Capítulo 2

3309 Words
Madison guardó silencio, sentada frente a él, esperando que dijera las dichosas reglas. Cruzó sus brazos contra ella, la oficina de Robert era algo fría. —Primera regla: Te dirigirás a mí como señor o padre —indicó su progenitor con firmeza. La niña rio ante lo que había escuchado. —No lo haré. —Oh, claro que lo harás. Cada vez que no lo hagas tendrás un castigo. —¿Y qué vas a quitarme o prohibirme? ¿Eh? —cuestionó con cierta burla. —Yo no creo en ese tipo de castigos, Madison. Esas son formas muy estúpidas y débiles de disciplinar a un niño. La niña se alarmó de sobremanera, pero trató de mantener la calma, trató de mostrarse fuerte. Tenía poderes y él no. Entonces, para demostrar que no le importaba sus palabras, rodó los ojos. »No vuelvas hacer eso. —¿Qué cosa? —Rodar los ojos. —La niña solo lo observó, esta vez con cierto temor recorriendo su sistema por aquel tono de voz tan severo —Maldición, esto es más difícil de lo que pensé —Escuchó al hombre susurrar para él mismo y negó levemente con la cabeza —Estira tu brazo —ordenó Robert. —¿Qué? No —la niña habló con algo de incredulidad, y una alarma volvió a encenderse en su sistema. —No voy a repetirlo, Madison. —No quie... —Antes de que pudiera terminar de hablar, Robert se inclinó más hacia adelante y con brusquedad agarró su antebrazo y lo apoyó sobre el escritorio. »!Suéltame! —exclamó la menor, forcejeando y lista para usar sus poderes contra él. Pero no fue tan rápida. De un momento a otro, Robert había colocado en su muñeca un brazalete grueso de color n***o con una especie de pequeño rombo en el medio, que brillaba ligeramente de color azul. El hombre la soltó y la niña intentó quitarse aquel objeto de su muñeca, pero no parecía ceder. —Sólo mi huella dactilar puede abrirlo —indicó el hombre —Así que deja de intentar sacártelo, o te lastimarás. —¡Sácamelo o yo te lastimaré! —La niña se levantó de su sitio, lista para hacerlo volar por los aires; pero el individuo se mostró calmado, cruzando los brazos y recostándose contra el respaldar de su silla. —Siéntate —ordenó. La castaña estaba preparada para estrellarlo contra alguna pared, pero, cuando intentó usar sus poderes, estos no se manifestaron. Volvió a intentar con todas sus fuerzas, pero nada pareció funcionar. —¡¿Qué me hiciste?! —gritó algo desesperada. —Mientras tengas ese brazalete no podrás usar tus poderes —informó, encogiéndose ligeramente de hombros. »Esa es la segunda regla: Cada vez que llegues a esta casa te colocaré ese brazalete y te lo sacaré cuando te vayas. —¿No me dejarás usar mis poderes? —cuestionó algo sorprendida e indignada. —No. No puedo permitir que te descontroles y quieras usarlos sin mi permiso, como hace unos minutos atrás —explicó —Estando conmigo no los usarás hasta dentro de uno o dos años, que comience a entrenarte. —¡Robert, maldición! —la niña exclamó mientras seguía de pie a unos metros de él. —¡Ya basta! —El hombre se levantó de su silla, avanzó unos cuantos pasos y la sostuvo de su brazo. Aquello fue un movimiento tan rápido que la agarró desprevenida —¿Quieres ser irrespetuosa y malcriada? ¿Quieres hacer lo que se te dé la gana? Bien, hazlo, pero cada vez que lo hagas te daré un castigo. —¡Déjame! El hombre la arrastró hasta su escritorio y se sentó nuevamente en su silla mientras la menor seguía de pie a escasos centímetros frente a él. Robert, todavía sosteniéndola del brazo, abrió con su mano libre un cajón de su escritorio y rebuscó algo en su interior. —Estira tu mano, palma arriba —ordenó seriamente. La niña sintió su cuerpo tensarse por las palabras de su progenitor. De inmediato forcejeó, tratando de soltarse del agarre del individuo, y más cuando observó lo que había sacado del cajón: una regla de metal de 20 centímetros Ahora estaba aterrada. —¿Qué vas hac...? —¡Ahora! —gritó, sobresaltándola. Recuerdos del orfanato pasaron por su mente y aquella sumisa parte de ella le hizo obedecer, porque sabía lo que ocurría si no lo hacía. Madison quiso llorar. No podía creer que estaba viviendo nuevamente lo que vivió en el orfanato. No podía creer que aquella persona, quien debía ser su padre y preocuparse por ella, le haría pasar por lo mismo, la dañaría como esas dos mujeres. Entonces, sin previo aviso, un fuerte golpe cayó en la palma de su mano haciendo que la niña la doblara en un puño. Dolió, había dolido. »¿Vas a responderme de ese modo? ¿Vas a alzarme la voz, otra vez? —preguntó Robert con dureza. Madison se quedó en silencio por la repentina conmoción. Estaba tratando de procesar lo que había ocurrido en menos de dos segundos. Más recuerdos no tardaron en aparecer, desencadenando una serie de sentimientos que creyó que ya estaba superando. "Quiero a Barry" »Estírala, otra vez —escuchó, aquello haciendo que reaccionara. —No, por favor —susurró al encontrar su voz en algún lugar de su garganta. —No me hagas repetírtelo —Madison no tuvo otra opción que obedecerle, y otro duro golpe cayó en el mismo lugar. Su palma ahora tenía un color rojizo. Ardía. —¿Vas a responderme de ese modo? ¿Vas a alzarme la voz, otra vez? —preguntó nuevamente. —No —dijo al fin la menor. —No, ¿qué? —No, señor —susurró. Robert asintió con la cabeza y guardó una de sus herramientas de castigo en el cajón. —No quería hacer eso, mi querida hija —otra vez su tono había cambiado. Su aparente amabilidad desconcertó a la pequeña—, pero debes aprender. Si no quieres un castigo sólo has lo que te ordeno —El hombre la tomó de la cintura y la sentó de costado en su muslo derecho. Madison se tensó de sobremanera, no quería estar tan cerca de él. —¿Puedo sentarme en la silla? —cuestionó con débil voz, implorándole con los ojos a que la dejara ir. Se sentía incómoda y muy temerosa. —No hasta que terminemos de hablar. Debo asegurarme de que te comportarás. —Por favor —volvió a susurrar. —Tranquila, hija, estás a salvo aquí —Robert acarició su cabello, colocando un mechón detrás de su oreja. Tal y como lo hacía Barry, solo que esta vez no se sintió bien, La había lastimado y ahora la estaba tratando de contener ¿Por qué? Madison se sintió muy confundida —Sólo escúchame y no tendré que darte otra lección. La niña simplemente asintió con la cabeza y no se atrevió a moverse o a pedir nuevamente a que la soltara. Su progenitor no parecía tener mucha paciencia. »Muy bien —El individuo tomó una respiración profunda y continuó: »Tercera regla: Tienes prohibido ir al pasillo de la derecha del segundo piso. Y, sobre todo, no puedes ir al sótano —demandó —Esta regla es una de las más importantes, así que ni se te ocurra desobedecerme ¿Me entendiste? —Sí, señor —susurró su respuesta luego de un momento. Lo odiaba por obligarla a llamarlo de ese modo. —Cuarta regla: Tienes prohibido salir de la casa sin mi permiso. »Quinta regla: Tu hora de dormir será a las 9 de la noche. Así que estarás en tu habitación lista para dormir a las 8: 45. —Pero ya no soy una... —se atrevió a hablar, pero él obviamente no la dejó continuar. —No hay excusas, hija. No te quiero merodeando por la casa después de las nueve de la noche. —Madison volvió a guardar silencio, sabía que sería inútil protestar. »Sexta regla: El almuerzo es a las 2 de la tarde y la cena a las 7. Así que te esperaré puntal a esas horas. Ambos comeremos juntos o, al menos, que te avise que estaré ocupado —indicó —El desayuno podrás tomarlo sola, ya que, normalmente, salgo a trabajar en las mañanas. »Ah, sí. A veces vendrá Charlotte, así que también se sumará a nuestras comidas. —¿Charlotte? —preguntó Madi frunciendo el ceño. —Es mi novia —aclaró y se encogió de hombros —Ya la conocerás y, cuando lo hagas, quiero que seas una buena y respetuosa niña —Su tono de advertencia no pasó desapercibido. "¿Quién demonios saldría con este tipo voluntariamente?" "Oh, sí, el dinero" »Séptima regla: Sé que haces la escuela virtualmente, así que, si te pido que me muestres tus tareas, lo harás —expresó. —También haré que estudies otras cosas que no te enseñan en la escuela y, de vez en cuando, tendrás que darme la lección. —¿Por qué? —Soy un hombre de negocios y tú algún día lo serás, así que debes saber cursos más importantes de los que te enseñan en la escuela. Mi padre también me educó desde pequeño para poder seguir manejando las empresas que dejó. Seré exigente como tu abuelo, pero aprenderás —El hombre sonó serio y la niña se inquietó. Lo quería lejos de ella. »Octava regla: No dirás malas palabras, no me insultarás ni maldecirás. Cada vez que las digas tendrás un castigo. —Pero a veces no puedo controlarlo —susurró más para ella que para él. —No me importa, te haré controlarlo a la fuerza si es necesario. No permitiré que mi hija esté hablándome de ese modo. Soy tu padre, debes honrarme. "No te debo honrar ni una mîerda, Robert", pensó y mordió su lengua para no gritarlo a los cuatro vientos. »Novena regla: Te comportarás. No quiero que tengas una mala actitud. No quiero que me respondas de manera grosera. No caprichos. No berrinches. Sé una buena niña. —Aquella regla era de la que más desconfiaba Madison, era muy ambigua...muy subjetiva. No sabía lo que él consideraba mala actitud o capricho o berrinche. ¿Por qué quería controlarla de ese modo? Cualquier pensamiento que él tuviera sobre formar alguna clase de "relación padre e hija" definitivamente no lo iba a conseguir de esa forma. No con esas reglas, no con esos castigos. »Décima regla: Tú tendrás que mantener limpio y ordenado tu dormitorio —especificó —Sí, contrato gente que viene de vez en cuando a limpiar, pero, de ahora en adelante, tu cuarto será tu responsabilidad. Y cuando te ordene a que hagas algún quehacer extra, también lo harás sin protestar. Madison quiso rodar lo ojos, pero se contuvo. No necesitaba una regla para limpiar su habitación. Ella siempre ordenaba y limpiaba su cuarto en casa de Joe sin que nadie le dijera nada, porque no le gustaba verlo hecho un desastre. Además, también ayudaba a limpiar la sala o el comedor o la cocina. »Onceava regla: No podrás usar tu celular, al menos de que me pidas permiso. —¿Qué? No puedes quitarme mi celular. —Lo haré, aún eres muy pequeña para tener uno —indicó. Aunque para Madison aquello parecía más bien una excusa que una razón lógica. La niña no tenía nada más que juegos y canciones. —¿Cómo voy a comunicarme con Barry o con Caitlin o con los demás? —Me preguntas y evaluaré si mereces unos minutos con ellos. No quiero que estés parloteando con esas personas todo el día. Los verás cinco días a la semana, por dos que no hables con ellos, no veo el problema. Madison le pareció una muy mala idea. No estar comunicada con su familia le aterraba, sobre todo, al estar conviviendo con aquel impredecible hombre. En el fondo intuía que Robert le había dado esa regla para que ella no divulgara información de lo que sucedería dentro de esa casa. Y aquello era aterrador. Tenía un mal presentimiento. —¿Y si ellos me llaman? —Si no ganaste el privilegio de responder llamadas, entonces contestaré yo y les diré que llamen al día siguiente. —Pero... —Doceava regla: Tienes prohibido contarle a alguien sobre lo que ocurra dentro de esta casa. No queremos curiosos ni curiosas metiendo sus narices donde no los llaman ¿Verdad? La niña guardó silencio, no queriendo dar una respuesta ante aquella peligrosa regla. Si no podía hablar ¿cómo Barry se enteraría de lo que le había hecho el hombre? Ante el silencio de la menor, Robert agarró con cierta brusquedad la barbilla de la niña y la obligó a verlo. Nuevamente sus ojos intimidadores se clavaron en los de ella. »Escucha, Madison. Si me entero de que has dicho algo, por más diminuto que sea, haré que el juez acelere el proceso para obtener tu tutela definitiva. El dinero no es problema y estaré encantado de donarle unos cuantos miles de dólares a quien está viendo tu caso —advirtió con dura voz —Además, no tendré inconvenientes en lastimar a las patéticas personas con las que también convives. Tengo lo medios, y sus poderes no serán ningún problema. Madison sintió su cuerpo paralizarse, no tenía que ser adivina para comprender que la estaba amenazando. Y aquello le aterró. Ella no haría nada que atentara con el bienestar de su familia. Había mencionado la palabra «poderes» así que concluyó que él sabía que alguno de ellos los tenía, y no dudaba que tuviera la tecnología para herirlos. Si le había puesto un brazalete que bloqueaba sus poderes, estaba segura de que había muchas más cosas en su posesión que podría dañar a un metahumano. »Así que, si quieres seguirlos viendo, obedecerás mis órdenes —comunicó —Además, ninguna autoridad pensará que estoy cometiendo algún delito, sólo te estoy educando, disciplinando y corrigiendo mi querida hija —El semblante del hombre se relajó y soltó su mentón para luego envolverla en un abrazo. Aquella acción la agarró desprevenida y sintió su cuerpo tensarse aún más. »¿Están claras todas las reglas? —expresó con voz firme y apretó más su abrazo cuando Madison no respondió de inmediato. La niña tampoco podía permitir que aquel ser se quedara con su tutela y le prohibiera ver a Barry o a Caitlin o a los demás. Y estaba segura de que él cumpliría en hacerlo. El dinero podía comprar hasta la más honesta autoridad, además, que ella no tenía pruebas. Así que, simplemente, le quedó acatar sus términos. —Sí, señor —susurró y Robert la soltó, dejando un beso sobre la cima de su cabeza. —Esa es mi hija —El individuo le mostró una sonrisa ladina —Ahora ¿tienes alguna pregunta? Que no sean sobre las reglas, obviamente. Madison tragó el nudo que se había formado en su garganta. La nueva información era asfixiante, estar cerca de él lo era. Sólo quería ir a su hogar y sollozar en los brazos de Barry mientras la consolaba. Apretó un momento sus puños y se armó de valor para cuestionar lo siguiente: —¿Dónde está Amanda? —susurró las palabras. Barry, en ese entonces, solo había podido averiguar sobre el nombre de sus padres biológicos, los motivos del porqué su padre la dejó en el orfanato y no mucho más. Según lo que el chico le había dicho era que, luego de unos años, Robert se había mudado por un tiempo de la ciudad por tema de negocios, y le habían perdido el rastro. Madison ese día había escuchado atentamente esa poca información, y se había sentido ligeramente aliviada. Creyó que ese hombre no se molestaría en buscarla o tener alguna clase de relación con ella. Pero en el juicio se dio cuenta de lo equivocada que estuvo, de lo mal que salieron las cosas; porque, en ese instante, estaba sentada ahí, frente a su padre biológico. —Tu madre está muerta, Madison. Desde hace tres años —El hombre lo dijo sin nada de delicadeza. No había tristeza o culpa en su voz, era como si no le importara —No soportó tu partida y se quitó la vida. —¿Mi partida? —cuestionó una conmocionada niña —Fuiste tú el que me dejó ahí, porque nací niña —La menor negó levemente con la cabeza —Tú la mataste —acusó en un susurro. —Éramos jóvenes, Madison. No sabía lo que hacía. Pero cambié. Amanda nunca estuvo bien, así que no me culpes por algo que ella hizo egoístamente. —¡Eres... Eres un maldito! ¡Ni siquiera te importa! —expresó en voz alta con mucha furia, levantándose del regazo del hombre. —Niña insolente —él masculló con furia, y a Madison se le fue toda la valentía al ver su expresión. El hombre la agarró bruscamente de su muñeca para que ella dejara de retroceder y sacó nuevamente aquella regla. Con rapidez estiró su brazo y, sin titubear, esta vez golpeó su desnudo antebrazo, cuatro veces. Madison liberó un par de lágrimas y trató de apartarse del hombre, pero él no la dejó. »Pídeme perdón —ordenó, apuntándola con aquel objeto, listo para volverlo a usar si era necesario. —Lo siento. Lo siento, señor —la niña susurró con rapidez, no queriendo ser lastimada nuevamente.. La menor, sin poder contenerse más, liberó un sollozo cargado de angustia. Sí, los nuevos golpes habían dolido, pero también lloró por su madre. De algún modo, aquella información dicha por el hombre, le había afectado. Su madre se había ido por culpa de él. Su madre estaba muerta y nunca podría conocerla. —Oh, querida, no llores. Ya te perdoné —escuchó la voz de Robert mientras dejaba la regla sobre el escritorio —Ven aquí —Madison no tuvo tiempo a reaccionar porque, en un segundo, ya estaba siendo cargada por el individuo. Exacto. Robert la había alzado por debajo de sus brazos y la había acomodado a la altura de sus caderas. Exactamente como Barry, sólo que, la acción de su progenitor no la había relajado, simplemente quería separarse de él. Su cuerpo temblaba y nuevamente estaba completamente tensa. »Te llevaré a tu cuarto así puedes descansar —habló en un aparente tono amable mientras con su brazo libre obligaba a la pequeña a recostar su cabeza en el hombro de él —De seguro solo debes tomar una siesta y ya no tendrás esa mala actitud conmigo. Madison simplemente cedió. Su mente estaba hecha un lío. Las acciones de ese individuo lograban confundirla. Pero, de alguna retorcida manera, su cuerpo comenzó a aceptar el conforte que Robert le estaba dando. Las caricias en su espalda mientras subían las escaleras de la enorme casa, parecían estar surgiendo alguna clase de efecto. Y lo detestó, detestó que estuviera reaccionando de esa manera. Robert la sentó sobre la cama y se colocó de cuclillas frente a ella, comenzando a quitarle sus zapatillas. »No me gusta disciplinarte, pero tú te lo buscaste mi querida hija —murmuró mientras dejaba en beso en la lastimada piel de la menor —Sólo lo hago porque quiero que aprendas —explicó —Ahora te dejaré dormir y vendré por ti a la hora de almuerzo —Robert se levantó, dejó un beso en la frente de la pequeña y salió de la habitación. Madison se echó en la cama y se hizo un ovillo cuando perdió de vista a su progenitor. Esta vez lloró con más fuerza mientras sentía su pecho doler, mientras diversas emociones recorrían su pequeño sistema. "Te necesito Barry"
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