Madison observó la casa, no, más bien la mansión, que tenía al frente. Sujetaba fuertemente la mano de Barry mientras mordía su mejilla interna para no comenzar a derramar aquellas lágrimas acumuladas en sus ojos.
Caminaron a paso lento por aquel sendero luego de pasar por las rejas de la entrada a la propiedad. Tenía una mochila colgada en sus hombros con su pijama y otra muda de ropa limpia, además de su cargador de celular y cosas de aseo personal. Había decidido llevar lo mínimo porque no quería dejar algo en ese lugar por accidente, como sus libros o su peluche.
Tenía sus auriculares alrededor de su cuello y su celular en el bolsillo de su overol de jean. Sus nervios estaban por los cielos mientras observaba como poco a poco se acercaban a la casa de aquel desconocido.
De aquel desconocido con el que compartía ADN.
La respiración irregular de la menor llamó la atención de Barry que se detuvo, haciendo que la niña también lo hiciera.
—Madi —llamó el chico colocándose de cuclillas. Estaban a escasos metros de llegar al pórtico de la casa, pero no le importó detenerse —Respira, cariño —susurró el chico, observado la pequeña frente a él.
—No puedo hacer esto, Barr —susurró la niña luego de regular su respiración.
—Yo sé que puedes hacerlo, sé que eres muy fuerte. Además, con Joe estamos trabajando para que la custodia sea completamente de él —susurró el muchacho con tristeza y frustración por las nuevas circunstancias.
¿Cómo todo había ido tan mal en el juicio? ¿Por qué aquel hombre tuvo que aparecer?
»Sé que eres muy valiente —Barry limpió con su pulgar las lágrimas silenciosas que se derramaron por sus mejillas —Mañana estaré aquí a las seis en punto y volveremos a casa —aseguró el chico, tratando de calmar a una angustiada niña.
Madison lo observó un momento, sabía que Barry no podía hacer nada más. Si ella no pasaba aquel fin de semana en la propiedad de ese individuo, las personas que estaban viendo su caso le daría más derechos a ese individuo que a Joe, por incumplimiento de lo acordado. La niña no quería arriesgar a que le dieran más días a él. No quería que, en vez de un fin de semana, fuera toda una semana completa.
La ojiverde asintió con la cabeza y se obligó a controlarse, se obligó a colocarse aquella máscara de niña fuerte y adulta que tenía guardada desde hace tiempo; "guardada" porque con Barry y con los demás no necesitaba usarla, con ellos se podía mostrar como una niña normal, podía mostrar sus emociones.
Siguieron caminando hasta que vio a Barry tocar el timbre, el sonido retumbando por todo el interior de aquella enorme casa. Madison esperó ansiosa frente aquella gran puerta blanca que parecía sacada de película.
"Este hombre tiene demasiado dinero", pensó al inspeccionar mejor el lugar. La fachada era moderna y tenía decoraciones que de seguro costaban fortunas.
La niña se paralizó en su lugar cuando la puerta fue abierta y aquel desconocido apareció en el campo de visión de ambos.
Su padre biológico estaba frente a ella.
Tendría unos 33 años. Vestía un pulcro traje de color marrón oscuro. Era alto, quizás unos centímetros más alto que Barry. Tenía su barba muy bien cortada y su piel era algo bronceada; sus ojos eran verdes, tal y como los de Madison. Su cabello era corto y n***o como la noche. Sus facciones eran algo duras, pero sabía disimularlo muy bien con aquella sonrisa que tenía plasmada en el rostro.
—Buenos días, Madison —escuchó que él pronunciaba. Su gruesa voz la intimidaba sin poder evitarlo... no, todo él la intimidaba. Había algo en ese hombre que hacía que Madison lo percibiera como peligroso.
Madison no respondió, por la conmoción y porque seguía molesta con aquel ser que había decidido arruinarle la vida. La niña sólo se quedó observando aquella falsa sonrisa que el hombre le estaba mostrando.
—Buenos días, Robert —intervino Barry en aquel tenso silencio que se había formado.
Barry sólo quería agarrar a Madison y largarse de ahí. No quería dejar a la niña con aquel tipo, pero Joe...Joe le había indicado explícitamente que no hiciera algo estúpido, porque aquello no se solucionaría si intervenía de manera errónea.
Y, además, le había dicho que, tal vez, ese individuo no era tan malo como él lo pensaba. Quizás, en verdad, sólo quería formar alguna clase de lazo con la niña. Barry pensaba que Joe había definitivamente perdido la cabeza. El castaño no confiaba para nada en el hombre que tenía al frente, pero debía jugar bien sus cartas o perdería a Madison para siempre.
—Gusto en verte nuevamente, Allen —respondió con aparente carisma, estirando su mano para estrecharla con la del castaño —Muy bien, le mostraré a Madison la casa, apuesto que le encantará.
—Madi, vendré por ti mañana. Si necesitas algo, sólo llámame ¿de acuerdo? —La niña no pudo evitar darle un fuerte abrazo que de inmediato Barry correspondió.
—De acuerdo —susurró, cerrando un momento los ojos y trató de tranquilizar su alocado corazón. Sintió el beso de Barry en la cima de su cabeza y se separaron.
La pequeña sintió una punzada en su pecho cuando, luego de despedirse, observó a Barry irse, poco a poco perdiéndolo completamente de vista.
"Vamos, puedes hacer esto, todo estará bien", trató de convencerse mientras entraba completamente al lugar.
—Bienvenida —Escuchó la palabra de Robert mientras cerraba la puerta tras de él.
Madison no pudo evitar quedar anonadada con el lugar donde se encontraba. El sitio era enorme, la decoración era moderna y todo estaba excesivamente pulcro. Las combinaciones de color eran tonalidades de n***o, blanco y gris y algo de marrón oscuro.
Y eso que sólo estaban en la entrada.
»Sígueme —indicó el hombre nuevamente con aparente amabilidad. Madison dudó un momento, pero su progenitor levantó ligeramente una ceja cuando la menor no se movió. Aquella máscara de amabilidad flaqueó débilmente, Madison, ahora, estaba algo desconcertada por aquel cambio de expresión.
La menor sólo le dio un pequeño asentimiento de cabeza y comenzó a caminar. Le haría caso, por esa vez.
El individuo comenzó a mostrarle sus alrededores. La sala era enorme con sillones de cuero de marrón oscuro, colocados perfectamente frente a la moderna chimenea. Había uno que otro adorno, aunque todo seguía siendo minimalista. También había un enorme televisor, de un tamaño que ella no sabía que existía.
El comedor también era grande, la mesa era larga con varias sillas a su alrededor. La mesa era negra con un adorno en medio de esta, parecía ser un cisne que seguramente costaba una fortuna por el cristalino material. Y también pudo ver un candelabro colgado a metros de la gran mesa.
La cocina era blanca con combinaciones negras, las repisas una tonalidad clara del gris. El refrigerador era enorme, tenía dos puertas y un dispensador de agua. Había una gran encimera de granito en el medio de esa cocina y tenía sillas altas en uno de los costados, todas correctamente alineadas.
»La mayoría de las veces comerás aquí —Madison escuchó que él decía mientras le señalaba esa encimera—El comedor es solo para cuando realice alguna reunión o evento —dijo con otra de sus falsas sonrisas —La cocinera preparará las comidas, aunque no está mucho tiempo aquí —acotó.
La verdad no le sorprendió mucho que dijera aquello. El tipo era millonario, era obvio que le pagaba a alguien para que cocine y, también, suponía que contrataba a personas para que hagan la limpieza del lugar.
Madison siguió los pasos de ese individuo mientras escuchaba en silencio sus palabras, indicándole en qué espacio de la casa se encontraban. La castaña llegó a ver el enorme patio trasero con piscina, un gimnasio, una sala de estar, hasta incluso un espacio de billar y ping-pong.
Además, le mostró una enorme oficina. También era moderna, pero las tonalidades de ese sitio eran marrón oscuro con blanco. Había repisas con diversos libros, cajones grandes pegados a la pared, un enorme escritorio con cajones, dos sillas frente a este y una silla mucho más grande detrás. También había una laptop, hojas y lapiceros.
»Esta es mi oficina, así que sólo podrás entrar cuando te lo permita —Esta vez su voz salió algo más seria.
La niña solo hizo un débil asentimiento mientras ojeaba el lugar. También divisó una puerta algo alejada de donde estaban, pero el hombre no le mencionó qué había detrás de esta. La ojiverde frunció ligeramente el ceño, pero le restó importancia.
Salieron de la oficina y Madison observó atentamente cuando llegaron al siguiente ambiente. Una biblioteca y una muy grande. Fue lo que más llamó su atención y lo que más le impresionó. Esperaba poder pasar horas ahí.
Cuando Robert terminó de mostrarle el primer piso, comenzaron a subir las gigantescas y blancas escaleras que estaban diseñadas con una pequeña curva antes de llegar al segundo piso. La menor terminó de subir con cuidado de no tropezarse y se topó con un mediano "balcón" y luego con dos largos pasillos, en ubicaciones opuestas.
—Puedes recorrer este pasillo libremente —indicó —Aquí está tu habitación, y dos cuartos de invitados. Cada dormitorio tiene su baño. Vamos. —Nuevamente Madison lo siguió en silencio.
La niña pasó por otra puerta blanca -además de las ya mencionadas- pero el hombre nuevamente no se molestó en explicarle qué había detrás. Madison volvió a restarle importancia, pensando que era otra habitación más que Robert había olvidado mencionar.
»Aquí dormirás, tú. —La menor lo observó abrir la puerta y ella abrió los ojos ante lo que tenía al frente.
A diferencia de toda la casa, este inmenso dormitorio estaba pintado de un color violeta pálido. La enorme cama, incluso más grande que la de Barry, estaba colocada en el medio con una gran cabecera y llena de almohadas, con una combinación de n***o y rosa dorado.
Todo el espacio estaba alfombrado de un gris claro. Más a su derecha divisó un sillón largo de color n***o y, frente a este, un enorme televisor -algo más chico que el de sala-. Un escritorio de color violeta claro descansaba en el otro extremo, tenía varios cajones y había una moderna computadora sobre este. También había repisas con adornos y aparatos electrónicos, como una cámara, consola de videojuegos y otras cosas más que Madison no quería tocar.
»La puerta de allá —El hombre señaló una puerta ligeramente más angosta—, es tu propio baño. Y esa de ahí —señaló una puerta corrediza, comenzando a caminar hacia ahí y abriéndola—, es tu armario —Madison nuevamente abrió los ojos, sorprendida por el gran tamaño, pero, sobre todo, por la cantidad de ropa y zapatos que había allí adentro.
"Acaso está pensando en comprarme con todos estos lujos", la niña pensó.
»¿Te gusta? —preguntó el individuo, pero la niña sólo se encogió de hombros. Sí, era todo muy extravagante y lujoso y casi perfecto, pero siempre preferiría su habitación en la casa de Joe.
»Sé que todo esto es muy inesperado, pero cuando te hablo siempre espero una respuesta en voz alta ¿Está claro? —Su voz salió gruesa, su mandíbula, ahora, estaba apretada. Sus ojos se vieron más oscuros y Madison frunció ligeramente el ceño. Aquella fachada de "persona amable" pareció desvanecerse y, ahora, la niña se encontraba frente a un hombre muy serio.
"Nunca me engañaste, Robert. Sé que no eres bueno"
—Sí —susurró ante la intensa mirada que le dedicaba su progenitor.
El cuerpo de la niña se tensó cuando el hombre comenzó a acercarse a ella. A unos cortos centímetros, Robert agachó la cabeza y, sorprendentemente, le mostró una sonrisa para nada genuina.
—Perfecto —musitó —Ahora, te daré diez minutos para que te instales y luego te quiero en mi oficina para conversar de las reglas —Dicho eso, su progenitor salió por la puerta y Madison se quedó sola en la habitación.
La niña soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo y observó la hora en el reloj que estaba en el buró, ya que no quería ser impuntual. No sabía cómo aquel desconocido reaccionaría si llegaba tarde y, la verdad, no quería averiguarlo.
Comenzó a caminar y examinar a su alrededor. Todo parecía excesivamente caro y no quería tocar absolutamente nada. Dejó su mochila sobre la silla, sus auriculares en el escritorio y se acercó al armario, había un mediano pasillo y cajones y barras donde colgaban varias prendas. Pudo ver algunos jeans, pantalones, suéteres, abrigos, casacas; pero, sobre todo, infinidad de vestidos, de diferentes diseños y colores.
"No voy a ponerme nada de esto"
Madison se sentó en la cama, sus pies colgando y sus manos sobre su regazo, tratando de tomar profundas respiraciones mientras asimilaba toda aquella nueva situación. El lugar era enorme, pero, aun así, sentía que estaba atrapada, sentía que estaba en una especie de prisión.
Luego de unos minutos más, observó nuevamente la hora y se dio cuenta que sólo le quedaban cuatro minutos para volver a bajar. Soltó un suspiro cargado de angustia y frustración. ¿Qué clases de reglas tendría? Aquello la tenía completamente nerviosa y tensa ¿Qué sucedía si no las cumplía?
Madison se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta, tomó otra respiración profunda y se obligó a salir hacia el pasillo. El largo espacio le dio la bienvenida y tuvo que ver hacia ambos lados para poder ubicarse. Caminó dubitativa hasta llegar a las barandas de las escaleras, pero aquella otra entrada llamó su atención.
Había otro pasillo que conectaba a otro más largo. La curiosidad comenzó a crecer dentro de su anatomía, así que comenzó a caminar con rapidez para ver qué había en ese lugar. Robert no se lo había mostrado, pero no creía que hubiera problemas en ir hacia allí. Total, era solo otra parte de la mansión.
Madison siguió avanzando, traspasando el corto pasillo para llegar al más largo. Al llegar, no había nada aparentemente fuera de lo normal; había unos cuadros colgados en las paredes blancas, algunas flores y, supuso, que todas esas puertas eran habitaciones. Pudo contar en total cuatro puertas.
En el momento que fue agarrar la perilla una de las puertas, una enorme mano sujetó su muñeca con algo de brusquedad, jalándola hacia la dirección esa persona.
—¿Qué haces aquí? —Su potente voz la hizo sobresaltar y se removió enseguida del agarre de él. Su corazón latió con fuerza, retrocedió unos pasos y, por pura inercia, estiró sus brazos hacia adelante, en señal de defensa y lista para usar sus poderes.
Robert observó a la alarmada niña frente a él y, rápidamente, alzó un poco sus manos hacía arriba, un gesto para mostrarle que no le haría nada.
»Madison —habló en un tono algo más suave —No hagas algo de lo que te arrepentirás —Aunque su voz salió aparentemente calmada, había advertencia en aquel tono. —No te haré daño, así que no es necesario que uses tus poderes.
La menor frunció el ceño, aquello la agarró completamente desprevenida. ¿Él lo sabía?
—¿Tú...Tú sabes que tengo poderes? —cuestionó. Aquello era lo más largo que había dicho en la hora que llevaba en esa propiedad.
—Sí —respondió el hombre y Madison bajó sus manos —Ahora, escúchame bien —el individuo siguió hablando, no dándole tiempo a que pregunte cómo era que sabía sobre sus habilidades, estaba segura de que ninguno de los de su familia se lo había dicho —Tienes prohibido entrar a este pasillo.
—¿Por qué? ¿Qué hay aquí?
—Está mi habitación y otras cosas más. Nada de tu incumbencia. Sólo obedéceme, o habrá consecuencias —nuevamente su tono cambió a uno más duro —Bien, sígueme. —La niña estaba tensa, mucho más tensa luego de escuchar esa palabra.
"Tranquila, de seguro solo te quitará el celular o no te dejará jugar", trató de convencerse mientras lo seguía.
La menor llegó junto al individuo a la oficina de este. Tomó asiento en la silla que Robert le había señalado mientras que él se sentaba en su gran silla, frente ella.
»¿Qué te parece la casa? —La niña lo observó un momento mientras jugueteaba con sus dedos.
—¿Por qué estoy aquí, Robert? —Su voz salió neutral, su mirada casi igual de seria que la de su progenitor.
—Porque eres mi hija, Madison.
—¡Estupideces! —espetó, cerrando sus puños.
—No uses ese tono conmigo —advirtió, inclinando ligeramente su cuerpo sobre el escritorio. El silencio reinó unos segundos, pero luego él le mostró aquella media sonrisa —Sólo no me gusta que me falten el respeto, querida —El hombre nuevamente cambió su tono de voz. Madison escuchó ese apodo y lo detestó por completo. ¿Quién se creía él para llamarla de esa forma?
—Me dejaste en un orfanato ¿y ahora simplemente decidiste que sí soy tu hija? Por favor, Robert, no soy tonta —masculló.
—Cometí un error ¿de acuerdo? Nunca debí dejarte en ese lugar. Pero ahora estoy aquí para ser tu padre. —La niña soltó una carcajada sin una pizca de gracia.
¿Padre? ¿Luego de 11 años? ¿Luego de dejarla sufrir por casi diez años en ese lugar?
—Tú nunca serás mi padre —espetó con furia —Arruinaste mi vida dejándome en ese lugar y ahora la arruinas quitándome lo que más quiero. —Madison negó levemente con la cabeza —¿No que querías que tu primer hijo sea niño? Bueno, no lo soy, así que debes dejarme ser feliz con mi familia.
—Fue ilógico que pensara de ese modo, pero eso está en el pasado. Madison, cambié. Ahora comprendo que mi legado, algún día, será tuyo —indicó —Tú perteneces aquí, no con esas personas. Sé que ellos te ayudaron, pero ahora me tienes a mí. Te educaré, te entrenaré y...
—Claro ¿cómo pude ser tan idiota? —La niña interrumpió al escuchar la palabra «entrenar» —Tú me quieres por mis poderes —concluyó —Sólo quieres usarme como esa mujer del orfanato.
—Por ahora tus poderes no son importantes, creo que todavía eres muy pequeña para darte la libertad de que los uses. Pero, mientras tanto, iré educándote para que puedas ser parte de este negocio. Así como lo hizo tu abuelo, tu bisabuelo y todas las generaciones de los Hartford.
—No quiero ser parte de algo tuyo. Me importa una mîerda tu legado ¿No lo entiendes? Yo ya soy parte de algo hermoso y tu sólo me lo estás arrebatando.
—Veo que te falta modales y disciplina. ¿Sabes lo que tu abuelo, si estuviera vivo, hubiera hecho si le respondías de ese modo? —masculló. Madison se tensó ligeramente ¿A qué se refería?
—No me interesa.
—Bueno, debería; porque, de ahora en adelante, usaré alguno de sus métodos.
—¿De qué estás hablando?
—Escúchame Madison, no me importa si esta nueva situación no te gusta o estás molesta conmigo o estás haciendo uno de tus berrinches; pero ve haciéndote la idea de que eres mi hija y yo soy tu padre. Así de simple. Y voy a enseñ...
—No soy tu hi...
—¡No me interrumpas! —vociferó el hombre.
Robert tomó una respiración profunda y colocó sus codos sobre su escritorio. La niña se sobresaltó y encogió ligeramente sus hombros. No le gustaba esos cambios bruscos de humor que él tenía. Era alguien controlador con ansias de poder y de superioridad, así era cómo la niña podía describirlo. Y aquellas combinaciones no eran para nada buenas.
»Te lo dejaré pasar por esta vez —murmuró Robert y pareció relajar sus hombros —De acuerdo, no sé cómo te comportas en la casa de Joe y de aquel joven...Allen, pero aquí habrá reglas y quiero que sigas una y cada una de ellas —informó —No me importa si no te gustan, pero son reglas para que podamos vivir bien y en armonía —Le mostró una pequeña sonrisa que Madison supo que era completamente falsa.
La niña lo observó un momento. Tenía ganas de golpear su estúpido rostro, pero apretó sus puños y se contuvo.
Supo que su estadía en esa mansión sería, quizás, un infierno.