mesa, más abajo del borde, para que el mantel la cubriera y nadie viera lo que ocurriría a continuación. —Deja. De. Jugar —Por cada palabra, Robert golpeó fuertemente la mano de Madison con su palma; los anillos que el hombre tenía puestos colisionando con los nudillos de la niña, haciéndole doler. El hombre la soltó y se volteó a seguir conversando. —Auh —susurró la castaña sobando su lastimada y, ahora, rojiza piel. ¿Por qué diablos él había hecho eso? ¿Por qué tenía que ser tan violento? ¿Por qué usar la fuerza para indicarle algo? Madison observó unos segundos al frente a ver si alguien había presenciado lo que acababa de ocurrir, pero nadie pareció ver o escuchar nada. Y, si lo hicieron, pareció no importarles en lo absoluto, pues seguían hablando, sonriendo y carcajeándose cada cierto tiempo. La menor colocó sus manos sobre su regazo y agachó la cabeza, tratando de mantener la calma y no empezar a llorar como una pequeña niña. No había sido tan fuerte, el hombre la había lastimado peor, pero se había sentido humillada por el accionar de su progenitor. La conversación siguió por veinte minutos más y llegó un punto en donde los ojos de la niña se cerraban de vez en cuando. Ahora que ya no tenía con qué distraerse, su aburrimiento se había convertido en cansancio. Cabeceó un par de veces, hasta que sintió una mano sobre su hombro y ella alzó la vista algo alarmada. ¿Acaso había hecho mal en casi dormirse? Madison escuchó a lo lejos que una señora decía algo, pero no logró darles algún sentido a sus palabras, porque no estaba completamente despierta. Robert, por algún motivo, retrocedió su silla y se levantó. Gracias a ese movimiento, la menor se despertó completamente, algo asustada de lo que haría su progenitor. Quizás se había ganado un castigo por ser irrespetuosa y casi dormirse en la mesa con los invitados. —Sí, tienes razón. —Madison sintió ligero alivio ante esas calmadas palabras, no lucía enojado. »Será mejor que lleve a esta niña a la cama —Sin dejarla asimilar la situación, Robert la sostuvo por debajo de sus brazos y la cargó —Ya pasó su hora de dormir —agregó luego de soltar una risita. De inmediato, la niña sintió sus mejillas tornarse color carmesí y escondió su rostro en el cuello del hombre, así nadie veía su reacción ante esas palabras. Se había sentido avergonzada porque su progenitor la estaba tratando como una infante en frente de todas esas personas. Madison escuchó las risas y los «Aww» por parte de los invitados y sintió aún más vergüenza. Robert intercambió un par de palabras más con los presentes mientras ella seguía oculta en el cuello de ese ser, respirando profundo para tratar de que sus mejillas no estuvieran tan rojas. "No soy una bebé, estúpido Robert", la niña habló dentro de su cabeza. Luego de un momento, soltó un suspiro ¿Cuánto más se tardaría su progenitor? Quería largarse de ahí, además que su lastimada piel estaba comenzando a doler más. La menor se preguntó si esos invitados podían ver las marcas que había dejado Robert en la parte de atrás de sus rodillas, sabía que eran visibles para todos, pero no parecieron inmutarse. "Probablemente ellos son igual que Robert, apuesto que también golpeaban a sus hijos para corregirlos", la menor pensó, sintiendo ligero malestar por los hijos o hijas de esas personas. »Bien, será mejor que la lleve a dormir —Madison escuchó por parte de Robert, luego de unos minutos —Despídete, querida —escuchó que decía. Y no supo que su progenitor le estaba hablando a ella hasta que sintió que él apretaba con más fuerza su agarre, advirtiéndole a que le hiciera caso. La niña no tuvo opción que descubrir su rostro y sintió todos los pares de ojos en ella. —Buenas noches —murmuró y volvió a esconder su cabeza en el cuello de ese sujeto. La escena simplemente era vergonzosa. No tenía cinco años, tenía once. Escuchó las respuestas de los invitados, pero no dijo nada más. Luego de unos segundos, sintió que Robert comenzaba a caminar con ella en brazos. La menor no pudo evitar sentir el movimiento relajante, nuevamente ser dominada por el sueño. No sabía por qué su cuerpo lograba relajarse estando en brazos de aquel ser, pero quizás era porque pensaba en que Barry estaba dándole aquellos abrazos y caricias. Necesitaba algún tipo de contención y, al parecer, su mente se aferraba a cualquier sensación de afecto para no ahogarse en esa bruma y tensión, que solía sentir casi todo el tiempo estando en esa casa. Estaba confundida. Cuando Robert llegó al cuarto donde ella dormía y prendió la luz, Madison estaba entre el sueño y la realidad. Sintió que él la sentaba al borde de la cama y, sin esperarlo, sintió que el hombre acunaba su rostro y dejaba un beso en su frente. Aquellas acciones hicieron que abriera los ojos de inmediato y retrocediera un poco su cuerpo. No quería que su progenitor le mostrara esos aparentes gestos de afecto cuando, hace tan sólo unas horas atrás, le había dado una paliza. No quería dejarse manipular por él, no quería que la confundiera aún más -aunque comenzaba a resultarle complicado, después de todo, era sólo una pequeña niña buscando algo de contención- El hombre rodó los ojos, algo irritado por la reacción de la menor y la soltó. —Primero debes cambiarte. —Pero tengo mucho sueño —se quejó comenzando a sacarse los zapatos con la intención de simplemente apoyar su cabeza en la almohada y dormir. —No vas a dormir en ese vestido, lo arruinarás —expresó Robert. —Pero... —Madison, no empieces ¿quieres? —La niña se contuvo en murmurar cosas obscenas. —Bien —expresó con irritación, cruzándose de brazos. —¿Voy a tener que repetir lo de esta tarde? —Robert la sostuvo bruscamente del mentón y le hizo alzar la cabeza para que lo observara. La niña abrió ligeramente los ojos. —No, señor —susurró, implorando a que la soltara, ya que su agarre comenzaba a doler. —Eso creí —Su progenitor la soltó —Te lavas los dientes, te colocas tu pijama y te metes a la cama. Ni se te ocurra poner un pie fuera de este cuarto hasta mañana ¿Me entendiste? —Sí. —Sí ¿qué? —Sí, señor. —Mañana quiero verte con una mejor actitud, Madison. No quiero tener que corregirte, pero lo haré si es necesario —Robert no dijo nada más y caminó hacia la salida. Le dio una última mirada y cerró aquella blanca puerta. Esta vez la menor no tendría problemas en dormir con la puerta cerrada. El cuarto era lo suficientemente grande como para no sentirse asfixiada, además sentía que era alguna clase de protección contra las personas que estaban abajo. La niña soltó un suspiro y sobó su mentón. Caminó hasta su armario y comenzó a sacarse el incómodo vestido. Bueno, ahora que estaba más despierta, supo que había sido una tontería pensar que podía dormir con aquella incómoda prenda puesta. A veces el sueño le hacía creer en cosas absurdas. Se colocó un pijama, que consistía en un polo manga larga y un short, ya que no quería que el pantalón rozara con los golpes del castigo de Robert. Se deshizo de aquella ajustada media cola, cepilló sus dientes y se untó la pomada, sintiendo ligero alivio. La niña apagó la luz y se recostó boca abajo en la enorme cama. No le tomó mucho tiempo en quedarse dormida, sus pensamientos enfocados en el plan que debía ejecutar mañana.
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